Y de todos será la victoria

Autor:

Yoerky Sánchez Cuéllar

La primera vez que escuché sobre la Crisis de Octubre o Crisis de los misiles fue en una clase de Historia en la Primaria, cuando la maestra leyó un fragmento de la carta de despedida del Che a Fidel: «He vivido días magníficos y sentí a tu lado el orgullo de pertenecer a nuestro pueblo en los días luminosos y tristes de la crisis del Caribe. Pocas veces brilló más alto un estadista que en esos días».

Los acontecimientos colocaron a 1962 en el almanaque de los grandes sucesos, mientras la Revolución daba sus primeros pasos frente al acecho del imperialismo norteamericano y sus aliados. En febrero de ese mismo año, el presidente Kennedy había firmado el aún vigente bloqueo contra la Isla, cuyo objetivo ya estaba esbozado —en 1960— en un memorando de Lester Mallory, secretario de Estado asistente, quien entonces señalara: «La mayoría de los cubanos apoyan a Castro (…) No existe una oposición política efectiva (…) El único modo efectivo para hacerle perder el apoyo interno (al Gobierno) es provocar el desengaño y el desaliento mediante la insatisfacción económica y la penuria (…) Hay que poner en práctica rápidamente todos los medios posibles para debilitar la vida económica (…) negándole a Cuba dinero y suministros con el fin de reducir los salarios nominales y reales, con el objetivo de provocar hambre, desesperación y el derrocamiento del Gobierno».

El interés por dañar a la nación rebelde fue más allá del aspecto económico y se convirtió en una obsesión para los funcionarios estadounidenses. A partir de 1959 no ha habido un segundo de tranquilidad para el pueblo cubano y sus admirados líderes. Como parte de la guerra sicológica contra Cuba, el asedio resultaba total, desde el financiamiento a bandas de alzados en el Escambray hasta el fallido intento de desembarco con mercenarios, cuyo fin era crear una cabeza de playa y derribar al nuevo Gobierno.

Incluso, en octubre de 1962 estaba prevista la invasión directa del Ejército norteamericano en la Isla, según los planes de la Operación Mangosta, aprobados en noviembre de 1961 por el Presidente norteamericano.

En ese contexto ocurre la crisis que puso al mundo al borde de una hecatombe nuclear. Ante las amenazas de Estados Unidos y la actitud de los soviéticos de lograr un acuerdo con Kennedy, sin contar con Cuba, nuestro país mantuvo una conducta ecuánime y fue indoblegable en sus principios. Fidel planteó los Cinco puntos en defensa de nuestra autodeterminación y soberanía y convocó al pueblo uniformado a estar alerta para saber enfrentar, incluso, la peor variante. Afortunadamente, la catástrofe no se produjo y la Revolución Cubana emergió del conflicto con la frente en alto y una dignidad incomparable.

Muchas han sido las manipulaciones en torno a este suceso histórico. Pero la verdad flota sobre la tergiversación y los malos propósitos. Y 54 años después, aquellos días tristes y luminosos de la Crisis de Octubre sirven como ejemplo de la resistencia de un pueblo que supo mantenerse firme e intransigente en la defensa de su soberanía e independencia, con el liderazgo de un estadista que nos sigue convocando a todos hacia la victoria.

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