Cosas de muchachos

Autor:

Graziella Pogolotti

Los muchachos decidieron ocupar el asueto inesperado por ausencia de su profesor, dando un paseo en carro fúnebre por el cementerio. Algo macabra, la broma era propia de estudiantes de Medicina. Sería el preludio de una tragedia que marcaría para siempre nuestra historia.

La desmesura de la sentencia se abatía sobre una muchachada culpable por haber nacido criolla, cuando ya la guerra había estallado en la zona oriental del país. Para entender la historia, hay que registrar documentos y verificar datos. Pero, como si escribiéramos una novela, hay que emplear la imaginación para dar colores y vida a lo sucedido hace tanto tiempo.

En el tablero de la alta política, La Habana parecía observar desde la distancia los acontecimientos que ensangrentaban el otro extremo del país. Los potentados criollos cuidaban su fortuna, invertían en otros países y procuraban preservar sus propiedades de grandes terratenientes. Apostaban al autonomismo, a veces al anexionismo, y prestaban escasa ayuda a los insurrectos. Pasaban largas temporadas en Europa y en Estados Unidos. Pero los residentes en La Habana no podían mantenerse al margen de la situación. El movimiento de tropas y armas pasaban por el puerto y daban la medida del alcance de una insurrección iniciada por unos pocos en el ingenio La Demajagua. Por otra parte, los rumores circulaban en una sociedad en que, a pesar de los antagonismos, las diferencias de clases y la esclavitud, los matrimonios mixtos y los espacios compartidos favorecían la inevitable transmisión de la información. Apartadas de la cosa pública por razón de género, las mujeres sabían de las noticias y en muchos casos tomaban posición ante los acontecimientos. Así lo manifestaron en el estreno de Perro huevero mediante un código cifrado de fácil lectura, que desató el brutal ametrallamiento por el cuerpo de voluntarios. Por ahí andaba también un muchacho llamado José Martí.

Las vidas de los estudiantes de Medicina ofrendadas al odio y al deseo de preservar el dominio de España sobre la base del terror, renacieron como un símbolo juvenil. Se fundía en ellos la desenfadada alegría de vivir, el proyecto de una existencia futura fundada en la superación y en la ayuda al prójimo, como la identidad emergente de criollos en el contexto de la guerra de independencia. Su memoria sería reivindicada por el joven Martí y por Fermín Valdés Domínguez, comprometidos ambos definitivamente con la edificación de la patria.

Singular destino el nuestro, hecho de una historia que mucho debe al arrojo y a la desenfadada heterodoxia de la muchachada estudiantil. En la lucha antimachadista la capital desempeñó un papel importante. El 30 de septiembre de 1930 caía Rafael Trejo. Según testimonio de Raúl Roa, había tenido el presentimiento de estar señalado como ofrenda y convocatoria. El Directorio Estudiantil Universitario (DEU) se constituyó en canal para la participación juvenil. Después de la caída del tirano, fue factor activo en la constitución del llamado Gobierno de los Cien Días.

Jóvenes, muchos de ellos universitarios, encabezaron la lucha contra Batista. Muchos fueron cayendo en combate o víctimas de torturas y asesinatos. Al evocarlos, olvidamos que eran muchachos, tuvieron parejas y, a veces, los hijos les nacieron demasiado pronto. Por respeto a la dimensión de la tarea asumida, a la entrega y al sacrificio, los evocamos con rostro adusto, gesto reflexivo, en la arenga y en el combate. Las circunstancias les impusieron la maduración acelerada, el dolor por la pérdida de amigos cercanos y la asunción de los reveses desde Alegría de Pío hasta la huelga de abril de 1958. Aun así, de cuando en cuando, se les escapaban cosas de muchachos. Jóvenes fuimos también quienes alentamos el espíritu fundador después del triunfo de la Revolución. Ocurrió en la ciencia, en la educación, en el arte, en el deporte y hasta en un nuevo modo de relacionarnos, despojados de formalismos.

La tradicional conmemoración del 27 de noviembre, sin renunciar a la peregrinación, debería constituirse en un momento de reflexión. Las voces de las diversas generaciones coinciden en interrogarse acerca de los jóvenes de ahora. Los más viejos olvidamos que, al salir de la adolescencia, conocimos el estreno de la televisión, que vivíamos en una sociedad mucho más pacata donde la chaperona no había desaparecido del todo y los lugares de esparcimiento eran de acceso limitado. El tiempo transcurría más lentamente. El mundo es otro. Pero también se ha modificado el contexto de la Isla, porque los cambios económicos, aun los más cautelosos, introducen elementos imprevistos en lo social, en los valores y en las expectativas de vida, todo lo cual exige la implementación de políticas de comunicación y de métodos de trabajo en el ámbito concreto de cada cual, que ayuden a despejar horizontes, a definir futuro y razón de ser y a preservar para el país un riquísimo potencial humano, cargado de todas las energías y de la creatividad que, a los mayorcitos, cumplida ya nuestra tarea, nos van faltando.

Los muchachos de ahora tienen que formular sus proyectos de vida y buscar el sentido de la existencia en un panorama de extrema complejidad, en que se confunden los límites entre lo ilusorio y lo real. Ese entorno impone un entrenamiento para descubrir la verdad tras lo aparente. Es un ejercicio que se impone también a los mayorcitos, envueltos en procesos de rapidísima transformación, aunque cabe suponer que la experiencia nos ha dotado de cierta sabiduría. Por eso el ayer no puede ser cancelado. El diálogo intergeneracional es imprescindible en lo cultural, en lo afectivo y en lo político. Tiene que basarse en la transparencia y la confianza mutua, en el respeto a las inevitables diferencias y en la voluntad de aprender los unos de los otros.

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