La frase cenicienta

Autor:

Luis Raúl Vázquez Muñoz

«Los jefes no llegan tarde, se incorporan». ¿Quién no ha escuchado esta frase en los últimos tiempos? Ella se pronuncia en las más diversas reuniones, desde las pequeñas y cotidianas hasta otras de más trascendencia, y el denominador común que las rodea es el aviso, días u horas antes de su comienzo, de que se aguarda la visita del organismo superior.

«Por lo tanto, compañeros —se repite en ocasiones hasta la saciedad—, hace falta ser puntuales para comenzar en tiempo». Solo que, no pocas veces, la asamblea se inicia a deshora porque los jefes no llegan, y cuando el cónclave se encuentra en pleno desarrollo —parafraseando al maestro de periodistas Walter Martínez en Telesur— aparece la jefatura.

Lo demás se conoce a través del guion asentado por la vida. Primero ocurre la ya habitual reubicación de lugares en la presidencia, para dejar oír, por último, las palabras sacramentales, a veces matizadas con una sonrisa al público: «Bueno, ustedes saben que los jefes no llegan tarde...», como dejando ver que atendían otras cuestiones más vitales. Nada de una disculpa por interrumpir o, al menos, de cortesía a quienes fueron disciplinados por un elemental sentido de la responsabilidad y el respeto.

Cierto es que no todos los dirigentes en Cuba comulgan con ese comportamiento, y muchos se caracterizan por la sensibilidad y apego con sus compañeros, sin importar que estos sean los trabajadores más sencillos. Sin embargo, no es menos real que en los últimos años, al juzgar las vivencias personales y el anecdotario que refieren no pocos lectores, estos episodios se han vuelto reiterados.

Más allá del colorido —bastante ceniciento— de la frase, lo inquietante son las interpretaciones que emergen de su contenido. Basta solo oírla para registrar la falta de humildad, combinada con una palpable arrogancia y la posibilidad de confundir profesionalidad y disciplina con aprobación plena a lo que diga el jefe o, lo que es peor, hacer visible un distanciamiento con el pueblo, al imaginarse que un dirigente nunca deberá rendir cuentas de sus actos a la mayoría.

Además de la cuestión ética, nos encontramos ante el hecho de que la Revolución y el socialismo en Cuba han sido posibles por la actitud opuesta a lo que implica el infeliz criterio de que el jefe nunca llegará tarde a sus encuentros con los subordinados. Frente a esas «jerarquías galácticas», los cubanos tienen numerosos referentes de la postura contraria, sintetizada en el ejemplo de Fidel, como lo recordaban varios lectores por separado, testigos sufrientes de la consabida frase que inicia este comentario y que, por otro lado, tuvieron el privilegio de compartir con el Comandante en Jefe.

«Se podía contar con los dedos de una mano —decían—, las veces que llegaba tarde. Si eso pasaba, lo primero que hacía era ofrecer excusas y explicar lo ocurrido; y la gente con la boca abierta y el corazón hinchado de la admiración, porque él se estaba disculpando». Y como punto final de la conversación aparecía, inevitablemente, la interrogante que muchos formulan al cuestionar la frase cenicienta: «Y en Cuba, ¿quién ha estado más ocupado que Fidel?».

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