Amor por la rumba

Autor:

Alberto Faya

Hace algún tiempo, un grupo de compañeros decidimos comenzar una serie de conciertos bajo los auspicios de un importante centro cultural habanero siguiendo algunos principios nacidos del pensamiento de nuestro Apóstol en relación con la cultura cubana y dentro de lo que él llamara Nuestra América.

En el primero de todos participaron, entre otros artistas, la poeta Nancy Morejón y el grupo de rumba Yoruba Andabo. La rumba de estos últimos precedida de los poemas de Nancy sellaron el final de aquel encuentro con toda la carga emotiva que el verdadero arte es capaz de provocar en muchos de los nacidos en esta Isla.

Ya camino a la salida de aquel centro, un ciudadano asistente al concierto se me acercó y de una manera que hoy considero lamentable y que entonces yo, emocionado por el éxito de las presentaciones, pensé que era solo ignorancia, me dijo:

—A mí me ha gustado todo lo que sucedió aquí, pero pienso que esta institución no es el escenario adecuado para que se presente un grupo de rumberos, que es muy bueno, pero no creo que este sea su lugar.

Aquella expresión me traslada hoy a la época en que se construyó la Plaza de la Revolución y el edificio donde radica un centro tan importante como el Memorial José Martí y a la cantidad de probables rumberos o seguidores de la rumba que contribuyeron, desde su oficio de albañiles, a la construcción del monumento.

Pensé en los jóvenes alfabetizadores que a finales del 62 se abalanzaron sobre el edificio para celebrar el triunfo contra el analfabetismo y que habían llegado cantando sus conguitas y rumbitas en los camiones que los trajeron desde las lomas en que habían alfabetizado; pensé en el guajiro encaramado en el tope del mástil de una luminaria de la Plaza y que la imagen de uno de nuestros más importantes fotógrafos dejó para siempre como símbolo de la altura que puede alcanzar un hombre tan humilde en medio del mundo en transformación que la Revolución generó.

Recordé las múltiples parodias que acostumbrábamos a cantar con la rumba como marco y en la sabrosura de participar congueando en un desfile del Primero de Mayo o en el paseo de un carnaval. Y pienso en la tontería que significa definir el color de quienes vamos haciendo coro mientras vamos arrollando y los tambores nos mueven los pies.

Quien haya rumbeado de verdad sabe de los cuentos de los viejos, de lo que me relataba Gregorio Hernández (Goyo) cuando la rumba entraba sin permiso en su cuarto del barrio de Las Yaguas o el reparto El Moro; de cómo la gran mayoría de los rumberos, salidos de barrios como aquellos, eran «de color» y de cómo por ello se identificó aquella música como «cosa de negros», cuando esencialmente era asunto de pobres.

Los mismos instrumentos con los que se ha tocado rumba lo demuestran: desde un par de cucharas sobre una gaveta hasta la puerta de un escaparate. De aquellos barrios llenos, sí, de negros, mulatos y blancos pobres, han salido congas para adueñarse de las calles de las ciudades a contrapelo del gusto prejuiciado de los burgueses «fistos» y de los aspirantes a ello.

La vieja colonialidad impuso una estratificación social cuyo rostro aún asoma y que influyó en las prácticas musicales que había que hacer casi clandestinamente cuando los tambores eran perseguidos por la policía y quienes los tocaban eran encarcelados por brujos, transgresores groseros de la moralidad y las buenas costumbres y otras acusaciones.

Nos trataron de acostumbrar a que rumba, negritud y peligro social marcharan de la mano, con lo cual se cavaba cada vez más hondo en los abismos que habían segregado a los cubanos a pesar de las historias de la guerra de independencia y de una pobreza que nos homogeneizaban. «Ripiarse» en una rumba llegó a ser para algunos el acto catártico que se llevaba a cabo en la clandestinidad de solares y barrios populares para después «limpiarse» en los salones burgueses de tono décimónico.

Afortunadamente la rumba ha sido considerada en nuestros días como patrimonio y orgullo de nuestro ser cubano. Forma parte de nuestras tradiciones pero, necesariamente, toda tradición tiene sus pies en el pasado para funcionar en el presente de muy diversas maneras. Preservamos una tradición o no de acuerdo con la conciencia que tengamos de cuán útil pudiera resultarnos hoy para reafirmarnos.

No basta solo con declararla patrimonio nacional y llevar esa definición como un adorno en la camisa. Si no trabajamos para que se perpetúe no solo en sus formas más antiguas, sino también acogida por la creatividad de nuestros jóvenes, puede perderse en lontananza o ser una práctica cultural esencial lenta y culpablemente sustituida por musiquitas de moda.

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