Las intenciones que tiene y la capacidad que le falta a Estados Unidos

Autor:

Yuniel Labacena Romero

No hay nada como un día detrás de otro. Tuve la oportunidad de presenciar el discurso del presidente Obama al pueblo de Cuba, el pasado 22 de marzo y, mientras le escuchaba, pensé en cuántos entre los de mi generación se dejarían arrastrar por la empatía, sin apreciar el doble filo de las palabras con las que intentó dibujar un Gobierno norteamericano dispuesto a olvidar la historia, o estimularnos la desmemoria a los de este lado del charco.

En el Gran Teatro de La Habana Alicia Alonso, Obama logró colar, con carisma y sortilegios verbales, el añejo mesianismo imperial con respecto a Cuba, y no han faltado los obnubilados. Pero apenas ha pasado el tiempo, y las intenciones de fondo de todo ese despliegue del mandatario desde que lanzó su «¡qué bolá, Cuba!» en Twitter, casi a la llegada al Aeropuerto José Martí, se nos hacen evidentes.

«Estados Unidos no tiene ni la capacidad ni la intención de imponer cambios en Cuba, los cambios dependen del pueblo cubano», aseguró en la intervención en la Isla, y no pocos pensaron y piensan que con esas expresiones acabarían los fondos del Congreso estadounidense destinados a subvertir el orden constitucional en Cuba, que los programas contra nuestra independencia y autodeterminación dejarían de ser aprobados.

Pero no es ello lo que nos sugiere una reciente información del periodista estadounidense Tracey Eaton en su blog Along the Malecón.

Según el citado periodista, el Departamento de Estado anunció un programa presentado como de orientación de prácticas comunitarias por $753 989 dólares para «jóvenes líderes emergentes» de la sociedad civil cubana.

En realidad, el plan desconoce a las organizaciones sociales cubanas, niega nuestra democracia, y busca entre los jóvenes un apoyo activo a «planes de acción» para denominadas «actividades comunitarias no gubernamentales» que sugieren injerencia y subversión.

¿Cómo congenia este programa con el conciliador, perdonavidas y bondadoso discurso que tuvimos la oportunidad de escuchar de Obama el pasado 22 de marzo?

Si nos atenemos a los anuncios de este programa post visita a La Habana, no nos queda más que admitir que al parecer ¿el cuartico está igualito?

No olvidemos que desde que asumió la presidencia preocupado por los destinos de cada cubano, según nos dijo con rostro compungido aquí, su administración ha dedicado anualmente más de 20 millones de dólares para programas subversivos como Zunzuneo, especialmente dirigido a los jóvenes. ¿Acaso esperaba —espera— que su empatía y discursos angelicales —como aquel de la universidad de El Cairo— derive en una «primavera» a la cubana?

Quienes integramos las más de 2 200 organizaciones de la sociedad civil cubana que aportan cada día al progreso de la nación, especialmente sus jóvenes, no necesitamos de esos $753 989 pesos para seguir creciendo, creando y edificando un país libre y democrático.

El liderazgo entre nosotros no se gana por decreto ni pagando, se gana por convicciones y aspiraciones auténticas; por representar y trabajar en función de los intereses de todo el pueblo.

No ignoramos que como nación debemos resolver los problemas acumulados —muchos de los cuales debemos también al cerco imperial junto a deficiencias internas— y en ello estamos involucrados, sin que nadie tenga que decirnos cómo.

No hay ni habrá confrontación generacional en Cuba. Como afirmó Raúl el 26 de julio de 2013: «Hoy convivimos en suelo patrio varias generaciones, cada una con méritos propios según el momento histórico y las circunstancias que les ha tocado vivir», y «la generación histórica va cediendo su lugar a los pinos nuevos con tranquilidad y serena confianza».

La juventud cubana, sin peculios extraños ni embaucamientos ingenuos, será por principios y esencia como la soñó y la sueña Fidel: «(…) ¿Y qué juventud queremos? ¿Queremos, acaso, una juventud que simplemente se concrete a oír y a repetir? ¡No! Queremos una juventud que piense. ¿Una juventud, acaso, que sea revolucionaria por imitarnos a nosotros? ¡No!, sino una juventud que aprenda por sí misma a ser revolucionaria, una juventud que se convenza a sí misma, una juventud que desarrolle plenamente su pensamiento».

A esa juventud —en ello tiene razón Obama— Estados Unidos no tiene ni tendrá la capacidad de hacerla cambiar.

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