Opinión Pública

Susana Gómes BugalloSusana Gómes Bugallo
9 de Agosto del 2017 21:24:00 CDT

Se quedaron dudando. Si la gente lo creía, era por algo. Si se rumoreaba entre vecinos, sus razones tendrían. Si los compañeros de trabajo lo pensaban, sus pruebas existirían. Tal vez era verdad que —aunque solo se tenían un cariño de padre e hija, aunque nada más hablaban para pedirse opiniones de la vida, aunque jamás les pasaría por la cabeza amarse de otro modo, o mucho menos desear cualquier acto carnal—, a pesar de todo eso, tal vez era verdad que «estaban». Se despidieron. Pero permaneció la incertidumbre. Si la gente lo decía, por algo sería.

Porque la opinión pública tiene ese poder. No tan exagerado como para hacer titubear hasta a los protagonistas del chisme, pero cuento ese extremo para ilustrar la magnitud de su influencia. Uno puede saber la verdad, estar consciente de que es imposible tan perversa entelequia… y caer. A veces es más fácil dudar de los valores ajenos que regalarle un segundo de duda a quien se acusa por la voz menos creíble: la ajena.

Y de unas sílabas pésimamente combinadas sale la frase mal hecha. Y rueda y rueda hasta que es imposible detenerla. Se vuelve nebulosa en boca de todos. Y va mezclándose la sospecha con la certeza. Y en los pasillos no se habla de otra cosa que de la supuesta noticia. Todos juzgan, construyen sus hipótesis y hasta se aventuran a lanzar pronósticos. Definen razones, calculan estrategias y justifican toda una amalgama de anécdotas casuales con la «confirmada» evidencia de los hechos. Edifican perfectos castillos de polvo sobre la base de un susurro de mala fe.

Nadie se resiste. El mejor intencionado se decide por apartarse del camino errado. Pero no se lleva a ninguno consigo, no planta «en tres y dos» para detener el dañino rumor, no dice «hasta aquí» y «no es verdad». Se lamenta en silencio de que haya gente así. No transforma.

Y las estrellas de la patraña (ajenas, por naturaleza, a lo que pasa con sus vidas en los comentarios de otros) tienen que soportar con desconcierto que cambien algunas miradas, que el trato de algún socio no sea el mismo, que se les observe de soslayo y con la hipócrita amabilidad de quien sonríe, pero calcula de arriba a abajo en un irremediable y castigador «no parece, pero lo es».

Van sin oportunidad del gesto más impostergable, más humano, más decente: la confesión, el cuestionamiento sincero de algún ser de frente limpia que le ponga la mano en el hombro y diga «esto es lo que pasa», «no cojas lucha», «alerta a tu compadre», y «la gente es así». Y toda esa cadena de acompañamientos imprescindibles para que alguien no navegue solo entre las turbias aguas de los malentendidos, las calumnias y las invenciones de ciencia ficción que escandalizarían al escritor más ingenioso. Pobre de quien vive a su mal modo las vidas ajenas y descuida el infinito arte de construir la felicidad propia.

Hay que cuestionárselo todo, digo también pensando en el mundo y las guerras construidas con imágenes falsas y los estados de opinión manipulados por cualquier montaje. Y en nuestro ámbito más íntimo —además de pasarlo por los famosos tres filtros de la utilidad, la certeza y la buena fe— se requiere un temple a prueba de enredos para no gastarnos la vida en suposiciones ruines. Porque dejarse llevar por la opinión pública es tan ingenuo como creer que en las casas cubanas en las que suenan las maracas en las mañanas es porque sus habitantes son músicos.

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    1. 1

      JOSE - 10 de Agosto del 2017 9:30:00 CDT

      ME ENCANTÓ

    2. 2

      sachiel - 10 de Agosto del 2017 11:41:36 CDT

      A mi me encanta Susana, y me encanta esta parte: "Hay que cuestionárselo todo, digo también pensando en el mundo y las guerras construidas con imágenes falsas y los estados de opinión manipulados por cualquier montaje. Y en nuestro ámbito más íntimo —además de pasarlo por los famosos tres filtros de la utilidad, la certeza y la buena fe— se requiere un temple a prueba de enredos para no gastarnos la vida en suposiciones ruines. Porque dejarse llevar por la opinión pública es tan ingenuo como creer que en las casas cubanas en las que suenan las maracas en las mañanas es porque sus habitantes son músicos." Esa es mi fé diaria cuando opino en Acuse y otros lugares, saber de qué se está hablando, averiguar, y no dar por cierto todo, aunque venga con sellos(de la correspondencia particular) o cuños(de la correspondencia oficial).

    3. 3

      RODY - 10 de Agosto del 2017 12:56:12 CDT

      Sencillamente muy buena la propuesta de hoy, algo debidamente bien escrito y con la sutileza y el encanto de Susana, para que salga un buen artículo como este. Sigo todas las publicaciones y cada vez me siento más identificado con su parecer. Felicidades por su labor, felicidades por decir la VERDAD con el corazón.

