Viaje al país IMO

Autor:

Susana Gómes Bugallo

Viene como una loca por el medio de la calle. Acabó de salir del trabajo, terminó el último turno de clases o puso todo en orden en casa antes de arreglarse un poco y emprender viaje al destino que más añoró durante el día. Tal vez no le dio tiempo ni de peinarse y ahora se acicalará un poco con urgencia antes de hacer contacto con su anhelo online.

Acaba de llegar al parque, a la acera o a las escaleras de alguna instalación. Se sienta donde puede, se acomoda como se le ocurre y saca su tarjetica mágica como si se tratara de una especie de pasaporte a la felicidad. Por suerte pudo ahorrar sus dos CUC esta semana y se ha comprado sus 60 minutos de placer. Comienza el viaje. Luego de las peripecias para abordar el vuelo imaginario, finalmente logra conectarse a la wifi. Ya está como quiere.

«¿Por qué no me cogerá el teléfono este niño?». «¡Ah! Al fin te veo». «¿Me ves?». «¿Cómo estás, mi tata?». «¿Que no me oyes?». «Yo tampoco». «¡Mira, me puse el vestidito rojo!». «¿Que esto aquí está oscuro?». «¡Mijo, es un parque! ¡Si tuve que caminar y hasta coger guaguas!». «¿Que te llame después?». «¡Ah! No has terminado el trabajo». «Ya, está bien». «¿En 20 minutos entonces?». «No hay problema».

Va a la esquina y se consigue un granizado. No ha comido nada, aunque el hambre se le olvida dentro de tanto ajetreo. A esperar se ha dicho. Todo por tener noticias de su hermano. Suena el teléfono. «No mami, todavía no he hablado con él». «Sí, yo le pregunto por todo». «Está bien. Le digo que te escriba». «Te llamo nada más que termine y te cuento».

Ya pasaron los 20 minutos. A intentarlo otra vez. Está «floja» la conexión. Así no podrá oír mucho. Camina hacia la esquina. «Niña, es que la señal está débil, parece que es el tiempo», le suelta un desconocido. «Ah, muchas gracias», dice confundida al muchacho que se le acercó a explicarle la situación y brindarle amablemente la conexión a la wifi de su laptop por solo un CUC. Pero ni soñarlo. Dar ese dinero sería entregar 30 minutos de la semana que viene. A seguir intentando por cuenta propia.

Se aprende el parque de memoria. Pero todo por hablar. Si su mamá pudiera, lo haría. Pero por allá donde ella vive, aún no se le ha ocurrido aparecer a la wifi. Y por ahora, todos en la familia dependen de las noticias que ella pueda dar. ¡La cogió! ¡Logró captar la señal! Su perseverancia es recompensada. A llamar otra vez.

«Oye, ¿ya terminaste?, ¿podemos hablar?». «Yo también estaba desesperado, pero no te preocupes, ya logramos comunicar». «Sí, yo sé que la del problema era yo, recuerda que el Internet aquí es muy tímido», bromea con optimismo. El privilegio del IMO (la única aplicación por la que puede conversar en tiempo real) solo lo tiene su hermano. Y eso cuando se puede, porque la cifra que debe pagar por una hora de Internet no está muy al alcance de lo que ella puede permitirse.

Pero se aleja del pensamiento de sus limitaciones y se entrega a mirar a través de la pantalla del móvil el mundo en el que ahora vive una de las personas más adoradas por ella. Observa hasta que puede, la conexión es experta en congelarse y dejarla con las ganas. Mil preguntas se le quedan en el aire. Cuando su hermano vuelve, solo recibe como respuesta a sus miles de interrogantes: «¿Me entendiste, tata?». Y ella, que dejó de oírlo desde la primera sílaba, no tiene ni una de las explicaciones que pidió. «Así no se puede, mija», dice él desesperado. Ella deambula por el parque en busca de algún sitio donde la wifi sea más abundante, como si se tratara de una especie de gas que está en altas concentraciones donde se le antoja.

Pero nada. Su frustración aumenta. Cada vez llegan más personas al parque y se roban sus «gramos de wifi». A esta hora es muy difícil hablar, pero antes nadie se acerca a llamar porque es el horario de trabajo. No le queda más que enviarse unos mensajitos de texto y alguna que otra foto con tal de aprovechar los minutos que le quedan de conexión. Quizá otro día esté mejor. «Te llamo la semana que viene, mi hermano», le escribe antes de que su teléfono agonice. «Te quiero, cuídate mucho y escríbeme al correo cuando puedas», vuelve a enviar. Pero no le llega la confirmación de entrega. Ha finalizado el viaje al país IMO.

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