Las esencias de las aceras

Autor:

Nelson García Santos

La mala o buena educación salta hasta desde las aceras, esas que son la expresión más simple del espacio cívico, más allá de su función de proteger al peatón de la posible embestida de los vehículos. Tampoco voy a machacar con el trillado y cansón tema de que las despojaron de su función primordial, la de ser el lugar ideal para transitar.

Escribo sobre el comportamiento que asumimos al caminar por ese espacio y, de paso, revelar otras de sus características que son vitales para comprender su verdadera esencia.

Para muchos urbanistas la acera es mucho más que ese camino de concreto, porque deviene una suerte de separación o transición entre lo público y lo privado que beneficia los encuentros, favorece el comercio y resulta sitios conductores de la mismísima existencia urbana.

Volviendo a las definiciones, vale precisar que estas, al igual que el arbolado, las plazas y las calles muestran también la idiosincrasia de una comunidad. De una ciudad provista de adecuadas aceras, y que se respete su función cardinal, emana un paisaje acogedor que engrandece y distingue el entorno.

Esa imagen, por desvaríos, se ha desvanecido de muchísimos de esos espacios para el caminante en nuestro país, a pesar de una serie de reglamentaciones que prohíben atiborrar las aceras con estorbos entre los que pululan escalones, rejas, bicicletas, motos y pequeñas tarimas para la venta.

Dicho esto, aterrizo sobre otro detalle marginado a la hora de observar a las personas en su andar por allí: la falta de cortesía o, mejor, del único comportamiento que cabe.

Ocurre que la mayoría de las parejas cuando avanzan por la acera obligan al que viene de frente a ir a parar a la calle.

¿Por qué? Obvio, por ese menoscabo de la educación, pues lo correcto está en que uno de los integrantes del dúo, para facilitar el cruce, se coloque detrás. Y qué decir de los que avanzan con sus sombrillas desplegadas. Si usted no anda rápido puede recibir hasta un pinchazo ya que no  la alzan para facilitar que usted pase.

Abundan también las tertulias sobre las aceras, motivadas,  generalmente, por encuentros fortuitos entre conocidos o, simplemente, para comentar la última mentecatada o desventura sin importar el malestar que causan a los demás peatones.

Los hay que hallaron, sin mediar una palabra, la forma de revelarles su incorrección a los que transitan por la acera, como si esta fuera de su propiedad.

A veces uno va caminado por esos estrechos caminos laterales a la calle, ve cómo una pareja de muchachos rehúsa separarse y a que uno de ellos pase momentáneamente hacia atrás, a fin de facilitarle el paso. Del mismo modo, llama la atención cómo reaccionan los portadores de sombrillas.

 A los tertulianos en las aceras siempre les parece una provocación o una falta de respeto que el caminante se les acerque demasiado. En esos casos, salta alguno de los conversadores, casi nunca en buena forma, para reclamar con un grito: «¡Qué, compadre, ¿se le perdió algo?!». El aludido, muy calmado y respetuoso, sabiendo que su treta funcionó, le responde: « No, solo esperando a que ustedes me dejen pasar. Disculpen la molestia».

A las aceras hay que acabar de dignificarlas por todos esos atributos que engrandecen la mismísima existencia urbana. Y aquí, como en muchos otros temas, no vale mucho ese viejo rezo popular de «tiempo al tiempo».

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