Lengua y deportes

Autor:

Juan Morales Agüero

Nuestro periodismo deportivo nació vestido de pelotero a fines del siglo XIX. A aquella época se remontan las primeras reseñas publicadas en Cuba en caracteres impresos. La disciplina fue llamada entonces pelota americana, por sus nexos con Estados Unidos, su país de origen. Luego debutó la expresión baseball, cuya pronunciación, béisbol, se españolizó y perdura; aunque por acá preferimos llamarle, simplemente, pelota.

Fue el cronista Víctor Muñoz quien primero intentó españolizar parte de la terminología inglesa del béisbol desde las páginas del diario El Mundo. Así, en sus glosas, él escribía jonrón y corrido y bateo en lugar de home run y hit and run. Pero —¡ay!—, más de un siglo después, aún persisten en su idioma original frases como fielder choice y squeeze play, a las que no se les han hallado variantes en español capaces de estandarizarse.

La originalidad de Muñoz dio lugar a la crónica deportiva de vuelo literario. Su fantasía creó imágenes de marcada hermosura y lirismo, como «abanicó la brisa», referida al bateador cuyo swing no logra hacer contacto con la pelota. Otro grande fue Eladio Secades, con su estilo elegante desde la sección deportiva de Bohemia. Ni qué decir de Bobby Salamanca, un referente de cubanísima originalidad en la narración radial.

El uso de extranjerismos ha sido una constante en el periodismo deportivo cubano, pues ciertas disciplinas surgieron en países con idiomas diferentes al nuestro. De ahí que hayan mantenido, con escasa variación, su terminología original. Es el caso del judo, cuyas definiciones técnicas son casi imposibles de remplazar en una narración por equivalentes en español.

Sin embargo, y a pesar del secular esfuerzo por configurar en ese terreno una manera de decir que exhiba como sustrato lingüístico el español, últimamente se aprecia cierta tendencia a recurrir de nuevo a locuciones en inglés para identificar o describir situaciones concretas que ya tenían denominaciones en nuestra lengua. «Es la globalización», me aseguró un amigo. «Es la actualización», certificó otro. «Es un esnobismo», dije yo.

Una de las más notorias es ace (se pronuncia eis), usada hoy en voleibol y heredada del tenis. Se trata de una acción de saque a la que conocimos siempre, sencillamente, por «punto directo». También irrumpieron en la malla alta expresiones sajonas como set point y match point, contextos parciales y finales en el juego a los que antes llamábamos con un castizo «la puntilla».

En Cuba toda la vida referee (se pronuncia réferi) fue la persona encargada de impartir justicia en el boxeo. Pero de un tiempo acá escucho denominar también así al árbitro principal de fútbol. Hay más: en la descripción de algunos partidos, nombran stoppers a los jugadores de la línea defensiva, a los que antes se llamaba, simple y llanamente, defensas. Si se ha logrado imponer tiro de esquina sobre corner, y fuera de juego sobre off side, ¿por qué apelar entonces a esos anglicismos?

El baloncesto (nacido basketball), instauró desde su aparición su repertorio inglés. Así, las posiciones de los jugadores en la cancha se nombraron guard, forward y pivot. La práctica los españolizó y pasaron a llamarse defensa, delantero y centro. La globalización les varió los nombres. Ahora se habla de escolta, alero, ala-pivot, base… Bien, aceptado. Pero hete aquí que en ciertas transmisiones oí de nuevo guard y forward. Y time out para definir lo que siempre fue «tiempo técnico». ¿Por qué?

Advierto que no exhorto a conservar nuestra usanza periodística deportiva dentro de una urna alcanforada a imagen y semejanza de las momias de museos. La lengua es un organismo vivo que se actualiza constantemente y su dialéctica debe estar siempre por encima de chovinismos idiomáticos de cualquier naturaleza. Tampoco tengo nada contra el idioma inglés. Por el contrario, una de mis frustraciones es no haberlo aprendido desde pequeño.

Pero, como dijo recientemente la lingüista María Luisa García Moreno, «es humano aferrarse a lo que sabemos; pero sin olvidar que las palabras reflejan nuestro modo de ser, nuestra idiosincrasia. A los trabajadores de la prensa y las comunicaciones, nos toca la primera trinchera en la defensa de nuestra lengua materna: hablemos, pues, un español a lo cubano».

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