La persistencia de un hombre de teatro

El estreno de Las pericas, hace ya 55 años, situó el nombre de Nicolás Dorr en los anales del teatro cubano

Autor:

Marilyn Garbey

El estreno de Las pericas, hace ya 55 años, situó el nombre de Nicolás Dorr en los anales del teatro cubano. La persistencia de este hombre, nacido frente a la playa de Santa Fe, multiplicó su talento y propició la creación de personajes tremendos, de diálogos entremezclados de absurdo e irrealismo. Muchos elogios ha cosechado Nicolás a lo largo de su carrera, y desde ya se desatan las expectativas ante el anuncio de que ultima detalles de una novela. Pero ahora conversaremos sobre una de sus pasiones, el teatro.

—En el inicio están Las pericas. A estas alturas de su vida, ¿cómo recuerda su irrupción en el teatro cubano?

—Fue algo tan extraordinario que me complace recordarlo, no como nostalgia, sino como reafirmación de que a pesar de un inicio tan aparatoso como ese, no me quedé detenido en ese momento. Del 61 hasta acá, he estrenado y publicado casi 30 piezas de teatro y he tenido aun mayores éxitos que los que obtuve con Las pericas, pero ese fue un comienzo que me abrió en grande las puertas del teatro cubano. Para un niño de 14 años hubiera podido ser algo paralizante, pero yo veía todo lo que sucedía en torno a mi persona como un juego, no podía sucederme algo así.

«Las pericas formó revuelo desde antes de darse a conocer, eran muchas las noticias que salían a diario sobre su próximo estreno, y todas hacían hincapié en la edad del autor. Era algo que no había ocurrido nunca antes y que no ha vuelto a suceder. Tuve muchos apelativos cuando el estreno: Virgilio Piñera me llamó “Genio del burlesque”, José Antonio Portuondo y Rine Leal coincidieron en llamarme “el Alfred Jarry tropical”; Guillermo Cabrera Infante, “Enfant terrible”; Ezequiel Vieta, “Autormonstruo” y “Botón de genio”, pero el calificativo que más me estimuló fue el que me asignó Orlando Quiroga: “el pequeño Federico”. Yo conocía los romances de Lorca y había disfrutado ya varias de sus obras.

«Mi irrupción fue como una bomba teatral, así lo recuerdo y lo ratifica aquel comentario de Rine Leal: “Ha nacido un autor que no se parece a ningún otro en Cuba”. Eran elogios muy desmedidos, pero me divertían mucho, y a mis hermanos, y sobre todo a mi madre… Enseguida la obra se puso por la televisión en Escenario 4, que dirigía Rogelio París; se publicó en lunes de Revolución… Fue el único programa de los lunes de teatro cubano de la Sala Arlequín que pasó a las funciones profesionales de fines de semana. ¿Qué más se podía pedir para un surgimiento escénico? Yo tuve la suerte de estrenar en los primeros años de la Revolución, antes de que se creara la Uneac. Incluso antes del nacimiento de la Organización de Pioneros... De haber existido, hubiera ido a mi estreno con pañoleta. ¡Es maravilloso tener esos recuerdos! Me tienen que dar orgullo y satisfacción, por supuesto; pero nunca vanidad».

—¿Por qué los personajes femeninos son los más inquietantes de su poética?

—Las mujeres por lo general son siempre más complicadas que los hombres. Eso me gusta de ellas. Realmente me inspiran.

—Usted es dramaturgo comprometido con el montaje de sus obras. ¿Ha sufrido o ha gozado al ver sus criaturas en escena?

—Dirigirlas, en ocasiones, me ha fortalecido el oficio de dramaturgo. El contacto directo con los actores es muy enriquecedor; aunque yo me considero el primer intérprete de mis personajes, pues para que salgan creíbles hago como los actores, me meto en sus pieles y vivo por ellos y con ellos. También esa posibilidad de llevarlos a escena te permite controlar tu creación, y que no te adulteren el estilo ni la estética, ni tan siquiera la expresión verbal de los personajes. Yo reelaboro mucho lo que escribo antes de darlo a conocer. He gozado más que sufrido, porque he podido apreciar el goce del público. Y eso es lo que más uno espera.

—Su familia es de estirpe teatral. ¿Es el teatro el centro de la vida cotidiana?

—Mi hermana Daisy estudió actuación con la gran actriz española Adela Escartín, quien fue alumna, a su vez, nada menos que de Estela Adler. Antes del estreno de Las pericas ya había centralizado la atención de la prensa por su atrevida actuación en la obra Malditos, en la sala El Sótano, dirigida por su autor, el mexicano Wilberto Cantón. Muy recientemente Daisy protagonizó con gran éxito mi obra La profana familia, ¡durante nueve temporadas!

«Nelson comenzó su carrera con mis Pericas. Y muy pronto se convirtió en uno de los directores imprescindibles de la escena nacional. Esos hermanos me llenan de regocijo. Somos Los Dorr. Y soy muy feliz cuando logro que nos reunamos los tres en un proyecto. Respeto y valoro mucho el nepotismo en el arte. Contra viento y marea el teatro ha sido y sigue siendo el centro de nuestras vidas».

—¿Cuál fue el último texto que escribió? ¿Lo escribió a lápiz sobre papel o utilizó esta vez la computadora?

—No me da vergüenza confesar que soy un autor absolutamente decimonónico, pues todo lo escribo a mano. El temblor del lápiz en mis dedos, la precipitación con que aparecen mis personajes y hablan y discuten, no me permiten el tecleo. Cometería constantes errores. Después, paso esos manuscritos a la computadora para imprimirlos y revisarlos en las hojas. Es como mejor adviertes lo que hay que reescribir.

«Ahora estoy emborronando nuevas cuartillas para una segunda novela que ya tiene título: Del otro lado del río. Estoy bien entusiasmado. Ya voy por una tercera revisión en la computadora y en las cuartillas impresas. Siempre guardo los manuscritos, y pongo en la primera hoja la fecha en que vencí la angustia de la página en blanco. ¡Una vez que escribo las primeras palabras, ya no hay nada ni nadie que me detenga! Escribir es algo que te convulsiona y te hace sentir vital, y siempre receptivo ante todo lo que pasa a tu alrededor, porque puede servirte como material literario. En ese tiempo de escritura vives solo para eso. Crear personajes es una aventura extraordinaria».

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