Balada para ahorrar cuerdas

Autor:

Susana Gómes Bugallo

«Discúlpennos un momento. Enseguida seguimos. Son pequeños asuntos técnicos», dijo el joven e hizo una seña al encargado del audio para que continuara con algunos temas de música grabada. Algunas personas se quedaron inconformes. Otros siguieron bailando como si nada pasara. Detrás del escenario se formó el revuelo.

«¿Tienes algún Do que me prestes?». «¿Tú crees que este Re funcione?». «¡Estoy al poner un perchero en el Mi!». «¡Qué trabajo he pasado para hacer ese solo!». «¡Caballero, apúrense, que esto no puede pararse por una cuerda de guitarra!». La locura va dictando el ritmo. Ya no hay música que valga para armonizar el momento. Los problemas técnicos llevan la voz cantante. No solo técnicos. Porque la técnica falla cuando la economía personal está maltrecha.

«¡Llevo casi un año con estas cuerdas! Así no hay creación que se salve», se queja este novel músico mientras pasa lista otra vez entre sus familiares, amigos o vecinos más cercanos (y lejanos a la vez, del lado de allá del mar), repensando a ver quién puede «tirarle el salve» esta vez. Ya molestó a fulanito, al primo, al socio de su papá, a la abuelita del amigo… hasta a la madre de los tomates. Todo por conseguir sus cuerdas. ¿Qué va a hacer? ¡Por aquí están tan perdidas!

La amiga a mi lado se conmueve cuando me aventuro a contarle lo que debe estar pasando tras bambalinas. «¡Tremendo lo de esos muchachos!», me comenta con su sensibilidad de siempre. Y yo comienzo a narrarle más. Es mi modo de que no sienta la pausa que los problemas «técnicos» han causado. También sé que nadie comprenderá como ella, madre de un joven que también lucha como un loco por sus sueños.

Entonces le hablo de aquellas veces en las que el calor del techo de zinc les hizo sudar entre tema y tema. No es fácil conseguir un local de ensayo cuando se están dando los primeros pasos y ni en la casa quieren saber de instrumentos sonando, ni el día a día puede sostener los precios de aquellos lugares que la gente ha acondicionado para alquilar con tales fines.

Le cuento también de las ocasiones en las que empataban almuerzo y comida (solo en cuestión de horarios, sin el respectivo acompañamiento alimenticio) con tal de terminar de grabar algún trozo del nuevo tema en la computadora «de palo» que tienen al alcance. Los estudios de grabación son cosa de otro planeta para la gente que empieza. A ellos les toca volverse ingenieros de sonido, informáticos y editores para crear algún producto artesanal que pueda resumir lo que están haciendo para presentarlo al mundo.

Mi amiga se impresiona. Abre los ojos con desaforado asombro (mitad sorpresa, mitad admiración). Pero pierde el control cuando rememoro para ella las tardes en las que el cantante se metía en el escaparate con tal de conseguir que primara la voz dentro del ruido callejero. Tremendo calor tenía que soportar. Y todo para que al final pareciera que estaban grabando desde el fondo de una cueva.

No le queda otro remedio que sonreír. «¡Al menos han llegado hasta aquí!», me dice. Se queda mirándolos de lejos y me imagino que piensa en el cómo. Ha sido por la ayuda de las amistades, le aclaro. Y detallo cómo algunos colegas más acomodados en el mundo del espectáculo han ignorado sus horas de descanso para ayudar a los que están empezando. O han compartido sus pocos sustentos con tal de sacar del completo desabastecimiento a los nuevos. Y han dejado a un lado sus obras maestras para echarles un vistazo a los primeros «garabatos» de estos muchachos que van creciendo y saben agradecer bien, solo siguiendo el mejor camino, el de la buena música, que al final es la que gana.

«Ha sido así», le digo. «Y lo que les falta. Ahora resolvieron esas cuerdas con una jaba de reserva que tienen con las que han ido quitando los socios de otros grupos y les han regalado», explico. Ella los ve volver al escenario y creo que a partir de ahora llorará con cada nota.

Detengo su reacción a tiempo, sabiendo que es tan sentimental, y le pido que no se angustie, que por eso pasan todos los que empiezan en lo que sea, y más si se trata de la música que no impera en las disqueras de este país; que una cosa es lo que da negocio y la otra lo que da placer, que uno de ellos estudió Informática, otro Enfermería, aquel Veterinaria y ahora se ganan la vida en el trabajo por cuenta propia. El mayorcito se dedica a adiestrar perros, por si fuera poca la variedad de este grupo musical.

«Tienen que hacer baladas», sugiere para que yo les cuente a mis jóvenes amigos lanzados por el camino de la música alternativa en Cuba. ¿Baladas?, me pregunto intrigada por su curioso consejo. Mi amiga explica que los temas más fuertes gastan más las Re, las Mi, las Do, las La. «Balada para ahorrar cuerdas», dice tranquila, como quien ha resuelto el dilema más tremendo.

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