Tra-la-la del siglo XXI

Autor:

Liudmila Peña Herrera

La azota con fuerza, con furia y alevosía. La azota amarrada al primer tronco que encontró en el patio a la vista de unos cuantos. Y todos callan. A nadie le importa. Él la golpea, con un gajo endeble, es verdad, pero la golpea. No sé si duele o no. Si marca o simplemente amaga. A la distancia en que estoy, solo alcanzo a ver que él se ríe y me dice: «Liudmila, ¡viste como ahora me tocó a mí!». El condenado transformado en verdugo. Y son dos niños. Y yo callo.

Es culpa de la esclava Isaura. O más bien de Leoncio. El mismo personaje que un día después «inspiró» a dos pequeñas, convertidas en Rosa e Isaura, a cargar con cadenas ordinarias de plástico en manos y pies a la sombra de un juego, como si la esclavitud fuese tema de esparcimiento.

Y por culpa de esos azotes «de mentirita», no me aguanto las ganas de escribir y tecleo estas reflexiones que no leerán los niños (como es lógico) pero sí los responsables de vigilar lo que consumen los pequeños y también de explicar cuando sea preciso. Me preocupan algunos de los caminos que toman las dinámicas infantiles.

Supongo que ya los peques de estos tiempos no se conforman con grabar una radionovela de amor —como lo hicimos nosotros en sexto grado—, cuando no bastaba con rompernos la cabeza para solucionar cómo reproducir el timbre de un teléfono, cómo dramatizar el beso de los enamorados o cosas por el estilo. Ahora es más fácil: basta agarrar prestado el móvil de papá y llamar a todos los chiquilines de la cuadra para armar la película con escenas de horror, misterio y… de lo demás mejor no hablemos. Poca perspicacia basta para entender el resto.

A veces extraño el parchís de los domingos sobre la cama, o el juego de damas en el cual mi padre siempre se las arreglaba para «dejarme perder», o las batallas campales del ejército negro contra el blanco (mi caja de ajedrez), o los desfiles de moda de las cuquitas —y hasta cuquitos— cada tarde en el reposo, después del almuerzo escolar.

«Ahora las niñas no están para eso» —me dice una vecinita y me enseña su Tablet. Lo de nosotras es Facebook o los jueguitos de Ángela y Tom (los talking)». Esos u otros animalitos a los cuales hay que alimentar y cuidar y bañar y vestir y llevarlos de tiendas y otras cuantas nimiedades porque de lo contrario mueren de fiebre, de hambre e, incluso, de nostalgia. Ya hasta las mascotas son digitales. ¡Ah, y la botellita también!

Sí, el juego de la botellita, la que se «movía» a escondidas y se le daba vuelta a ver cuál era el reto o el castigo, ahora igual se lleva en la Tablet.

Y yo no digo que todo sea horrible o que estos sean tiempos peores. Vamos, que apenas tengo 28 y ni gota de ganas de que me salgan canas todavía. Quizá sea que siento un poco de nostalgia por las suizas, los pones, las escondidas y otros juegos más sanos y menos adictivos o ultraenajenantes.

Tampoco he olvidado que en la misma primaria donde soñábamos con las cuquitas, se sacaba tiempo para jugar, clandestinamente, al «violador»: los varones perseguían a las niñas dentro de los perímetros de la escuela y algunas se dejaban atrapar, como quien dice, para recibir algún que otro estrujoncito. Por esa gracia unos cuantos se quedaron de castigo después de las cuatro menos diez. Mas yo —debo aclarar—, en mi tierna e inocente infancia (en aquel tiempo no conocía la palabra mojigata), no me prestaba para tales jolgorios. Era, más bien, lo que se dice en metodología, una observadora no participante. Pero cómplice visual al fin, no puedo tirar yo la primera piedra.

Sin embargo, me preocupa que los padres de hoy —y aclaro: no los niños— carezcan de inventiva, imaginación, tiempo y hasta voluntad para hacerle frente a la tecnología que nos avasalla y nos roba lo más tierno y dulce que posee el ser humano: la candidez. Porque no se trata de negar el desarrollo, de cerrar los ojos al universo maravilloso de píxeles y gigabytes. Todo lo contrario. Amante soy —y hasta fanática— de todo cuanto tenga que ver con la tecnología. Pero amo más aún la luz de una sonrisa frente al vuelo de un origami, la expresión de un rostro sorprendido ante un huevo pintado con ojos, nariz y boca, o la belleza de uno de esos porqués que la dejan a una boquiabierta.

De eso se trata, querido lector (o lectora) de comienzos del siglo XXI. Y cuando me lea, por favor, cierre los ojos, respire el olor a tinta fresca del periódico, siéntase niño otra vez y corra a inventarle un juego a su hijo, a su sobrino, a su vecino, a su nieto o a cualquier niño, o niña, que esté presto a ser sorprendido, para bien, en cualquier esquina de cualquier calle.

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