El mal del mundo

Autor:

Juan Miguel Cruz Suárez

De los males humanos que lastran la plenitud de nuestra especie y nos ponen muy lejos de ser todo lo racionales que aseguramos ser, asigno una gran cuota de responsabilidad al egoísmo, considerado por Martí como «el mal del mundo». Su arraigo y proliferación suele exacerbarse en tiempos de carencias y momentos difíciles, justamente cuando más se necesita su inexistencia.

Su presencia hiere y separa, para alejar todo intento de ser mejores en un mundo lleno de cosas negativas; el egoísmo pudre el alma y espanta a los amigos, que son el único amuleto que le queda a la civilización para evitar su propia muerte. Pero, ¿qué pasa en el corazón de los hombres, por qué se espantan de allí los sentimientos solidarios que vienen incluidos en la inocencia que pone la naturaleza en cada niño?

Las respuestas son muchas y muy diversas, y en ellas toman parte sociedad, escuela y familia, sin olvidar que las esencias del sistema imperante en el mundo —por desgracia capitalista— son precisamente egoístas. En esa sociedad, que por todos los lados nos rodea, tales principios pasan de rectores sociales a paradigmas educativos y metas familiares, para destruir cualquier atisbo de solidaridad o sentimientos de altruismo, para enseñar a desviar la mirada de las «feas escenas de la pobreza y la marginación, como símbolos de los fracasados por decreto». Con ese propósito ya se inventaron las revistas glamurosas, las potentes gafas con cristales que acomodan las dulces escenas de las telenovelas, los grandes muros de los condominios y las míseras limosnas de la beneficencia, siempre que estas no pongan en riesgo propiedades y ganancias.

El antídoto contra esta epidemia que amenaza con destruir los mejores valores del ser humano, está en un sistema distinto, que hemos venido ensayando en el socialismo y que es la aproximación más acabada que el proceso civilizatorio conoce en la búsqueda de ese desarrollo íntegro de las personas como seres solidarios y cooperativos. Sin embargo, aún estamos lejos y corremos incluso el peligro de equivocar el sendero e ir a parar a las fauces inteligentemente camufladas de esa sociedad, de la cual pretendemos alejarnos y cuya fuerza gravitatoria es real y potente.

El enfrentamiento a los síntomas es en todos los casos la forma más eficaz de evitar que los males crezcan, y en nuestro caso se hacen visibles peligrosos indicios de egoísmo, como pequeñas grietas que se dibujan en la pared construida por tantos años. Y si bien el mal no es de raíz en estos momentos, sus manchas han trepado hasta los gajos y amenazan con expandirse de rama en rama.

Debemos combatir este flagelo con inteligencia y firmeza, desterrarlo, ante todo, de las escuelas e instituciones, donde las diferencias originadas por determinadas posiciones en lo económico, pueden ser atenuadas por la acción coordinada de maestros, dirigentes estudiantiles o juveniles y factores administrativos. En el ámbito social el reto es mayor, pues las influencias vienen de distintos puntos, entre los cuales la familia juega el rol básico y dentro de ella hay que velar por el atinado uso de los medios audiovisuales.

Cuba, la isla de la solidaridad con el mundo, la de los vecinos que se reparten lo mucho y lo poco, la de las razas mezcladas, la de los médicos que no preguntan quién eres o qué piensas a la hora de salvarte la vida, la de la gente que te brinda su casa cuando la noche o un percance te alejan de los tuyos, no puede sucumbir ante las glorias efímeras del dinero o las cosas materiales. Abramos entonces las puertas del grano de maíz, que para ellas sobra espacio.

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