Ganar el cielo sin perder el suelo

Autor:

Susana Gómes Bugallo

Viajar a Japón no es solo viajar al futuro. Aunque se atraviesen 14 husos horarios, aunque las rutinas se pongan contrarias a las de familiares y amistades que desde Cuba quieren saber de ti, aunque mientras ellos vivan un miércoles tú estés casi llegando al viernes… no se camina solo hacia adelante cuando se anda por tierras niponas. Porque se visita también el admirable pasado de una civilización que sabe ganar el cielo sin perder el suelo.

«¿Qué fue lo que más te gustó?», preguntan todos. «¿Te quedaste loca con la tecnología, no?», me dicen. Y yo sonrío y reitero que sí, que la tecnología es asombrosa. Que hay autos eléctricos, híbridos y atractivos; que hay baños que descargan solos y ponen música para relajar; que hay sistemas para hacer maravillas con la basura; que existen «aparaticos» que solo se ven en las películas y que casi todo está inventado... como imaginábamos del lado de acá del Atlántico. Pero lo que más me gustó no fue eso... sino el secreto de cómo se llega hasta allí.

Que en Japón todo valga es el resultado de que se le dé importancia a los detalles. No hay recurso mínimo cuando se le saca provecho a cada pequeñez. Esa obsesión impresiona mucho a los caracteres latinos tan dotados de exageraciones.

Me deleita saber que la magia no solo depende de la economía y el desarrollo industrial (porque esos aspectos demoran más en alcanzar el ritmo que necesita una sociedad), sino que lo primordial es la conciencia de quienes habitan la tierra del sol naciente, su incansable sentido del deber y la fe infinita de llegar, con la fuerza y paciencia necesarias para conquistar el horizonte. Igual me anima saber que esas virtudes existan por acá, aunque los latinos destaquemos más en otros talentos.

Pero para aprender del prójimo estamos hechos. Y quien no lo advierta no irá muy lejos. Por eso durante estos días de intercambio entre América Central, el Caribe y Cuba con Japón... hubo mucho que aprender desde ambos mundos.

Jamás se vio a un japonés tan bromista ni a un latino tan puntual como en estas jornadas del programa Juntos!, desarrollado por el Gobierno de ese país para acercar a otras naciones a su estilo de vida. Con el sello de ambas culturas (y con las diferencias esenciales que nos sacuden un poco en lo más íntimo, y de las que ya hablaré en otra oportunidad) el diálogo fluyó como en casa. Porque al fin y al cabo ese es el propósito: hacer del mundo el hogar colectivo que es, para que viajemos al futuro con el mejor ritmo posible, pero unidos.

Con el propósito de conocer esas realidades tan ajenas partimos a Tokio, desde diferentes lugares de Centroamérica y el Caribe, un grupo de 33 jóvenes y algunos más experimentaditos. A lo largo de la capital del sol naciente —y de paso también por Kioto, Hiroshima y Shiga— lo mismo ascendimos torres gemelas de más de 200 metros de altura, que dormimos en los tatamis del piso de una posada rodeada de nieve en medio de un valle.

Porque esa es la virtud más asombrosa del enorme archipiélago asiático: hacer que cada grandeza nazca de un fragmento. Y a cada paso se va descubriendo. Sin el japonés que se acerca corriendo en medio de la calle si sospecha que necesitas algo, no existirían las amables sonrisas que recibes en un comercio gigante o minúsculo. Sin la señora que viene a asesorar cómo botar la basura si advierte dudas en los rostros foráneos, no habría la asombrosa planta de tratamiento de residuos sólidos de Ariake, que procesa 400 toneladas de basura diariamente. Sin la paz interior de los japoneses, no habría tantos increíbles templos o esos ocho millones de deidades de los que alardean.

Asombra también la inteligencia de esas comunidades que viven de su tradición, aunque gocen de todas las comodidades. Esa es la magia, creo: la convivencia de un pozo y un aire acondicionado de última generación, tan solo porque los habitantes de ese espacio decidieron que era lo más conveniente para su entorno.

Y ahora que aún ando medio zombi entre cambios de hora y la vuelta al trabajo, algunos burloncillos me hacen la pregunta obligatoria: «¿Extrañas mucho, verdad?», dicen entre risas. Con la mayor sinceridad del mundo, respondo que no.

Conocer es importante y oxigena. Ver el mundo que nos resulta lejano siempre es una clase que se burla de cualquier academia. Pero lo mejor de estar lejos es esa  contradicción de aprender a mirarse mejor por dentro. Lo mejor son los malabares que hacemos allá para alardear de las virtudes que aquí resultan cotidianas. Lo mejor es la facilidad con la que comprendemos desde el primer instante que queremos en Cuba una industria como la de Japón, que nos encantaría el mismo desarrollo y nos fascinaría echarnos la robótica al bolsillo… pero tendría que ser con nuestra misma alma: un progreso autóctono, que nazca de adentro, tal y como enseña la filosofía japonesa, y del equipaje espiritual que hacia allí cargó cada cubano. Alcanzar el cielo sin dejar nuestro suelo.

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