Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Sí, se van abriendo las grandes alamedas chilenas

Autor:

Marina Menéndez Quintero

La exultante aparición pública de Sebastián Piñera cuando se había contabilizado menos del 20 por ciento de los votos y su afirmación de que el plebiscito fue «un triunfo de la ciudadanía y la democracia», mostró rápido su deseo de capitalizar la hermosa demostración de patriotismo que dio el pasado domingo el pueblo chileno, y convertirse en adalid de un capítulo escrito con el sacrificio de los de abajo.

La jornada no solo había sido hermosa porque por amplio margen de más del 50 por ciento de los votos emitidos —78,27 por ciento el Apruebo y 21,73 por ciento el Rechazo— se abrieron las puertas de un proceso constitucional mediante el cual muchos aspiran a abolir la Carta Magna dejada por Augusto Pinochet; aunque otros pretendan solo hacerle arreglos…

Además, el domingo chileno resultó conmovedor por la persistencia y la decisión de pronunciarse de largas filas de disciplinados electores que demostraron, así, su deseo de cambio y su oposición al modelo, con lo que conformaron una asistencia de más del 50 por ciento, récord para esa nación, donde el tope de participación en votaciones electorales era del 49,2 por ciento. Ahora votaron, incluso, más personas que durante el plebiscito que expulsó a Pinochet del ejecutivo…

Domingo lindo el de Chile por las alegres y pacíficas concentraciones que tuvieron lugar desde el filo de las ocho de la noche en la plaza de cada cabecera departamental, algunas con canciones que hasta hablaban de revoluciones en expresiones multitudinarias, fraternas y alegres que hace mucho tiempo no se veían en ese país y se contrapusieron, como el blanco sobre el negro, a las imágenes de la represión atroz que el mundo vio angustiado a fines del año pasado.

El Presidente no pudo entonces evitar lo inevitable, y pactó el acuerdo que 12 meses después se ha materializado en esta consulta compulsada por la gente, no por su Gobierno, y a la que intenta sacarle réditos políticos al tiempo que trata de domeñar el proceso.

Mucho antes de que el mandatario recordara, en aquel breve discurso de la noche, su consabido «no podemos partir de cero», con el cual vuelve a erigir cortapisas a la nueva Carta Magna señalándole ya «un piso y un techo», un historiador entrevistado por la TV retrataba los sucesos con dos vocablos: «unanimidad» y «radicalidad».

Un día después, la líder del centroizquierdista Frente Amplio, Beatriz Sánchez, consideraba la votación como «rotundidad» también expresada en el alto puntaje —igualmente, con más de 50 puntos porcentuales de diferencia— que registró la opción de que la nueva Constitución la redacte una Convención Constitucional: 155
miembros electos que darán más oportunidad de participación popular que la derrotada Convención Mixta —mitad electos, mitad escogidos en el Parlamento.

Desde luego, no se trata de la Asamblea Nacional Constituyente que pedían las organizaciones movilizadas en octubre-noviembre de 2019, razón por la cual será menester que el progresismo político de los partidos siga haciendo causa común con los movimientos sociales y populares y perfilando la unidad, de modo que esta oportunidad de transformaciones no se pierda, ni quede en los reclamos esa real participación popular que la derecha querrá frenar.

Los guarismos contabilizados y dados a conocer eficazmente por el Servicio Electoral (Servel) tienen una contundencia inobjetable que respalda los deseos de cambio. Pero no faltarán los esfuerzos de una derecha con fisuras, aunque, al fin y al cabo, derecha que buscará subsanar sus grietas pero enfrentar el temporal, encabezada ahora por la actuación hipócrita pero inteligente de Sebastián Piñera.

De ese lado harán lo indecible porque todo quede igual. Del otro, es preciso juntarse y andar alertas para que terminen por abrirse las grandes alamedas.

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