El bisturí, la sonrisa y la palabra

Autor:

Osviel Castro Medel

Parecía que habían regado una sustancia lacrimógena en el auditorio. Prácticamente todos estaban con los ojos enrojecidos… por la emoción y las remembranzas.

Hasta al homenajeado, el doctor Ricardo Hijuelos, estuvo a punto de humedecérsele la mirada cuando la joven cirujana Nirsa leyó unas líneas que, aunque no sabían a despedida, punzaban cualquier alma. O cuando Lucy Montero —no vestida de la tremenda profesora que es, sino de paciente agradecida— narró anécdotas de salvamentos con el bisturí y, especialmente, con las palabras.

«Él tiene la primera cura, que es la palabra. Él llega con ternura y cariño, sabe ser empático con las personas que atiende. Hay que imitarlo», sentenció ella en medio del silencio y del latido colectivo.

Cada uno de los que hablaron de Ricardo esa mañana lo hizo desde la gratitud, y cada uno lo dibujó como el médico preocupado al extremo por sus enfermos, capaz de brindar un consejo a un colega desde Estados Unidos o desde Yemen, para aliviar la mínima dolencia de un convaleciente.

Nelson, reconocido neurocirujano, acostumbrado a hablar ante los grandes escenarios, tuvo que recurrir al papel y a la tinta para no dejarse arrastrar por la conmoción que provocaba aquella «despedida de mentiritas» de su amigo.

Era un adiós irreal porque Ricardo o Yayo —como llaman los cercanos a este holguinero-granmense—, después de décadas de resultados y de haber formado varias generaciones, se jubilaba formalmente de los salones de operaciones a los 66 años, pero seguiría, como él mismo dijo, brindando «consejos modestamente».

Ese sábado, mientras el diálogo entre viejos y nuevos, preparado por el Comité de Base de Cirugía del hospital bayamés Carlos Manuel de Céspedes, iba tomando vuelo, me preguntaba por qué otras organizaciones en el país no desarrollan con mayor frecuencia actividades como esta, que estrujan el corazón, pero sobre todo, que dejan enseñanzas en la piel y en la vida. ¿No se puede homenajear a otros brillantes desde el sentimiento y la búsqueda de los detalles que estremecen?

Aquel día todos los participantes en el «encuentro» —bisoños y veteranos de la Medicina— se marcharon con huellas luego de escuchar al doctor Hijuelos, quien impartió, sin pretenderlo, una clase en la que deberían mirarse quienes asumen esa profesión que mucho ha de tener de sacerdocio.

Entre otras cosas, el profesor dijo que los cirujanos necesitan cultivar la responsabilidad, traducida en seguir la enfermedad del paciente antes, durante y después del acto quirúrgico.

Y que a ningún médico, de cualquier especialidad, debe faltarle la amabilidad, porque ese atributo es necesario para los enfermos, los familiares y hasta para los compañeros de trabajo que acompañan al galeno en el tratamiento de toda afección.

Que es preciso ejercitar la humildad. «No hay que mirar por encima del hombro a los demás, por más conocimientos que se crea tener», expresaba Hijuelos, y segundos más tarde volvía a reafirmar la importancia del buen trato, del verbo alentador y de la sonrisa.

Sí, los doctores también necesitan soltar la sonrisa siempre que se pueda porque, como recordó Hijuelos, parafraseando a Chaplin, una sonrisa tiene un valor incalculable: es capaz de aliviar o consolar el alma.

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