El paseo de las carretas

Autor:

Haydee León Moya

El joven Carliobelis Rodríguez es un experto en arrear mulos loma arriba y loma abajo; sin embargo, eso de desfilar conduciendo una carreta halada por una de esas nobles bestias, fue un encargo para el que no estaba preparado.

Arriero de solitario andar, acarreando lo que aporta la tierra fértil de esas lomas, tampoco estaba listo para exhibirse por los caminos y llegar hasta una plaza donde  todos se reúnen y celebran el Primero de Mayo.

Pero como buen hijo de Jamal de Baracoa, si hacerlo es apoyar a la Revolución, con él podían contar.

Escogió al más hermoso de sus ejemplares y se dijo: «Este va a ser el tipo». Fuerte el animalito, y terco, como todos los de su especie. En unas pocas jornadas de ensayo ya los dos eran expertos tiradores de carreta. Esa fue la parte más dura.

Porque  pulir la carreta: engrasarle los ejes para que no le dijeran «abandonao», quitarle toda la tierra roja a los neumáticos, y cambiarle alguna tabla vieja, no es nada complicado; tampoco le llevó mucho tiempo porque, además, recibió mucho apoyo de los directivos de la cooperativa.

Después vino la confección de los carteles con consignas para adornar su carromato, en lo que fue auxiliado por mucha gente en la comunidad. Y finalmente, un taparrabos nuevo para el mulito, confeccionado por una costurera del barrio. Y a desfilar se ha dicho.

Así son los preparativos en Jamal para asegurar y mantener cada Primero de Mayo una tradición en la fiesta del proletariado. Un hermoso desfile de carretas cargadas con sus dos producciones fundamentales.

¿Y qué frutos vamos a exhibir si el huracán Matthew arrasó con todo? Fue la pregunta de muchos durante los preparativos para la celebración ayer.

Pero por eso de que uno exhibe lo que tiene, los que apostaron por mantener la tradición a pesar del duro golpe mostraron que habita en ellos el espíritu de los indoblegables.

Esta vez no tuvieron frutos que mostrar, así que el empeño fue su bandera. Tiradas por esas nobles bestias que son los reyes de la transportación en las montañas y cual carrozas del esfuerzo en días tremendamente difíciles, desfilaron 20 carretas, con las motosierras que desbrozaron los campos, los machetes, los picos y las azadas; palas, picos y machetes que sus brazos empuñaron para restablecer el coco y el cacao.

Anduvieron los caminos y a su paso, como siempre, la gente los saluda con carteles y banderas que se agitan, mientras se escuchan consigas revolucionarias, resistencia y combate.

Finalmente todos en la plaza, ubicada al centro de El Jamal, donde patentizan su compromiso con la Patria y arman una gran fiesta, en la que el tres, la marímbula, el contrabajo, los bongoes, el guayo y las maracas muestran que también están vivos el baile y la música tradicional del lugar, la célula básica del son cubano: el kiribá.

Lo dice con cierto orgullo la gente allí: el Primero de Mayo en un pueblo de campo tiene, en su esencia, los mismos ingredientes, pero esta fiesta en El Jamal es «casimente» mágica.

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