Cuidar lo hermoso del olvido

Autor:

Liudmila Peña Herrera

A veces, cuando repaso las imágenes del álbum de mi teléfono móvil, temo por el futuro o, más bien, por los recuerdos del pasado que vendrán después del día a día del presente que vivimos.

Más de una vez ha sucedido que el aparato multitarea me ha dejado colgando las memorias después del último adiós, que no ha tenido remedio ni en las clínicas «celularísticas» más audaces de Holguín. Y si, por casualidad, se me ocurre buscar las similitudes faciales entre mi hijo y mi hermano cuando tenían la misma edad entre las fotografías guardadas en las gavetas de la casa familiar, el temor se acrecienta.

Una idea —casi certeza— martilla mi mente por momentos: dentro de unos años será difícil mostrarles a nuestros nietos cómo éramos de jóvenes, si seguimos acumulando gigas y teras de información fotográfica y no nos preocupamos por transformarlas en material palpable. ¿Cómo podremos describir a la bisabuela o al tatarabuelo después de medio siglo o más, si no conservamos una foto que los eternice para siempre en la memoria más íntima del hogar? 

Esas pequeñas capturas de instantes son, en estos tiempos, tan efímeras como los segundos, en tanto no nazcan impresas el papel fotográfico. Ellas están a solo un distraído delete de distancia hacia la papelera de reciclaje.

Con tanto avance tecnológico y en medio de esta maravillosa pero derrochadora era digital, tenemos la posibilidad de fotografiar cada acción que ejecutamos. Dicen algunos estudiosos que se ha vuelto moda disfrutar más el acto de posar para la cámara que el momento en sí mismo, ya sean encuentros de amigos, viajes, abrazos… Y el selfie, esa autofoto vanidosa protagonista de Facebook e Instagram, la cual va de la ternura a la provocación sexual, no escapa a esos instantes que luego se perderán en el oleaje de imágenes archivadas en nuestros dispositivos. 

Hoy que existen mayores facilidades tecnológicas, vamos posponiendo el viaje al Photoservice (y que conste: esto no es publicidad) hasta que podamos juntar cinco o seis CUC para no aparecernos con 35 centavitos a «sacar» una simple foto. Lo dejamos para luego y el tiempo, implacable, nos roba los recuerdos. Todo eso, en una época en la cual la industria fotográfica se ha ampliado sobremanera y ofrece los más diversos —¡y diversos!— servicios.

Parecen gente prehistórica quienes han tratado de guardar, a toda costa, los momentos fundamentales de la nación impresos en papel fotográfico, como abriga con celo sus imágenes la incansable María Julia Guerra, maestra de periodistas y apasionada por la historia del pequeño y gran terruño. O como ha hecho desde hace más de 20 años el joven Víctor Aguilera Nonell, profesor de Historia de la Universidad de Holguín, hasta juntar cerca de 22 800 fotos de Fidel, organizadas por fechas y lugares.

Yo misma no me perdono el no haber impreso todavía al menos dos o tres instantáneas de momentos tan simbólicos para nuestro país como el paso de la caravana por Holguín con el Comandante de camino a la eternidad. Para quienes vivimos el suceso resultará inolvidable, pero ¿cómo sabrá mi Alex que él estuvo allí, agitando su banderita cubana al cuidado de sus abuelos, si no hay fotografía que lo pruebe?

Si nos ponemos a repasar, tal vez sumaríamos incontables momentos perdidos en el interior de un «disquette de tres y media» (¿se acuerdan?), una memoria flash, una cámara fotográfica, una laptop… De entre esas memorias irrecuperables, quisiera hoy encontrar alguna fotografía de los encuentros inter-IPVCE, allá por los años 2003-2005, o de los mejores momentos de la Universidad, las madrugadas dedicadas a arreglar el mundo entre no pocos pichones de periodistas de la Universidad de Oriente, el día en que Alejandro le recitó a la profesora de Gramática la primera página de Cien años de soledad, la noche más luminosa después del primer beso bajo el algarrobo... ¡Hasta de la discusión de la tesis he perdido las fotos!

No lo niego: todavía existe gente sensible que no se conforma y guarda las fotografías de los periódicos en pequeños recortes o a páginas completas. Quedan los «chapados a la antigua», que intentan escoger lo mejor de cada mes de sus bebés, por ejemplo, para que no se esfume detalle alguno de su crecimiento. Pero no me negarán que la era digital nos ha puesto en las manos los instrumentos para que podamos rememorar «a todo color» nuestro pasado y aún no hemos aprendido a aprovechar al máximo esa ventaja.

Es por eso que cada vez que mi teléfono se apaga, aun con buen porcentaje de batería —vetusto que está ya—, temo por mis memorias sin almacenar o imprimir.

Parada de frente a mis 30 años, con dos canas recién descubiertas, tengo la sensación de que el futuro nos exige que escojamos de este presente que mañana será pretérito, lo más hermoso y preciado de nuestra existencia para cuidarlo, en fotos, del olvido.

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