¡Sindo… caray! - Opinión

¡Sindo… caray!

Autor:

Enrique Milanés León

La literatura cubana aún le debe una novela a Sindo Garay. Es cierto que hace 48 julios nos falta el más grande trovador de esta Isla, pero ese no es el impedimento a considerar: a fin de cuentas, el gran trashumante andará por ahí repartiendo perlas marinas en añejos bares y en cualquier momento se presenta a dar testimonio, rasgando una guitarra y fumando un cigarro, combustiones que solo aplaca con un generoso vaso de ron.

El obstáculo que tendría un escritor para retratar al bardo sería que, si sus hechos rayan las parcelas del mito, ¿qué más se puede crear alrededor de él? Porque Sindo pareció tocar todas las cuerdas de Cuba: lo sublime popular, la peripecia física, el compromiso artístico, cívico y patriótico, la bohemia auténtica y sobrados valores humanos. Así, cuando a sus 101 años le avisó a La Pálida que por fin podía pasar a recogerlo, había vivido privilegios sin par.

Probablemente, Sindo fue el único compatriota que estrechó las manos de Martí y de Fidel, al primero en Dajabón, Santo Domingo, en 1895, y al segundo muy tarde, ya con 94 años, en La Habana. «Me sentí más pequeño cuando sus brazos me rodearon», declaró sobre su encuentro con Fidel. Una vez caído el Apóstol, el trovador escribió su canción bolero Semblanza de Martí.

Esas no fueron sus únicas incursiones en la gran gesta de la nación. Cuando era un niño, Guillermón Moncada lo sentaba en sus piernas para escucharle cantar, y de adolescente, Sindo fue un correo tan especial de las fuerzas mambisas, que llevaba sus mensajes a nado por la extensa bahía santiaguera. Conoció además al general Flor Crombet, y a Brindis de Salas, Agustín Lara, Enrico Caruso y Julio Antonio Mella, así que su vida puede leerse lo mismo como cancionero que como cuaderno de historia.

Había nacido en Santiago de Cuba, el 12 de abril de 1867, en casa humilde donde, sin embargo, abundaba un tesoro: la guitarra. Además de la de su madre y la de su padre, siempre se hallaban allí otras dos o tres. Un día, el pequeño se atrevió a secuestrar una: era la de Pepe Sánchez, quien al llegar le premió la audacia enseñándole su oficio de sastre y su alma de músico.

Por allí puede buscarse la raíz de quien fuera el trovador más viejo del mundo. Si en el camino tuvo que aprender a hacer maromas y trabajar en un circo; si se hizo talabartero y se autoalfabetizó a los 16 años, anotando los textos de los carteles comerciales santiagueros, solo para poder responder una carta de amor; si decía con humor que su nombre mostraba su ignorancia musical (Sin-Do, porque sin Do, él cantaba), su condición de genio es plenamente reconocida.

Alguna vez declaró que su madre lo dormía cantándole La Bayamesa, de Céspedes, Castillo y Fornaris. En 1918, a sus 41 años, él compondría la suya: Mujer bayamesa, obra que creó en el hogar de su amigo Eleusipo Rodríguez, después de repartir serenatas durante toda una noche a las bellezas de Bayamo. La escribió en el patio, sentado en un taburete bajo recios árboles y a la vista de un paredón todavía ennegrecido por la quema de la ciudad.

«Cuando la cantaba me sentía más cubano y patriota», confesó el trasnochador que alguna vez llegó a concebir un escudo que, en lugar del gorro frigio, tenía como remate un sombrero de yarey, «el sombrero nacional de los cubanos».

El día del estreno de Mujer bayamesa, en el cine teatro Bayamo, solo la escucharon la taquillera y el pianista que amenizaba las películas silentes, así que la recaudación fue de apenas 40 centavos; pero el trovador supo que había tocado el cielo: «Fue mi mejor sindada», decía siempre, usando el término que daba a sus creaciones y ocurrencias.

Era incansable en el jolgorio. Jocoso y simpático, acuñó la frase «que canten los que comieron», pronunciada una tarde en Bayamo cuando le pidieron que cantara después de olvidarlo a la hora del chilindrón.

Tan patriota fue Sindo Garay que a sus cinco hijos les puso nombres aborígenes: Hatuey, Guarina, Guarionex, Caonao y Anacaona. Y tan hombre, que no vaciló en cantar en contra de la ocupación yanqui de la Isla.

Los que lo saben todo de música jamás entendieron cómo este hombre tan poco instruido construía maravillas de canciones. Un día él mostró sus cartas: «…tomo la guitarra en mis manos y me parece que la guitarra son alas».

Era Sindo Garay, el imprevisible, el volador. En julio de 1968 lo esperaban en Santiago, para el Festival de la trova, y él se murió el 17, en La Habana, pero no faltó a su cita: a Santiago se fue muerto, y de allí pasó a Bayamo, desde donde aún nos pide una tumba con forma de guitarra. Su sepelio fue una serenata con mucho cigarro y café, mucho ron y mucha trova. Indecisos entre cantar o llorar, lo que sí sabían los presentes era que el gran pequeño, en un dúo con La Pálida, les había jugado otra buena sindada.

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