Solo un hombre para ser feliz - Opinión

Solo un hombre para ser feliz

Autor:

Glenda Boza Ibarra

El día que supo mi sexo, seguramente papá hizo esa mueca que se le dibuja en el rostro cuando no está conforme con algo. Con mi nacimiento, su anhelo de tener un varón a quien llamarle José se fue a bolina por la edad, pues era el último hijo que mamá debía tener.

Cuenta ella cómo siempre tuvo un bate y una pelota guardados, por si acaso. Tal vez es ese el motivo por el cual las fotos de mi hermana Ara incluyen hasta un casco.

Pero su propia genética le negó el varoncito que esperaba, porque sí, son los hombres quienes determinan el sexo del bebé durante la fecundación, aunque como a mi padre, a algunos les cueste creerlo. No bastaron sus ganas inmensas de tener descendencia masculina… pero tampoco le hizo falta.

No tuvo nadie mejor comisión de embullo durante sus juegos de softbol; ni le hizo falta un hijo para explicarle de empalmes o conductividad de los metales; o cómo poner un tubo de luz fría y la cadena a una bicicleta; o armar y desarmar ventiladores.

Si bien nunca preparamos un cerdo para asar el fin de año, o cogimos juntos el ponche a una de las gomas del carro, tal vez fue, simplemente, por no intentarlo.

Aun así siempre tuvo una pareja de baile, un «cochofer» a su lado, o alguien que le guiara en sus primeros pasos por la computación.

Precisamente en estos temas papá es un previsor. Fue la primera persona que me alentó a aprender inglés más allá de las frases memorizadas de mi abuela. Vaticinaba cómo 15 años más tarde ese idioma sería una herramienta indispensable en mi vida; y así también con la computación.

«Aprende todo lo que puedas sobre informática», me dijo cuando apenas hacía cuadrados en la primaria con la tortuga del sistema MSX Logo, y él no imaginaba siquiera la existencia del correo electrónico.

Años más tarde me tocó guiarlo en ese mundo binario de ceros y unos, como si él mismo hubiera preparado a su futura profesora.

Seguí sus consejos, aunque me enojara porque nunca me enseñó a manejar, o tratara a mis primos como los hijos varones siempre anhelados.

Anfitrión de todo tipo de fiestas, encontraba cada vez una «excusa» para reunir a la familia. Ahí cuentan sus celebraciones por cualquier fecha; sus viajes «obligados» a Amancio para ver a los primos y tíos…

Algunos de mis mejores recuerdos de niña fueron en la entidad que dirigió por 20 años. En su pequeña oficina de la Empresa Nacional de Investigaciones Aplicadas (ENIA) tengo mis primeras fotos. Allí conocí de rocas y suelos y descubrí aquellos libros de hormigón armado que confundí con una novela policiaca. Allí trató de inculcarme la pasión por la ingeniería geofísica y la civil.

En la ENIA me colaba con mis muñecas, o me dormía en el sofá viéndolo escribir, revisar informes, buscar en la bibliografía sobre algún «caso geológico». A veces, ya de grande, me ponía a buscar faltas de ortografía. Hasta tuve en varias ocasiones complejo de secretaria, porque me enviaba a dar recados, e incluso teclearle cosas en la máquina de escribir.

Gané destreza, independencia y sobre todo amor por el trabajo. Nunca lo vi «coger un diez» y su «obsesión laboral» se iba con él a casa. Si bien ahora lo pienso, no pudo dar mejor ejemplo de laboriosidad a sus hijas.

Papá es ingeniero civil y geofísico. Su sueño siempre fue ser músico —flautista quizá—, pero la vida, el destino y hasta la influencia de mi abuela (quería un arquitecto en la familia), lo hicieron aventurarse por aquellas dos.

Con tantos años recorriendo aquellos pasillos, seguramente creyó que yo seguiría sus pasos, pero esa manía suya de mantener la tradición familiar no fue tan fuerte. Y henos aquí ahora: una sicóloga y la otra periodista, nunca nos decidimos por ninguna de las dos carreras de las cuales se graduó.

Al principio me reprochaba por venir a Cienfuegos, aunque me haya llevado él mismo hasta la terminal. Pero ya no lo hace, si bien todavía sé cuánto cada una de nuestras conversaciones trae entre líneas un sermón por dejar detrás a la familia. Sé que todavía me ve como su niña más pequeña, aunque ya esté cerca de los 30. Al final, él sabe que solo nos hace falta un hombre para ser feliz: papá.

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