Ritual de dos

Autor:

Alina Perera Robbio

Al Legionario, mi interlocutor predilecto

Cuando el cielo es todavía sepia y el frío de la madrugada no ha sido rasgado por el sol, cuando La Habana apenas ha dado su primer bostezo, allí están ellos sentados en el mismo banco del mismo parque, muy juntos, conversando con fascinante naturalidad. Ella, dejándose amparar por su brazo derecho. Él, conversando sereno, tocándose de vez en vez su bigote fino.

La escena se repite día a día como si ellos me esperaran a modo de señal en mi paso acostumbrado, cada amanecer, por calles ya tan familiares de la ciudad.

Mi amor, que me acompaña en el viaje por la zona que ha entrado a mi mundo con cubanísimas estampas ya inolvidables, asegura que ellos no tienen dónde desgranar todo el tiempo juntos, que posiblemente ni duerman juntos y que tal vez eso explique el ritual de una conversación que, de no producirse, a lo mejor alteraría la alineación de los astros.

No sé cuántos habrán reparado en esa callada pareja que se abstiene, al menos por un tramo de tiempo, del polvo tenaz sobre las cornisas, de la llovizna, los gritos, los ómnibus soñolientos, los cuidadores de automóviles, los transeúntes anestesiados por el reloj, la vida aparente…

Lo cierto es que los enamorados —ya no tan jóvenes— se prodigan como puerta posible a una dimensión donde el tiempo se estira o encoge en dependencia de la intensidad con que conversen: en el mundo que ellos habitan la unión no pondera notarios, ni vajillas, ni percheros impecablemente ordenados en los escaparates, ni cubiertos colocados mansamente a la derecha del plato en la hora sagrada de cenar.

Por lo que se ve, lo de ellos es la urgente explicación, a dos mentes, de asuntos tal vez triviales pero que son los hilos para explicarse la suerte de estar en este mundo. Lo de ellos es la declaración permanente del amor mutuo, una respiración pura, acompasada, que nadie podría interrumpir. Lo de ellos es la cara visible de ese sentido oculto que casi nunca sabemos advertir en los enlaces humanos y que sin embargo es el final de toda acción rutinaria, de todo desespero, de toda pregunta dibujada a lo largo de la jornada quemante.

No discuten: es como si él le hiciera cuentos nuevos y ella, absorta, fuera abriendo cada saga como quien abre cajitas preñadas de regalos diminutos y coloridos. No son solemnes, ni estridentes, ni tristes. Sencillamente saben permanecer sólidos como islas fieles.

Son el canto a la coherencia. De algún modo son inmortales, justamente porque saben —como dijera el escritor argentino Jorge Luis Borges del suicida— cuál será el destino próximo: confluencia sobre el banco mudo, debajo de los árboles y a solo metros de la estatua de siempre.

Mirándoles, y también yo enamorada, me alegro de poder amar, de habitar mi propio sobresalto que no es discursando serenamente sobre un banco, sino planteándome la eternidad en puja enloquecida con el tiempo que tanto me ha dado y me ha quitado.

Los amantes conversadores forman parte de mi desvelo, sin saberlo ellos. Si en estas horas de dicha pasara atravesando el parque y de pronto no les viese, pensaría que algo ha comenzado a funcionar mal, que algún hechizo se ha roto. Por eso, a pesar de mi curiosidad, apenas les rozo con la mirada. ¿De qué hablan?, no sabré nunca, no hace falta. Lo único que necesito confirmar, y para eso están ellos sobre el banco, es que el amor tiene una inexorable condición de entrega, es principio y fin, el único tema recurrente del que vale la pena conversar sin cansancios o lamentaciones, el gran propósito que debemos reemprender todos los días desde la nada, con el mismo denuedo con que Sísifo levanta su piedra, mas solo con una esencial diferencia: una esperanza infalible crece, poniéndonos a salvo, en el inteligente y casi imperceptible ejercicio de amar.

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