El Partido Comunista y el poder socialista en Cuba

Autor:

Ricardo Ronquillo Bello

Parecería que se repite ahora aquella frase del Manifiesto Comunista: «Un fantasma recorre el mundo». Y aunque cometo el pecado de repetirme, esa es una imagen recurrente entre los críticos de la existencia de un modelo político unipartidista en Cuba.

Ante esas divergencias, tendríamos que partir por reconocer que, como en otras cosas, no ha faltado dogmatismo en cualquiera de las tendencias —partidarias o contrarias de la opción política cubana—, a la hora de evaluar la concepción y existencia de ese Partido y su misión en nuestra sociedad.

Ahora mismo, ante el inminente 7o Congreso, incluso desde los inicios de la actualización económica que esa instancia aprobara —y que tendrá ineludibles repercusiones en lo político—, no faltan debates en torno a la pertinencia y la misión de ese Partido en el horizonte nacional.

Pero es preciso reconocer de antemano, como incluso lo hizo el presidente de los Estados Unidos Barack Obama en su polémico mensaje desde el Gran Teatro de La Habana Alicia Alonso —aunque pocos hayan reparado en ello—, que el socialismo, para los cubanos que lo aprobaron en abrumador referéndum, en 1976, fue una opción históricamente razonable, ratificada en nuevas condiciones en el 2002.

Y aunque no falten quienes pretendan verla como una opción nacida de la «sovietización internacional», lo cierto es que, como admitió Obama, en Cuba fue particularmente estimulada por la mala experiencia del país en sus más de 50 años de capitalismo dependiente —el que volvería a tocarnos por la libreta de racionamiento de modelos políticos.

Los historiadores más objetivos reconocen que la experimentación democrático-burguesa tuvo su punto final en el archipiélago con la gran decepción en la que lo sumieron los denominados gobiernos Auténticos. Estos últimos, autoproclamados herederos de los anhelos de la Revolución de 1930 —un levantamiento popular que culminó con el derrocamiento de la dictadura de Gerardo Machado— terminaron por empujar al país hacia un abismo insalvable de entreguismo político a los intereses norteamericanos, corrupción generalizada, dolorosos males sociales, y hasta contubernio con poderosos grupos gangsteriles que soñaban con levantar en Cuba una «isla del placer».

El nombrado modelo seudorrepublicano desbordó su copa con el golpe de Estado del general Fulgencio Batista. Este cuartelazo, afirman historiadores, fue el punto de ruptura, pues marcó el fin del multipartidismo (piedra preciosa de la llamada democracia liberal burguesa), como opción política en la Isla.

La llamada «democracia plural burguesa» y la alternancia partidaria en el poder, sazonada por gorilazos intermedios,  ya le había dado a la nación todo lo que de ello podía esperarse, y contra eso se levantaban los ardores de la Generación del Centenario que, inspirada en José Martí y encabezada por Fidel Castro, condujo al triunfo del Primero de Enero de 1959.

En el nuevo proceso y la Constitución socialista que lo sostiene se fundieron lo más avanzado de las tradiciones y la historia nacionales, con las corrientes más liberadoras del momento, buscando romper definitivamente con el «orden» que caotizó al país en lo político, económico y social.

Ahora bien, en honor a la inspiración hondamente martiana de la opción socialista en la experiencia revolucionaria nacional —como la que dio vida al Partido Revolucionario Cubano el 10 de abril de 1892— el Partido no es la fuerza de un grupo para el poder, sino el cauce donde convergen la voluntad y el consenso de la mayoría radical revolucionaria, dispuesta a levantar la república independiente, con todos y para el bien de todos.

Esa es tal vez una de las confusiones mayores de quienes no entienden en el mundo —o de los burócratas desde dentro— sobre nuestro sistema de gobierno y organización democrática. Como el Partido Revolucionario en su época, el actual de Cuba es un núcleo de unidad y de sueños. Su fortaleza o debilidad están pendientes de esos pilares; ellos le han dado el poder que acumuló hasta ahora, y son la única garantía del que tendría hacia el futuro, como motor de aspiraciones y anhelos de la mayoría de la nación. El poder real de ese Partido depende de su existencia como símbolo.

Ello es lo que hace que su objetivo —incluso previsto en el mandato constitucional— no sea el de un ente electoralista, forjado para garantizar la perpetuidad del mandato público sobre el país. Su existencia y liderazgo requieren que en su seno, en su espíritu y a su cabeza, confluyan, se unan y fundan lo más honesto y virtuoso de la nación, los individuos y fuerzas que buscan y aspiran a lo más justo y auténtico para ella, con una brújula que, señalada por Fidel, tendría que ser siempre como su alfa y omega: su vinculación profunda y permanente con la gente. Su vocación democrática. En el ideal de Martí es un Partido que se hace pueblo, encarna en este.

Porque a esta altura de la historia de los socialismos conocidos, a pocos se les ocurriría creer que la sola existencia de un partido político a la vanguardia de la sociedad es garantía de perdurabilidad. La catastrófica experiencia soviética lo enseña con demasiada claridad. Allí el Partido Bolchevique de Lenin, que condujo a la victoria de la primera revolución socialista, se autoaniquiló, provocó su muerte política y su disolución de la mano del burocratismo, el autoritarismo sordo y desenfrenado, la pérdida de su unidad organizativa e ideológica y finalmente del poder.

Y en nuestro caso no tenemos que acudir a otros para saber a lo que conduce la desaparición del Partido. Lo vivimos muchísimo antes del fracaso del llamado socialismo real, durante la frustración de la contienda independentista de 1895 con la intervención norteamericana.

No olvidemos que aquella gesta culminó en la desaparición del Partido Revolucionario Cubano, la vergonzosa disolución del Ejército Mambí y el nacimiento de una república plattista. Acabó así, liquidado por el entreguismo, la falta de voluntad y de claridad de principios, el órgano revolucionario que, bajo el ideario y el liderazgo de nuestro Héroe Nacional, realizó el milagro de unir las complejas, y muchas veces encontradas fuerzas del independentismo.

El Partido —con sus virtudes y defectos— tendrá que seguir siendo la cuerda mágica que nos enlace a todos en una misma ansia, en un mismo propósito, con independencia de nuestras diferencias. Por eso, como ya he afirmado, algunos apuestan a partir esa cuerda, porque de lograrlo lo harían con toda Cuba, y no en dos, sino en mil pedazos.

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