Siempre hemos estado aquí

Autor:

Alina Perera Robbio

Asombrada y feliz, en una noche fresca del 26 de febrero de 2016, viví el concierto más emotivo que haya tenido jamás. Muy cerca de casa, en las calles Subirana y Sitios, en el municipio de Centro Habana, Silvio Rodríguez compartió sus canciones con los vecinos del lugar, mis vecinos. Allí estaban, como es lógico, seguidores de siempre y visitantes de otras latitudes para disfrutar el concierto número 72 del cantautor en su gira por los barrios.

Silvio, cantando canciones de amor, o de batallas —que al fin y al cabo si defienden causas buenas son lo mismo—, me mantenía en permanente fascinación. Algo, sin embargo, me llevó más lejos: la imagen de los anfitriones acomodados en sus escenarios domésticos, de los ancianos tras los balcones, de los niños, siempre tan ellos, desde su inquietud y su alegría.

De todo, me atrajo con fuerza la estampa de una mujer de casi 60 años de edad, corpulenta y de pelo blanco y muy largo, quien espantaba el frío de la noche mientras cantaba que la era estaba pariendo un corazón. Lo hacía con gestos firmes, de quien conoce bien unos versos que décadas atrás marcaron su vida.

El lector podrá pensar que hablaré hasta el final sobre Silvio y su inagotable poesía. Mas lo que ahora quiero subrayar de la vivencia de aquel concierto es el modo tan orgánico en que un grupo de cubanos y toda su humildad imaginable recibieron y aplaudieron a un coterráneo excepcional que les extendió el más exquisito de los conciertos, desde el cual se desprendía una búsqueda incesante por la perfección.

Entre nosotros no es tan difícil rasgar la superficie y sumergirse en lo que realmente somos. Por eso, aquella noche inolvidable los pobladores se mostraban serenos, en toda su fragilidad, con sus respetables ilusiones a cuestas, en medio de sus paisajes cosidos a urgencias —paisajes húmedos y antiguos, pero en pie, resistentes y tan familiares—, en un contexto de creación de lujo.

Es esa auténtica fibra, aunque no brille en una hermosura a golpe de primera vista, la que Cuba debe mostrar a cuanto visitante amistoso, descubridor o curioso nos está llegando en la hora actual, lo mismo para tomar a La Habana de telón de fondo que para probar suerte por otros vericuetos rurales o citadinos del país.

Debemos ser nosotros: los que sin pedir permiso nos ponemos a arreglar cualquier rotura del vecino, o nos disponemos a empujar un vehículo, o estamos prestos a explicar direcciones, y también los que si nos ponemos fieros decimos que nos da lo mismo un homenaje que un entierro. Es decir, nosotros sin sobreactuaciones, disfraces ni reverencias.

Nadie en el mundo se postra de hinojos ante el forastero; más bien las actitudes tienden a ser de reticencia y hasta desprecio si por ejemplo se trata de dar amparo a víctimas de países arrasados, como han mostrado las televisoras en tiempos recientes, en casos de dramas como el vivido por los pobladores de Siria u otras naciones vecinas del Oriente Medio.

A pesar del mundo, con sus esquinas de egoísmo y xenofobia, siempre hemos tenido abiertos los brazos para quienes traigan en sus equipajes el respeto y el amor. Nosotros, cuyo principal mérito, el de sobrevivir, lo debemos esencialmente a un esfuerzo propio cuyas dimensiones merecen un monumento todavía inexistente, siempre hemos estado aquí.

Por eso nada en mí se estremece cuando alguien afirma que Cuba está de moda —ni que fuésemos un estribillo fácil o una fragancia de turno, o un escenario virgen para la ocasión—; porque ahora lo que se descorren son las cortinas del silencio, esas que intentaban evitar el encanto y el desprejuicio que se vive cuando algunos nos ven en primer plano. Y hagamos justicia: hasta este minuto lo único que se ha descorrido lentamente son las cortinas del silencio, porque otros cercos todavía aprietan duro el cuello de la Isla; o sea, que estar más visibles no significa que estemos del todo bien.

Quienes han bregado, batallado y vencido tantas veces, saben el valor que tiene decir que siempre hemos estado aquí inventando un día detrás del otro, luchando a brazo partido contra la pobreza y por la justicia, hablando todo el tiempo de lo mismo: ¿Cómo funcionar en medio de la adversidad? Nada más valioso que esa tenacidad para mostrarla a quien llega y se acerca. Podemos hacerlo tan auténticamente como en un concierto de barrio, dueños y señores de una resistencia que no hemos pedido prestada y que sí tiene mucho que enseñar a tantos otros.

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