Aquellos que de amor sembraron lirios...

El cuento que ofrecemos a los lectores de El Tintero es tomado de As de corazones (Premio Alcorta), Ediciones Cauce, 2010

Autor:

Nelson Simón

Nelson Simón (Pinar del Río, 1965). Poeta, editor y narrador. Entre sus títulos se destacan A la sombra de los muchachos en flor (Premio UNEAC de Poesía); Brujas, hechizos y otros disparates (Premio Oriente de Literatura para niños y Premio de la Crítica 2004) y Cuentos del buen y mal amor (Premio de la Crítica 2008).

Miguel Matamoros
A Nora y Patricia

Nora salió al portal y vio la mariposa revoloteando entre los lirios. Pensó en su madre. ¡La extrañaba tanto! Ya casi hacía un año. Los lirios comenzaban a florecer nuevamente. Los sembraron las dos. Recordaba el día que compraron los bulbos: en una bolsa, las cebollas de lirios blancos; y en la otra, las de los rojos, para que no se confundieran. Fue un día inolvidable.

Ahora piensa que por entonces ya su madre lo sabía todo. O al menos lo intuía. Llegaron a casa y comenzaron la tarea: solo ellas dos. Hacía tiempo que todo lo hacían solo ellas dos. Papá salió de casa una mañana rumbo al trabajo y no volvió. Nora pasó esa noche asomada a la ventana y su madre no se apartó del teléfono. Casi al amanecer recibieron la llamada. Papá no volvería. Las había dejado solas. Nora escuchó a través del teléfono la voz de su padre, lejana, casi un murmullo. Su madre apartó el aparato de su oído; lo fue bajando lentamente hasta ponerlo sobre la base. No quería escuchar razones ni promesas. «La gente tiene que estar al lado de los suyos. Cuidando de los suyos. Amando a los suyos. El amor se da de a pocos todos los días», le dijo mientras removían la tierra endurecida del jardín y hacían los canteros para sembrar los lirios. «Como los lirios necesitan del agua, la gente necesita del amor», concluyó su madre acomodando los bulbos en la tierra que los acogía gustosa. Nora los cubrió suavemente.

Eran dos redondeles. Uno a cada lado de la acera que iba de la puerta al portón de la calle dividiendo el jardín. En el centro colocaron los bulbos de lirios blancos. En el borde los de los rojos.

Cada año florecían con una puntualidad asombrosa: dos círculos blancos rodeados por un aro rojo intenso. Eran las flores de las dos. Juntas las regaban cada día. Juntas esperaban, pacientes, sus floraciones hasta descubrir los primeros vástagos brotando como la punta de una lanza entre las hojas lustrosas. Los veían crecer. Abrir sus campánulas. Luego llegaban las mariposas. Primero una. Después otra. Y otra.

Nora amaba las mariposas. Su madre decía que en su vida anterior había sido una mariposa. Cuando los lirios estaban florecidos, se sentaban en el portal a contemplarlos y las mariposas volaban y se posaban en su pelo. «Cuando vuelva a nacer regresaré como una mariposa amarilla», dijo su madre una tarde del pasado año. Nora entonces no advirtió el cansancio en sus palabras. ¡La extrañaba!

La abuela vino a vivir con ella. Pero era como si entre Nora y todos los objetos de la casa existiera un espacio que solo pudiera llenar su madre. Un espacio reservado para quien se ha ido.

Ya casi hacía un año. Por primera vez Nora removió sola la tierra de los canteros. Por primera vez buscó sola, entre las hojas, la punta que anunciaba la próxima floración. Por primera vez vio sola poblarse de campanas los dos círculos blancos y los rojos aros, que plantó junto a su madre.

La mariposa llegó bebiendo de unas y de otras. Voló dibujando en el aire quién sabe qué palabras. Era una mariposa amarilla. Pequeñita. Que luego fue a posarse en el pecho de Nora, y de seguro, le dijo cosas necesarias a su corazón.

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