No tiro mi lata, ¿y tú?

Autor:

Miguel Cruz Suárez

El retroceso experimentado en los últimos años en relación con las normas de comportamiento cívico es uno de los problemas más lamentables dentro de la sociedad cubana; aquí se nos presenta una paradoja dolorosa, al constatar que una población con acceso total a instituciones educativas, es, a su vez, descuidada y muchas veces indolente a la hora de cumplir normas de urbanidad y buen comportamiento, que son esenciales para reflejar educación y cultura.

Forjar hábitos es cuestión que, a mi juicio, depende de dos asuntos que se han abandonado: el primero es enseñar esas buenas costumbres, y el segundo es exigir porque se cumplan, incluso con la aplicación mesurada y oportuna de las normas legales.

El comportamiento es el resultado de la formación desde edades tempranas de modales que se inculcan en la familia y se refuerzan en la escuela, y en ambos casos el tema no anda bien. Múltiples familias jóvenes heredaron esas carencias y ahora (como lo que no se sabe, no se enseña) están en franca desventaja para trasladarlas a sus hijos; en tanto, los centros educacionales no hacen lo suficiente por llevar a la par docencia, educación formal y cívica.

¿Quién enseña a los niños en la escuela a saludar con cortesía cada mañana? ¿Quién inculca a los varones que carguen las mochilas de las niñas de su aula? ¿Quién les exige que al sentarse ayuden primero a las damitas con sus sillas? ¿Quién los reprende y les explica cuando el papel emborronado es lanzado al piso? ¿Quién les relata que Antonio Maceo, a pesar de su imponente fuerza y probado valor, aborrecía las malas palabras, el desorden, la suciedad o la indisciplina en sus campamentos?

Por otra parte, ¿quién sabe, a fuerza de divulgación o por ejercicio de su aplicación, cuáles son las medidas previstas para los que transgreden normas elementales de convivencia y muestran su torso descubierto en plena calle de cualquier ciudad, o para los que, sin el menor pudor, eligen como baño público una esquina a plena luz del día, o para los que lanzan su lata vacía como si la ciudad fuese un enorme cesto de basura?

Sin dudas, la primera batalla que debemos ganar es la de la conciencia de cada cual y su sentido de civilidad y convivencia; pero no nos llamemos a engaño, se precisa el justo medio entre convencer y sancionar, porque para enseñar a los niños de hoy hace falta el ejemplo de los que no tiran sus latas.

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