Bulgaria

Autor:

José Luis Estrada Betancourt

BULGARIA. Es difícil de explicar. Muchos no entenderán el apego que pueda tener este negro que soy, nacido bajo el fuego, con aquella tierra que a veces puede albergar un frío que te parte hasta el pelo. Pero desde que lo encontré he amado ese país casi de manera enfermiza. Es extraño que cierre los ojos y no se pinten con claridad, como si fuera una nítida pantalla de cine, las calles, los tranvías, el camino de hielo resultado de los pesados pasos de la gente al andar sobre esa nieve que llegué a odiar (bueno, es que todo no podía ser perfecto); las rosas, los parques, los cafés, las vanitzas (tipo de pastel), la rakía (aguardiente), las tiendas semejando el paraíso, los perfumes que aquí valían una fortuna y allá se vendían en los estanquillos de periódicos, a centavos: Gato negro, París, Kremena... Nadie los quería, pero a mí me recordaban los olores de casa... Los amigos eternos, la familia que armé con personas que abrazándome, mimándome, me salvaron... La universidad... y yo como la mosca impertinente que decide refrescar en la abundante y blanca leche...

El único negro, el primero que hacía su entrada en aquella centenaria Facultad de Física... Mis compañeros de aula pasándome los dedos como quien no quiere las cosas sobre mi piel y luego mirando con disimulo para comprobar si se les habían manchado... Los abrazos que empecé a repartir «a la cubana», a diestra y siniestra, confianzudo, al segundo día de conocerlos, sin darles tiempo a reaccionar... El paquetico de té que abrí para derramarlo sobre un agua caliente, y que nunca me pude tomar, por guajiro inocente; la pila que por poco arranco, preocupado porque la muy tozuda no quería cerrar, y mientras más la apretaba más agua derramaba... Mi primer gran beso verdadero, de rechupete y lengua, la sensación más placentera que he conocido, a pesar de que para esa fecha ya era, lo que se diría, «una cama»...

Fue difícil regresar, porque, lo confieso, los búlgaros y búlgaras que conocí, que quedaban embobecidos con mi dominio de la lengua (ya no estoy hablando de besos), consiguieron llenarme de calor, quizá hasta lo inventaron para mí, para que no extrañara palmas, ni soles, ni mares. Ellos mismos se hicieron árbol frondoso y seguro, luz y energía, océano... Lloré tanto en aquella despedida desesperada, inesperada... El taxi que me conducía hacia la añoranza más triste se comportó premonitorio. El chofer puso la radio... Sintonizó el tema final de la banda sonora de un clásico que se me hizo muy familiar en Bulgaria: Hair, de Milos Forman... Lo vi una decena de veces... Treat Williams, sin quererlo, rumbo a Vietnam hacia una guerra que no aprobaba, por ayudar a un amigo. (Ay, los amigos). Y luego una imagen inolvidable... Let The Sunshine in... todavía suena en mi cabeza... Me esperaba el período especial.

No me había marchado y ya soñaba el regreso. Cantaba para mis adentros: Pakshte se sreshnem, sled deset godini (Nos encontraremos nuevamente después de diez años...)... El aeropuerto colmado de flores y de gente querida, muy querida... Me hice lágrimas. Lloré hasta casi secarme.

Veintiseis años rogando el milagro. ¿Saben qué? Admito que el infarto me asustó su poquito, pero estaba consciente de que ese malintencionado no se iba a salir con la suya. Al menos, no hasta que volviera a hacer míos esas calles, los tranvías, el camino de hielo, las rosas, los parques, los cafés, las vanitzas, la rakía, las tiendas semejando el paraíso, los perfumes, los amigos eternos, la familia que armé con personas que abrazándome, mimándome, me salvaron... La universidad... Los besos...

Por fin ha llegado la hora. Se los anuncio desde ahora, pero no quiero envidias. No me hagan poner vasos de agua, que hay mosquitos muy peligrosos... Tengo que cuidarme como gato fino (digo gato y no gallo, porque tengo la impresión de que han sido más de una vida las que he vivido: la que me tocó en esta reencarnación, mi evidente renacimiento al llegar a Bulgaria, sobrevivir al período especial, hallar al periodismo como realización cuando quedó atrás mi otra gran vocación: el magisterio; el infarto...). No, no voy a echarla a perder cuando agosto está al doblar de julio y un avión espera por mí.

Sofía, Bulgaria, mi gente, ¡prepárense que voy! Les cuento que he tratado de ponerme a tono con el estelar acontecimiento, y hasta salí en busca de un cirujano estético, socio, para que hiciera lo suyo y me tirara un cabo. ¿Su respuesta? «Ay, amigo, nosotros reparamos, no reparimos», jajajaj (es un chiste). Así que no les quedará más remedio que recibirme de este modo con que pisaré de nuevo las calles: estrujado, gordo, viejo, pero feliz. Muy feliz. ¿Lo notan? Entonces, brindemos. Brindemos por la fe, por la esperanza, por la convicción de que siempre puede haber un mañana. Vamos, ¡a sonreír!, a echar para adelante, a entregar y hacer el amor, porque llena de fuerzas, porque embulla a las neuronas. Vamos, unámonos al grupo de los que andan por todas partes regando el bien. Solo así vale la pena vivir la vida, lalalalala...

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