¡Caballos!

Autor:

Osviel Castro Medel

Una mujer montó un caballo, al pelo, y salió al medio del camino, con bandera tricolor en mano. Era una campesina humilde que bañándose del sol implacable impresionó a muchos en ese día de esperas y gritos.

Ella sola, espontáneamente, se puso a la vera de la carretera, enseñando la frente de su potro semisalvaje. El animal tenía dibujado en ese lugar de su anatomía, con tinta salida de no se sabe dónde, un número 54.

Representaba una poética y sencilla alusión a uno de los hombres que ella había estado esperando con ansiedad en esa jornada de fragores: Alfredo Despaigne Rodríguez, ese fenómeno de la pelota que decidió echar raíces en Cuba y en Bayamo.

Pero la mujer también aguardaba por Carlos Martí, Lázaro Blanco, Guillermo Avilés, Roel Santos, Carlos Benítez... en fin, por todos los «caballos» que, todavía sin ser campeones de la pelota nacional, retornaban victoriosos a la Ciudad Antorcha a seguir adiestrándose en su cuartel general para tratar de rematar a su rival deportivo y conquistar, por primera vez, la gloria.

Los gestos de esa mujer del campo que, aún sin la corona, ya vitoreaba a los Alazanes, en desafío al tórrido mediodía, se han multiplicado y hecho fuego en estos días de delirios.

Y no es que cada habitante de Granma haya pintado un caballo con un número de pelotero. Es que miles de hijos de esta tierra han quedado hechizados o «afiebrados» con sus Alazanes, quienes han pasado a ser latido, vena y corazón de la existencia diaria. Incluso, quienes no saben diferenciar un foul de un out, un strike de un fly, volcaron su tiempo al deporte nacional.

No se trata de una hipérbole. Basta ver los saludos de muchísimas personas cuando se cruzan cada día: «Felicidades», «Somos campeones», «¡Dime, Alazán!». O escuchar a algunos cuando saludan por teléfono: «Buenas. Granma campeón, dígame».

Basta con oír las conversaciones por las calles, en las que todavía se habla de fildeos o batazos; pero también de las lágrimas estremecedoras de Carlos Martí, caballeroso y humilde como siempre, o de Ciro Silvino Licea, que tanto añoró un campeonato. Por cierto, este último, estelar exlanzador de 208 victorias en series nacionales, merecería un retiro masivo, verdadero, que sea televisado para todo el país.

Todavía, entre algún sorbo ambarino por la celebración que durará una semana, alguien habla del alma entregada en el terreno por peloteros-refuerzos, y más de uno ha propuesto que los declaren Hijos adoptivos de la provincia, o que les concedan solemnemente el escudo de esta tierra.

Aún hoy andan caballos por los portales; caballos, como los de Yosvel o Kirenia, hechos de papel, de madera, de sentimiento y ansia.

De alguna caballería mágica y enorme han salido a la vida incontables tapices con corceles volando, trotando, haciéndose reloj de entendidos o neófitos en la pelota.

De alguna fábrica de ingenios han brotado los carteles, que aún cuelgan en balcones o ventanas.

En cualquier rincón hay una anécdota jubilosa, eufórica o risible, vinculada con la victoria de unos equinos portentosos y afables. Hay todavía, diseminadas en el viento, historias que conmueven, llegan, remolcan... hacen delirar de una alegría provocada por unos «caballos» buenos y serenos.

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