Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

El rostro humano de los héroes

Autor:

Graziella Pogolotti

Con el levantamiento armado del 24 de febrero de 1895 comenzaba la Guerra Necesaria diseñada por José Martí. Su estrategia tuvo en cuenta el análisis de la experiencia histórica, el conocimiento de los problemas que lastraron el desarrollo de nuestras repúblicas latinoamericanas —sobre lo cual asimiló enseñanzas provechosas de Guatemala, Venezuela y México— y la percepción profunda de la naturaleza del imperio emergente.

Sabía, por demás, que el combate independentista sería la matriz de la nación futura que en ese proceso se estaba construyendo. Pocos cubanos de entonces tuvieron el privilegio de escuchar el timbre de la voz del Maestro. Sin embargo, todos reconocieron su valía y el papel decisivo de su actuar en la construcción de la patria soñada, esa casa hospitalaria que nos alberga y protege. Poco a poco su obra se fue divulgando. Se erigieron monumentos.

Confieso que no me satisface del todo la imagen marmórea perpetuada en nuestros espacios públicos. El escultor Sicre era amigo de mi padre. Lo veía trabajar en su tallercito de la Avenida del Puerto, al pie de un muro sustituido más tarde por la fachada del Palacio Cardenalicio. La memoria de los fundadores no se conserva tan solo en esas imágenes congeladas en piedra, merecedoras de reverencia y homenaje en fechas señaladas, inmortales sin duda, aunque inalcanzables para los seres humanos comunes que siguen labrando el país.

Hechos de carne y sangre, los héroes atraviesan a lo largo de su vida conflictos y experiencias dolorosas en lo más íntimo de su ser. Con su levita gastada, José Martí padeció la separación forzada de su Ismaelillo. Volcó en María Mantilla esa ternura contenida. Percibió los reproches de una madre sumida en la pobreza que reclamaba del primogénito, único varón, brillante graduado de Derecho, la asunción de sus deberes en el sostén económico de los suyos.

Consagrado a una causa mayor, dotado de delicadísima sensibilidad, Martí compartió, impotente y desgarrado, el dolor de sus familiares más allegados. Conocedor de la fragilidad de los seres humanos, lúcido y amoroso, el Apóstol sabía que su entrega a la patria en construcción no redundaría en el disfrute de recompensa material y espiritual. Al solicitar a Máximo Gómez su incorporación a la Guerra Necesaria, le advirtió que nada podía ofrecerle, tan solo la ingratitud probable de los hombres.

Poco se han divulgado los papeles íntimos del Che. En Tanzania, después del fallido intento liberador del Congo, recibe la noticia de la muerte de la madre. Los revolucionarios, había dicho en su clásico y profético ensayo El socialismo y el hombre en Cuba, están movidos por grandes sentimientos de amor.

Lo imagino en Tanzania, solitario, pudoroso siempre en la expresión de sus sentimientos, entregado al análisis implacable de los errores cometidos, sabedor, al mismo tiempo, de que nunca más su cabeza habrá de reposar sobre el regazo de la madre perdida.  Único interlocutor posible, una hoja de papel está al alcance de su mano. En el aparente desorden del texto, emerge el poeta que alguna vez quiso ser. Voz profética, evoca la visión de su propia muerte, los ojos bien abiertos ante el disparo del asesino, tal y como habría de suceder en Bolivia.

Lector del porvenir, apegado a la verdad y ajeno a ilusorios triunfalismos, el Che no renunció a su batallar emancipador. Clandestino en Praga, mientras preparaba su empresa boliviana, se entregó al esbozo de sus Apuntes críticos a la Economía Política. La lucha tenía que librarse en el terreno de las armas y en el de las ideas. Consideraba indispensable extraer el aprendizaje necesario de los logros y los errores resultantes de la brevísima experiencia acumulada por el socialismo. Era imprescindible vertebrar el pensamiento abstracto y la realidad concreta de los hechos. Incorporar, para conformar un saber eficiente, los componentes de una contemporaneidad signada por la fase actual de desarrollo imperialista y las más recientes formas de dominio neocolonial.

De regreso a Cuba, desde el lugar secreto donde entrenaban los futuros guerrilleros de Bolivia, escribió su célebre Mensaje a la Tricontinental, razón de ser de un internacionalismo comprometido y militante.

Como se dijo alguna vez de José Martí, el Che no debió morir. Nos dejó un legado humano, político e intelectual imperecedero. No podemos desperdiciarlo. La izquierda dispersa, miope y desconcertada, aferrada a viejos rencores, desorientada ante la arremetida de una derecha prepotente y bien articulada, lo necesita más que nunca por la fertilidad de su pensamiento lúcido, por su disposición al sacrificio, por la ternura pudorosa que lo acerca a la persona viviente y vulnerable que habita en cada uno de nosotros.

Todo sería muy fácil si estuviéramos hechos de acero como quisieron creer algunos portadores del llamado realismo socialista. La grandeza de los héroes consiste en que, sufrientes como todos, supieron afincarse en sus convicciones y crecer  espiritualmente en el vínculo con sus semejantes, en el combate por la causa mayor y en el oído atento al palpitar del corazón.

Hoy estamos votando por la Constitución. Lo hacemos por Cuba, aunque pequeñísima, agigantada por circunstancias históricas y geográficas. Lo estamos haciendo por los sin tierra, por los expoliados de su cultura e identidad, por las víctimas del poder hipnótico de los medios, por los pobres de la Tierra, por los ancianos desamparados y por los niños que están naciendo. En la lucha por superar los males que nos corroen, lo hacemos por defender la esperanza y el compromiso con el mejoramiento humano.

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