Tomándole el pulso al mar

La contaminación de basura flotante que se extiende por la superficie de los océanos tiene concentraciones menores de lo que se pensaba. Los científicos aseguran que el verdadero peligro radica en el plástico «disuelto» en el agua

Autor:

Patricia Cáceres

Bolsas, chatarra, envoltorios de bebida y comida, utensilios del hogar o simplemente fragmentos de juguetes son cada día más comunes en la superficie de los océanos. Las llamadas «sopas tóxicas» o «islas de basura» se forman y crecen en áreas donde convergen las corrientes marinas, con secuelas dramáticas para los ecosistemas. Un problema que se espera empeore en las próximas décadas.

Mediante un estudio de la Universidad de Cádiz (UCA), España, se calculó que la cantidad de plástico que flota en la superficie del océano oscila entre 7 000 y 35 000 toneladas.

La más conocida acumulación de residuos, en el Pacífico Norte, ha sido bautizada como «la gran isla» o «el séptimo continente», aunque los expertos de la UCA aseguran que existen otros bloques similares en el centro del Atlántico Norte, el Pacífico Sur, el Atlántico Sur y el Océano Índico, que coinciden con los cinco grandes giros de circulación de agua superficial.

No obstante, para sorpresa de muchos, el equipo reveló hace apenas unos días que la contaminación de basura plástica flotante se extiende por la superficie de las aguas marinas de todo el mundo, pero en concentraciones mucho menores de lo que indicaban las predicciones.

«El problema existe, pero lo de la isla de plástico del Pacífico es una exageración de los medios de comunicación», aseguró Carlos Duarte, investigador del Instituto Mediterráneo de Estudios Avanzados (Universidad de las Islas Baleares-CSIC) y del Instituto de los Océanos de la Universidad del Oeste, de Australia, uno de los líderes del proyecto.

«Esperábamos encontrar cien veces más plástico de lo que hemos detectado», subrayó.

Al parecer las aguas superficiales de las intersecciones de las corrientes oceánicas no son necesariamente el destino final de estas basuras, y ni siquiera estas constituyen el mayor peligro.

«Esas decenas de miles de toneladas representan tan solo el uno por ciento de todo el plástico que hay en los océanos», aclaró otro de los autores de la investigación, Andrés Cózar, de la Universidad de Cádiz, en un artículo publicado en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences.

El otro 99 por ciento ha quedado reducido a microplásticos, partículas de entre uno y cuatro milímetros de tamaño, que están pasando a la cadena alimenticia marina y a los fondos oceánicos.

«Pequeña» amenaza

Debido a la radiación solar, los objetos plásticos que son transportados por las corrientes oceánicas se resquebrajan y descomponen en fragmentos cada vez más pequeños, que pueden llegar a durar cientos de años.

Según afirman los autores en el artículo, estos microplásticos a menudo acumulan contaminantes que pueden pasar a los organismos durante la digestión. Otro de los problemas más frecuentes con este tipo de residuos son las obstrucciones gastrointestinales», precisó Cózar.

Para arribar a tales conclusiones los especialistas analizaron más de 3 000 muestras tomadas en aguas del océano abierto durante la Expedición Malaspina, que dio la vuelta al mundo durante nueve meses, entre 2010 y 2011.

«La magnitud del problema es enorme. El 88 por ciento de las muestras que tomamos contenían plástico», añadió Duarte. Según las estimaciones, una de cada mil toneladas de plástico que se producen en el mundo acaba en el mar.

El reto al que se enfrenta ahora el equipo es tratar de determinar cómo toda la basura va a parar al fondo marino.

El plástico flota, así que para que acabe sumergido en las aguas marinas algo debe ayudar a que descienda, subrayaron los investigadores.

Una opción —sugirieron— es que estos trozos de plástico flotante sean colonizados por organismos con esqueleto de carbonato que actúen como lastre y los sumerjan. Aunque esta opción no deja a los expertos del todo satisfechos.

«El carbonato al llegar a una profundidad se disuelve, así que el plástico volvería a flotar», señaló Duarte.

Otra variante, al parecer más plausible para los científicos, es que sean ingeridos por peces mesopelágicos de pequeño tamaño que ingieren presas similares a las dimensiones de estos desechos, y cuya cantidad es diez veces mayor de lo que se creía, según una investigación surgida también de la expedición Malaspina, publicada en febrero en la revista Nature Communications.

¿Y entonces?

Muchos cerebros entusiastas se han aventurado a diseñar artefactos futuristas, capaces de eliminar o al menos disminuir la contaminación oceánica. Una de las más recientes y osadas propuestas es la del arquitecto sudcoreano Sung Jin Cho, al frente del proyecto Seawer, presentado en el concurso arquitectónico eVolo Skyscraper 2014.

La idea de Sung Jin Cho es crear una especie de rascacielos para combatir la gran mancha de basura del Océano Pacífico. Este consta de un hueco de drenaje de 550 metros de diámetro y de 300 metros de profundidad, así como de cinco capas de filtros que —como si se tratase de la barba de una ballena— separan el agua de los residuos plásticos.

Las partículas sólidas recogidas se acumularían en una planta de reciclaje que se encuentra en la cima de la estructura, mientras que el agua de mar se filtraría y almacenaría en un gran tanque de sedimentación en la parte inferior del edificio, para ser sometida a otro ciclo de filtración y ser devuelta limpia al mar.

El autor del proyecto augura que Seawer tendrá una estación hidroeléctrica que funcionará con energía solar, así como a base de energía proveniente del agua de mar y de la basura plástica que filtrará abriéndose paso por el océano.

Otra innovadora idea es la del joven de 19 años Boyan Slat, de Estados Unidos, quien pretende limpiar los océanos de basura plástica con el proyecto Ocean Cleanup Array, a un costo 33 veces menor que el de tecnologías similares.

Su propuesta consiste en usar las corrientes y los vientos que desplazan la basura de forma pasiva para conducirla directamente a unos brazos flotantes, que actuarían a modo de embudos, empujando los residuos hacia plataformas de procesamiento.

Cuando el plástico y demás desechos entren en esta plataforma, el agua se filtrará y la basura quedará almacenada en contenedores.

Uno de los aspectos positivos de la Ocean Cleanup Array es que, al no estar provista de redes, la vida marina no sufrirá daño alguno. Además, los brazos flotantes se moverán al ritmo de las corrientes oceánicas, y nunca más deprisa, de modo que las especies no se vean empujadas junto con el plástico hacia las plataformas de procesamiento.

No obstante, aun cuando alguna de estas iniciativas fructificara, no se traducirá en la solución absoluta al problema si no se combina con un programa preventivo y de educación.

«Además de llevar a cabo una limpieza selectiva de residuos en las costas y los océanos, habría que llegar a la raíz del problema, es decir, la entrada masiva y continuada de plástico en los océanos», sentenció el investigador Carlos Duarte, quien propone un rediseño de los productos de plástico para que sean realmente ciento por ciento reutilizables.

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