Una brújula, un horizonte

Autor:

Luis Raúl Vázquez Muñoz

En un ejercicio de participación y consulta soberana —sin intromisiones y dictados de afuera—, los cubanos vuelven a emitir los criterios sobre los destinos de su patria. A lo largo de su devenir, muchos momentos ha tenido Cuba en los cuales sus hijos han fijado el derrotero de la nación, siempre con el precepto ético de poner la mirada en el bien de la mayoría y, sobre todo, en los más humildes de su pueblo.

Y esta vez la historia se repite, cuando los ciudadanos analizan y emiten sus opiniones sobre dos documentos trascendentales, surgidos del último Congreso del Partido: la Conceptualización del Modelo Económico y Social de Desarrollo Socialista y el Plan de Desarrollo Económico y Social hasta 2030.

Uno abre las páginas del tabloide que contiene ambas propuestas, revisa los párrafos, los interroga. Y, sinceramente, los pensamientos afloran. Quizá, al leerlos, muchos cubanos rememoren los días más crudos del período especial, sopesen los tiempos actuales —con muchas menos carencias, pero con viejas y nuevas dificultades, algunas más controladas que otras— y abra sin remedio las puertas a las expectativas.

Cómo no hacerlo cuando ambos proyectos se plantean que, en base al trabajo y a un mejor estímulo a este, se buscará satisfacer las necesidades del hogar, que la agricultura cumpla, que los celulares e Internet estén más al alcance de las manos, que las empresas tengan alta productividad y que, por citar un caso, el sector constructivo incentivará el uso de tecnologías novedosas que permitan incrementar la edificación de viviendas en plazos razonables. Leo esto y lo confieso: cruzo los dedos y toco madera.

¿Se cumplirá lo presentado en los casi 600 párrafos que poseen ambos documentos? La interrogante pudiera tomarse como una herejía por algunos; pero ella nace desde la fe de los que han resistido las presiones interminables de afuera y las chapucerías de adentro —que también hacen daño— y que saben que no va a ser fácil.

Pero hay que pensar que sí. Que tienen que cumplirse y ponerles fin a las improvisaciones y bandazos, de ese andar por los bordes del abismo, como alertó Raúl. Y lograrlo depende bastante de nosotros, del nivel de participación de la ciudadanía y de la capacidad de convocatoria de los que deberán dirigir el país en un futuro bien próximo, y sobre todo del arsenal moral que ellos sepan acumular ante la nación, esa «reserva estratégica» que guarda el secreto de Cuba para superar derrotas e incertidumbres.

Muchas cosas pudieran decirse de estos documentos. De su mirada integral de la sociedad y la posición que trasluce de que una fórmula no soluciona el problema por muy mágica que parezca. Sin embargo, sin soslayar otras interioridades, ambas conceptualizaciones tienen el mérito de refrendar el espacio a la participación creciente de todos, como se aprecia en los párrafos dedicados a la empresa estatal y la planificación socialista.

Sin esos espacios de participación nada tendría sentido, porque se podría llegar a tener, a lo mejor, un Estado con abundancia, pero concluir en un país carente de socialismo. Otro de sus méritos consiste en refrendar la diversidad de actores de la sociedad cubana; lo que equivale a fijar la saludable diversidad que, dentro de la unidad, debe defender a la Revolución.

Cumplir con lo que se quiere costará esfuerzo. Pero en ello se empeñarán los verdaderos hijos de este pueblo. Los que más han padecido estos años de carencias y tienen el derecho a sentir que adelantan en sus vidas. Que todo no es sacar cuentas y cuentas del día a día. Para ellos, estos documentos que se analizan deben ser la brújula más certera, que los conduzca al horizonte que los buenos cubanos han deseado desde siempre.

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