José Martí frente al micrófono...

Autor:

Reinaldo Cedeño Pineda

Siempre he soñado verle frente al micrófono. Sí, al mismísimo José Julián Martí Pérez (1853-1895). Es un sueño, lo sé; pero un sueño hermoso. Cuánto daría por escuchar su voz, el tono de su voz. ¿Cómo sería?

Afirma Enrique José Varona que «su palabra era algo viviente que transfundía vida». Su amigo argentino Carlos Aldao expresó que su «brillante peroración producía en la médula una sensación análoga a la que despierta la vida del acróbata lanzado al aire en un ejercicio peligroso».

Alambre vivo, torrentera, acrobacia. Así describen su manera de tocar las palabras. Habrá que imaginarlo. En algún momento se anunció que buscaban su voz grabada en Nueva York en un cilindro de Edison; pero todo parece haber sido infructuoso. ¡Quién sabe si algún día ocurrirá el milagro!

Aunque abarcó todos los géneros literarios, aunque fue un poeta original y hasta escribió una «noveluca», como el mismo llamara a Amistad funesta, Martí fue sobre todo un periodista. En esa hoguera ardió su vida. Más de una palabra de sus  manuscritos no ha podido ser descifrada. Su pensamiento iba por delante de su mano.

Estremece leer, por ejemplo, Sobre los oficios de la alabanza, artículo aparecido en Patria. En unos pocos párrafos está contenida la tríada que presidió la obra martiana: verdad, belleza, virtud. Martí nos esclarece: «(...) es cobarde quien ve el mérito humilde, y no lo alaba (…). A puerta sorda hay que dar martillazo mayor (...). El corazón virtuoso se enciende con el reconocimiento, y se apaga sin él».

No estuvo frente al micrófono, es cierto. «La tecnología no anduvo lo suficientemente pronto», escribió Carmen Suárez León en el prólogo del volumen Yo conocí a Martí. Él decía a viva voz y tenía la pluma inquieta. Sin embargo, me arriesgo a decir que de haberlo podido hacer, no hubiera rebajado un ápice a la altura de sus ideas.

En todo caso, toca a los comunicadores de hoy envolverse en su pensamiento. Los del micrófono y los del ciberespacio, los de las cámaras y los de la tinta. Hay que abrazar al que se sacrifica diariamente y, en ocasiones, dar un martillazo martiano a las conciencias dormidas, a las conciencias torcidas.

José Martí es inspiración perenne. Cómo no serlo cuando aquel genio de la calle Paula que partía hacia la guerra, era capaz de escribir a su madre toda una confesión de fe: «No son inútiles la verdad y la ternura». Era un 25 de marzo de 1895 en Montecristi. Todavía se escucha el eco.

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