Santa Cruz y el mar

Autor:

Amaya Rubio Ortega

Noche de incertidumbre para Marta, Elogio, Miguel y Maira. Las olas envolvieron la barriada del Machete, la avenida tercera y la tranquilidad de toda la costa norte en Santa Cruz. Noche sin fin. Si hubiesen podido agarrar la mar, pero de todas formas el agua choca, se retuerce y golpea… la mar golpea.

Converso con Marta García Soto; asegura que es de las mujeres fuertes, de las que están fraguadas en coliseo de gladiadoras. Mira con los ojos fijos y le creo, pero dice que aquel día tembló, y que pensó en los años que lleva vistiendo la bata blanca, en lo mucho que sudó para poder arreglar la casita y en la vida...

Martica, como le llaman, la médica-anestesista del policlínico-hospital Alberto Fernández Valdés, en Santa Cruz, durante casi 30 años, después de la tormenta vive ocupada entre mecánicos de refrigerador, lavadora, computadora... Todo el agua lo mojó. Y además no se le quita la preocupación porque Irma se llevó unas pruebas de ingreso antiguas que conservaba para su hija, quien está en duodécimo grado.

El huracán, como los lobos, aulló y hasta rompió el muro con el que ella pensó detenerlo. «El muro lo pongo porque yo soy más dura que Irma. Ella es Irma y yo soy Marta. ¡No!, mejor hago una cerquita que se quita y se ponga. Así, cuando vengan los hermanos de Irma, la quito; y cuando se hayan ido, la pongo», dice mientras intenta engañar su dolor con chistes, aunque la sal amargue y la arena salpique.

Todos comentan que las rocas saltaron del agua; eso lo vio el enfermero Elogio Peña Díaz, quien también trabaja en el policlínico-hospital. Irma le tomó un cuarto, la terraza y las paredes.

Ahora, cuando ya la tormenta se fue, él quiere mostrarlo todo: su casita, los objetos que le dejó y los sueños que empieza a repensar. Cuenta que pronto llegará a Venezuela, en reclamos de solidaridad, que casi es hora de marchar, y que estará trabajando allá y reconstruyendo aquí.

Miguel Flores Ramos aspiraba a voltear aquella agua; por eso se quedó durante la noche. A sus 55 años nunca había subido hasta sus ojos una mar tan enojada. Después de que la espuma se marchó, trata de encontrar ventanas y canelones para su vivienda.

En esta tierra de pescadores, comenta Maira Santana López que nunca se había visto algo igual; y que por el desastre que dejó Irma, hoy tampoco podrá ver la telenovela brasileña, aunque ya tiene electricidad. «El televisor no quiere encender. Lo tengo al sol para que se le vaya la humedad, y hoy perderé otro capítulo de Lado a lado».

Desde que la tempestad pasó, Maira se desempolva de la arena que la quiere importunar. Cree que el agua, a juzgar por las huellas de la pared, llegó a la altura de la puerta principal. Y confiesa, hasta con las pupilas, que Irma los golpeó, pero que la Cruz es Santa y se van a levantar.

Ya es tarde y todos preguntan de dónde soy, les preocupa mi regreso:

—De San Antonio de Río Blanco, respondo.

—¡Ahhh!, del pueblo de José Rubiera, envíele saludos, y déle también las gracias, porque sí, porque estamos vivos.

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