Sin guiones y con pasión

Autor:

Yeilén Delgado Calvo

Se han ganado muy mala fama. Aunque son herramientas imprescindibles en la organización de las labores, su esencia muchas veces se resquebraja aparejada al formalismo y la repetición. Entre nosotros, algunas reuniones, más allá de establecer pautas, se convierten en el trabajo en sí.

Tanto se ha hablado del tema, que parece reiterativo y vano volver a hacerlo. No obstante, resulta esencial tocar otro aspecto que se aborda menos y quizá sea más dañino que los encuentros caóticos y largos: las reuniones «preparadas».

El término no alude a las horas de estudio de quien dirige el espacio, ni al cuidado que se puso en construir un orden del día coherente y enriquecedor, y mucho menos al esfuerzo que invirtieron los participantes en recopilar datos o redactar informes honestos y que aporten.

La preparación aludida se refiere al establecimiento de un guion, el cual recoge de antemano quién va a hablar, cuándo y, por supuesto, lo que va a decir. La principal justificación radica en que así se logra prescindir de aquellos oradores sin medida, que nada aportan y cansan al auditorio. También se busca que la duración no se extienda más allá de lo planificado; pero ¿un moderador con suficiente preparación no puede evitar esas situaciones?

Las verdaderas razones para tal proceder se hallan en el deseo de que todo salga perfecto, que no se produzcan «baches» de silencio y no existan señalamientos de los superiores. Puede que el resultado sea una jornada ágil; sin embargo, más parecida a una película de ficción que a la vida real.

La espontaneidad y la verdad (que casi siempre le sigue los pasos) dirían como Estelvina: «¿Y cómo quedo yo?». Nada más alejado de la esencia revolucionaria esa forma de actuar, que institucionaliza el burocratismo y no resuelve ningún acápite.

Dichas citas no poseen efectividad porque las deficiencias que se confiesan van con unas dosis de maquillaje, seguidas de los bocadillos: «estamos trabajando», «ya se tomaron medidas» o «una comisión lo investiga». No se producen denuncias, críticas verdaderas y nadie se apasiona, ni siente el peso de la participación política, porque solo es una reunión más de tantas.

Quien tiene la honrosa misión de dirigir y ha organizado este tipo de eventos, se encuentra a tiempo de no repetir el error; si le teme a lo que sus subordinados puedan decir, no está trabajando bien.

En caso de que, por el contrario, sea de quienes asisten un poco decepcionados, no se sume a la errónea práctica, ejerza su derecho al criterio, no se amilane porque puedan censurarlo, no piense que la vida seguirá igual hable o no hable.

No podemos darnos el lujo de la inercia, Cuba merece mucho más, y solo con serio compromiso conservaremos y edificaremos la sociedad que soñamos y por la que tantos lo han dado todo.

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