    4. 4

      Mártivarela - 10 de Agosto del 2017 17:39:21 CDT

      Susana: los chismosos y habladores extremistas son propensos a entretejer oraciones con el estambre manchado de la falacia. Se aferran a la calumnia para inyectarla silenciosamente en la conciencia social. Bañan sus conversaciones con chorritos de verdades y con una sucia cascada de mentiras. Se convierten en especialistas de la doble moral y se gradúan en el arte de la ficción. Susana: estos personajillos denigran la dignidad de una época; ensucian la epidermis social; se jactan de saberlo todo; y se arrastran por el retablo de la vida como serpientes, para inocular su virulento embuste en el oído del espectador, y clavar su venenoso colmillo en la arteria pulmonar de la opinión pública. Los chismosos y habladores extremistas padecen el síndrome de la deshonestidad: son incapaces de respetar la honradez, y sí son capaces de asesinar la cordura y la decencia. Estos individuos adictos al engaño, a pesar de ser inconmensurablemente antipáticos, manipulan y convencen a un grupúsculo de ingenuos que repiten la patética historia inventada por estos profesionales de la desinformación. Los chismosos y lenguaraces extremistas proliferan en los medios donde se ponen de moda uno o varios de los siguientes anti- valores: la mediocridad, la corrupción, el miedo, la ignorancia, la cobardía, el egoísmo, la envidia, el odio y el irrespeto al ser humano. A estos calumniadores que cultivan la mentira y la infelicidad hay que sentarlos en el banquillo y hacerles saber de su carácter antisocial; de su placer por el enredo; de su malevolencia; de su vocación por la patraña; y sobre todo, hacerles reconocer su bajeza y su miseria ética, conductual y humana. De no actuar de esta manera, seríamos cómplice de la injusticia.

    5. 5

      Diorge - 10 de Agosto del 2017 18:51:32 CDT

      No acostumbro a comentar en la red de redes, por características de mi personalidad, pero hace mucho que tenía deseos de expresar mis mas sinceras Felicitaciones a ud, por todos sus trabajos los cuales sigo con gran interés por su calidad tanto humana como de gran periodista que es ya a pesar de su juventud, como muchos me identifico plenamente con todo lo que escribes y hasta hoy no encontraba manera de trasmitirte estos pensamientos, sigue así no cambies nunca, tienes lo que se tiene que tener para llegar a ser lo que quieras hacer, un saludo cordial y un solo y humilde consejo, sigue escribiendo.....

    6. 6

      Nelson Leyva de la Torre - 10 de Agosto del 2017 19:46:46 CDT

      Interesante artículo, pero poco se publica en este sentido. La opinión distorsionada o «chisme» –como suele llamársele a estas manifestaciones– es un tema bastante polémico. (La Opinión pública, Susana Gomes Bugallo, 9 de Agosto de 2017). Sin embargo, tanto en tiempos atrás, como en los que corren, este tema siempre va a estar en boga. Manipular o construir una falsa opinión sobre alguien, constituye una actitud –digámoslo puerilmente– fea. Lo que sí está comprobado, es que origina agudas molestias entre aquellas personas que, desde el razonamiento moral, se respetan, y de igual forma profesan respeto hacia los demás, sin importarle linaje alguno de sus semejantes. Lo que antes se percibía como una tendencia, hoy resulta una irrefutable realidad; se calumnia con mucha facilidad y, sin argumentos tangibles y poca razón, con frecuencia se pone en tela de juicio la manera de vivir de cualquier persona a través de una opinión mal intencionada. Entonces, ¿para qué sirve la crítica? Es evidente que se ha esfumado el verdadero sentido de ésta, quizá porque se le dio –antaño– un uso irracional e inadecuado, motivo por el cual hoy ha perdido peso específico. La crítica ha de estar presente en todas las aristas de la vida, pues no se debe apreciar como patrimonio de las ciencias políticas. A mi juicio, la opinión siempre está cargada de cierto sentido crítico. Una Opinión que se esgrima con sólidos argumentos, respeto y espíritu constructivo, tendrá efectos saludables porque incita al razonamiento, a la reflexión oportuna, a la resolución frente a disímiles problemas, a rectificar el derrotero de la vida. Es indudable que hay conductas contra las que no cabe la crítica, sino el cuestionamiento. Es en esas circunstancias en la que el cuestionamiento es válido, siempre que se haga de frente, no a espaldas de nadie. En sentido general, una opinión mal intencionada solo ocasiona incertidumbre y desconcierto, se convierte en un Globo de Ensayo que en su rodar causa problemas muy desagradables, quizá de incalculables consecuencias. Nelson Leyva de la Torre.

    7. 7

      Mártivarela - 11 de Agosto del 2017 6:48:12 CDT

      Susana: los chismosos y habladores extremistas son propensos a entretejer oraciones con el estambre manchado de la falacia. Se aferran a la calumnia para inyectarla silenciosamente en la conciencia social. Bañan sus conversaciones con chorritos de verdades y con una sucia cascada de mentiras. Se convierten en especialistas de la doble moral y se gradúan en el arte de la ficción. Susana: estos personajillos denigran la dignidad de una época; ensucian la epidermis social; se jactan de saberlo todo; y se arrastran por el retablo de la vida como serpientes, para inocular su virulento embuste en el oído del espectador, y clavar su venenoso colmillo en la arteria pulmonar de la opinión pública. Los chismosos y habladores extremistas padecen el síndrome de la deshonestidad: son incapaces de respetar la honradez, y sí son capaces de asesinar la cordura y la decencia. Estos individuos adictos al engaño, a pesar de ser inconmensurablemente antipáticos, manipulan y convencen a un grupúsculo de ingenuos que repiten la patética historia inventada por estos profesionales de la desinformación. Los chismosos y lenguaraces extremistas proliferan en los medios donde se ponen de moda uno o varios de los siguientes anti- valores: la mediocridad, la corrupción, el miedo, la ignorancia, la cobardía, el egoísmo, la envidia, el odio y el irrespeto al ser humano. A estos calumniadores que cultivan la mentira y la infelicidad hay que sentarlos en el banquillo y hacerles saber de su carácter antisocial; de su placer por el enredo; de su malevolencia; de su vocación por la patraña; y sobre todo, hacerles reconocer su bajeza y su miseria conductual y humana. De no actuar de esta manera, nos haríamos cómplices de la injusticia.

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