Que no sabe igual, compadre

Autor:

Susana Gómes Bugallo

Tengo una amiga tunera que sale por los sembrados de maíz en Italia y hace malabares con tal de llevarse unas cuantas mazorcas a casa. Ella sabe que es una locura, pero ni muerta renuncia al sabor auténtico de cocinar sus tamales como debe ser. Tampoco con esta táctica saben igual que los que se cosechan en Las Tunas, dice ella, pero al menos es un consuelo lo de pasar por todo el proceso productivo de su ansiado manjar. ¡Hay quien hace cualquier disparate con tal de recordar!

Y hacia países del Primer Mundo viajan camufladas nuestras tímidas confituras, que no serían mucha competencia en esos mercados abarrotados de atractivas golosinas si no fuera porque tienen a su favor el peso de la costumbre y la añoranza por lo pasado. Pero con ese rumbo raro de exportación son enviadas y recibidas con enorme regocijo. Tal poder de importación tiene la nostalgia.

Hay niñas y niños cubanos en el exterior que piden obsesivamente paquetes de pellys de los que se venden más baraticos en nuestras tiendas nacionales, caramelos duros y raros que por allá deben parecer objetos museables, o hasta paquetes de refresco en polvo que parecieran tener fórmulas mágicas por el fervor con el que son reclamados.

Contra esos deseos no hay competencia comercial que valga. Da igual cuánto se esfuercen aquellos especialistas del gusto y la demanda. Lo que incorpora el paladar en los años primeros, es difícil de desalojar luego. Un chocolate Baracoa sabe quedarse más que un Nestlé.

Yo sigo persiguiendo el misterio, y algún día lo descubriré, supongo, pero las personas que conozco por suelos foráneos me insisten en que aguacates, tomates, pepinos, platanitos (de los que aquí a veces se me hacen esquivos) por allá pululan constantemente sin importar la estación del año. Pero otra vez la candanga: «¡Que no sabe igual, compadre!». Y prefieren soñar con el momento de venir a degustarlos a Cuba o imaginar que se las agencian para llevar unos tamalitos bien hechos por la abuela.

Porque el sabor de lo nuestro, lo que crecimos comiendo, lo que vigilábamos alrededor del refrigerador con tal de ser premiados con mayores porciones… ese es difícil de arrancar. El gusto del arroz con leche (quizá sin mucho del líquido indispensable) que nos lleva a la cocina de Mima, tiene un impacto tan fuerte como el dulce que viene hecho con los productos más originales y exquisitos.

Ya sé que el paladar se educa, que a lo bueno se acostumbra todo el mundo, que no seas ingenua, Susana, nadie se pierde un buen pedazo de carne. Pero como me declaro nostálgica empedernida, entiendo las confesiones de aquel amigo lejano que, rodeado de vino, cerveza y whisky exóticos (que siempre se añoran cuando no se han probado), me dice que extraña aquellas tardes de tertulias y algún que otro ron casero. Y yo, que lo conozco (lo siento por los desconfiados), le creo.

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