Abuela

Autor:

Yunet López Ricardo

Y si existen hormigas bravas, ¿por qué también no hay contentas? Ella fue la única que pudo responder la pregunta del niño que señalaba el escozor en su hombro. Le acarició el pelo, se arrodilló a su lado, secretearon unas palabras y cuando el pequeño estuvo convencido, con esfuerzos, se puso de pie.

Ya no es la muchacha que bailaba charleston la noche entera, ni tiene el pelo largo, no monta la yegua Mora ni enciende el tocadiscos para cantar, junto a Pablo Milanés, Mis 22 años. De esos días solo guarda un puñado de memoria y el mismo brillo para mirar, aunque la piel alrededor de sus ojos delate el rumbo del calendario.

Despertó un día y el escaparate le había permutado sus vestidos con pliegues ajustados por batas de casa; y las madrugadas, que eran de sueños profundos, se le llenaron de viajes entre la cama y el baño, mas sigue pareciéndole que fue ayer cuando el planeta le quedaba chico para vivir y hasta el espejo le lanzaba piropos.

Hoy miré sus manos, esas que a pesar de lunares y venas asustadas son hermosas todavía y saben como nadie hacer costuras en mi ropa, cuando es el corazón quien ensarta las agujas y los ojos se conforman con intentarlo. Pronto llegará al cumpleaños 70 y ya escucho sus demandas para que en esa fecha igual la dejen cocinar; entonces, al mediodía, luego de sazones y especias, la casa se perfuma con dulce de leche.

Nadie como ella cuenta las historias de hace más de 50 años, cuando vivió en Oriente, en una casita de tablas y piso de tierra, se bañaba en los ríos hondos y miró al abuelo partir con un fusil al Escambray para luchar contra los bandidos, mientras en su vientre crecía mi mamá.

Ante el asombro de un nieto, la costura amorosa o una tarde en la cocina para que todos disfruten del dulce de leche más dulce del mundo, poco le interesa que a su figura no se ajuste un vestido, ni duerma toda la noche o el dolor en la rodilla, pues el escaparate se llevó la ropa, el espejo la piel lisa, pero los años dejaron a cambio la fortuna de haber vivido.

Se siente dichosa aunque ya no corre burlando peñascos y camina al paso del reloj, barre el patio, busca las pastillas para quien antes le robaba besos, también algunas para ella, y se sienta en el portal a esperar los nietos que llegan de la escuela para ayudarlos a hacer los deberes.

Por eso mi abuela, aquel día en que mi hermano de siete años le preguntó por qué, si existen hormigas bravas, no hay también contentas, respondió que las felices estaban en lo profundo del agujero, con la tarea hecha, mirando la televisión y comiendo papas fritas, mientras que las otras andaban bravas porque habían salido a buscar las libretas que olvidaron en el aula.

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