Maestros de vidas

Autor:

Liudmila Peña Herrera

Estas letras no me pertenecen del todo: las debo a Matilde, una profesoraza jubilada, de las que ya vienen pocas y se pueden escoger en el puño de una mano; de las que te hablan de cariño al mirar a un estudiante, o del buen vestir cuando se trata del aula, o del amor por la profesión más allá de pagos.

Ella me las encargó desde su Nauta, y yo, indiscretamente —y por bien— las reproduzco para ustedes: «Te invito a escribir un artículo sobre el valor de la sonrisa, del amor de los maestros para con sus niños. La última vez que visité el seminternado de mi nietecito salí llorando: nunca vi tantas maestras frías, indiferentes, desarregladas… Nuestra carrera es un sacerdocio. Diles algo a las maestras, ¿sí?».

Y yo, que entre los cuidados de mi bebé, los avatares de la maestría y las cuestiones del hogar no tengo mucho respiro, tampoco puedo dejar de escribirles ese «algo» a los maestros y maestras de estos tiempos, quizá apasionadamente mas no porque piense en esas experiencias tristes que me cuenta Matilde, sino porque recuerdo a los míos, a los «profes» de entonces, que ya cumplen 60, más o menos igual que ella, y quienes hicieron de mí lo que soy.

No olvido que muchos años después, cuando le conté a Nelson Polo sobre mi castigo, no lo podía creer. «¡Cómo, si tú eras una niña tranquila!». Pero aquella tarde, mientras el resto del aula estaba en silencio, tratando de descifrar misterios de las Matemáticas, yo me deshacía en risas con la amiguita de la mesa de atrás. Por eso tuve que quedarme hasta mucho después de las cuatro, hasta que mis padres fueron a buscarme. El correctivo surtió efecto: fue tal la vergüenza, que por mal comportamiento nunca más se me vio permanecer en la escuela después de clases.

En aquella época yo solo tenía ocho años y no era consciente aún de cuánta importancia ganarían en mi vida quienes intentaban acercarnos a mucho más allá de las letras y los números. Quizá ni ellos mismos supieron entonces cuánto de sus nombres nos llevamos escondido en las libretas, pero lo cierto es que además de la caligrafía impecable, que casi todo el grupo «copió» —aunque siempre hubo algún descarriado—, muchos aprendimos también de Miriam, nuestra primera maestra, de su responsabilidad y su empeño meticuloso para que todo lo que hiciéramos quedara de la mejor manera.

Con mis maestros compartí juegos, cantos, historias... Fueron quienes despertaron en mí el amor por los cuentos y los dibujos. Junto a ellos llegaron los primeros concursos infantiles, los fórums, los festivales... Y un día me sorprendí en un escenario como narradora oral y no me reconocí. ¿Era yo, o era una doble de Niurka, aquella loca enamorada de todo lo creativo, quien nos llevó a conocer a los mejores escritores de la localidad y formó nuestro primer taller literario? Son inolvidables las travesuras de aquellos días en las bibliotecas, en la Casa de la Cultura, las experiencias en la Escuela al campo. Todo eso nos hacía, inevitablemente, diferentes.

Después crecimos un poco, y ya no eran aceptables la indisciplina y la inconstancia ante el estudio porque teníamos que «ser ejemplo». En el Instituto Preuniversitario Vocacional de Ciencias Exactas comenzamos a hacernos mayores, a ver la vida desde diferentes puntos de vista. Y no lo aprendimos a través de fórmulas químicas o leyes de la física, sino mediante el firme reclamo para que nos convirtiéramos en mejores seres humanos. Nunca olvidaré la carta perfumada que nos dejó Maribel, la «profe» más querida de Español-Literatura, cuando pensó que el destino la apartaba de nosotros. Sus palabras hablaban de responsabilidad, de constancia, de cariño…

Fueron muchas las voces que oímos por aquellos años, y no sería recomendable mencionar nombres cuando no debe faltar ninguno; pero hay personas que sin que nos lo propongamos, se quedan escondidas para siempre en nuestro ser, para aflorar a veces en una actitud, en una palabra e, incluso, a la hora de escribir.

Hoy, cuando tantas cosas me quedan por conocer, me declaro deudora de por vida de la mayoría de mis maestros, y de los que, sin saberlo, también lo fueron. De los «profes» de ajedrez, de los de la Educación Física, de los que me hicieron admirarlos desde lejos por su ejemplaridad, aunque nunca los tuve dentro del aula; del «Valiente» Aloys, quien nos dejó boquiabiertos a muchos cuando decidió irse a aprender a la capital cómo se enseña a los demás, aun cuando quería estudiar Sicología.

A los que nos abrieron las puertas de este oficio de vida que no se acaba nunca ni se termina de aprender; a los más cercanos —y también a los infranqueables— de la Universidad, y a los que andan todavía detrás de cada pequeña persona por «mejorar», sin importar los años de jubilación o las carencias materiales…; a todos los que trabajan «apartando piedra de aquí, basura de allá», nada es suficiente para agradecerles. Porque desde aquel día en que la escuela le ganó a la casa gran parte de nuestro tiempo, los buenos maestros comenzaron a cambiarnos la vida.

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