Por Fidel tomo otra vez el cañón - Opinión

Por Fidel tomo otra vez el cañón

Autor:

Amaya Rubio Ortega

Hojea con afán una, dos, tres veces las páginas. Me he apurado como nunca esta mañana, pero otra vez él ha sido el primero en comprar el periódico. Con sus ojos clarísimos sonríe victorioso y se guarda bajo el brazo las líneas sobre la zafra, las relaciones de Cuba con otros países, los encantos de la danza moderna...

A sus 80 años, el jaruqueño Fermín Rivero González ya no puede leer y siempre un hijo, amigo o alguno de sus nietos le habla sobre las noticias; pero desde el 25 de noviembre quiere saber todo sobre Fidel.

Fermín guarda en su memoria los minutos que estuvo cerca del Comandante. Cuando Cuba estaba en pie de guerra, lo escuchaba siempre a través de Radio Rebelde. A finales de 1958, Fermín era cortador en los cañaverales del central Hershey, en la antigua provincia de La Habana, y supo por esa emisora que Fidel necesitaba la ayuda de todos en la lucha.

«Pidió iniciativas. Y yo tomé una yagua con fuego e incendié seis cuadros de caña. Hasta en las ramas de un ocuje me oculté una vez de la guardia rural. Luego me fui para la capital», dice.

El viento sopla y le agita un poco las páginas. Los ojos quisieran leer, pero no son los mismos de hace 50 años, cuando tras la mirilla despedazaba las dianas. Porque Fermín, luego del triunfo y con solo 23 años, se incorporó como voluntario a la batería de cañones del Ejército Rebelde en Columbia, hoy Ciudad Libertad.

«Estuve en el bombardeo del 15 de abril de 1961, cuando los yanquis quisieron destruir nuestros aviones para después atacar por el sur. Fue terrible, me agarré de una ventana y cerré los ojos. Ese día pensé que iba a morir. Pero el 17 pedí ser trasladado a Girón, por donde nos habían invadido. El mismo Comandante me explicó que el lugar de mi batería estaba allí, en La Cabaña, y no en Matanzas».

Volvió a encontrarse con Fidel una tarde de 1967 durante una visita suya a San Antonio de Río Blanco, un pueblito de Jaruco. «Estaba buscando melocotones. Aurora García, una vecina a quien llamaban “La Gallega”, se los ofreció en natural y en dulce. Él quedó encantado y se los comió antes de que la escolta los pudiera revisar. Fidel confiaba en su pueblo.

«Ese día yo amarré el caballo cerca de casa de La Gallega y al acercármele, me reconoció: “¡Eh, tú eras el cañonero que quería ir para Girón después del bombardeo!”. “Sí”, le dije; y me tomó la mano con aprecio. Me sentí el hombre más feliz del planeta. Así de grande era... Yo era un don nadie y, entre tanta gente, me identificó».

Hoy la guayabera blanca de Fermín parece acabada de almidonar y el paso como de reloj gastado avisa que hasta en las botas los años pesan. Bien lo sabe y, por sus recuerdos verde olivo, lamenta no haber firmado con sus propias manos el Libro de reafirmación del Concepto de Revolución, que en los días después del 25 de noviembre estuvo abierto para todos los jaruque-

ños en una escuela primaria del municipio.

Los ojos clarísimos, agotados por tantos almanaques, no se lo permitieron. Pero un niño de pañoleta azul escribió «Fermín Rivero González», y así uno de los cañoneros de las fuerzas revolucionarias alargó la lista de los agradecidos.

El anciano que fuera cabo de la artillería, cortador en la zafra del 70, mecánico de tractores en el central Hershey, llega hasta su casa con el diario en la mano, y sobre uno de los sillones comienza a mecerse.

Le leo lentamente las noticias. El viento traslada una nube de polvo por toda la casa y en la calle se escucha la risa de niños que juegan. Mientras, Fermín suspira y susurra algunas palabras: «Si tengo que coger de nuevo el cañón, lo hago por mi Patria y por Fidel».

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