Mirada de reojo a la cervecera

Autor:

Marilyn Bobes

Entre las muchas similitudes de los libros Mirada de reojo, de Anna Lidia Vega Serova, y Mujeres en la cervecera, de María Liliana Celorrio, está, sobre todo, la visión desprejuiciada de «lo femenino», que transforma dicho concepto en una novedosa manera de entender la literatura.

Estas escritoras parecen distanciarse de lo que hasta ahora percibíamos como especificidades de género para plantearnos desafíos que acaban violentando los cánones y transformando a las mujeres en reinas que se elevan hasta el cielo y las bajan miles de manos a ras de tierra, para decirlo con las palabras de Celorrio.

Jugando con la autobiografía, Vega Serova dinamita las convenciones del cuento junto con las de su sexo, sin perder por ello la autenticidad de una voz que identifica procesos íntimos y reconstruye situaciones literariamente inéditas dentro de lo que hasta ahora ha constituido el comportamiento tradicionalmente adjudicado a las mujeres.

María Liliana Celorrio también lo hace, aunque de manera diferente. Ella se nos muestra igualmente retadora en su propósito de llegar a zonas, en ocasiones truculentas, del inconsciente y se vale para ello de un lenguaje donde el dramatismo y el sarcasmo revelan una actitud subversiva, al relatar con crudeza las vicisitudes de un entorno hostil donde sus protagonistas se mueven como peces dentro del agua.

Las dos escritoras operan en registros con los cuales la poesía deja de ser lamento o sublimación. El poder de síntesis contribuye a aumentar la intensidad de unos textos duros que exigen lo que Julio Cortázar denominara un «lector macho».

Quizá en la misma definición de Cortázar esté esa actitud discriminadora que manifiesta lo que habitualmente se espera de una mujer cuando escribe. Pero tanto Vega Serova como Celorrio nos demuestran con estos nuevos títulos cuánto han cambiado las formas de expresión en la narrativa más reciente de las autoras cubanas.

Estos libros, publicados por Ediciones Unión, son paradigmáticos de un punto de giro. Las escritoras tienden cada vez más a una escritura que asume sus diferencias, pero trasciende a los encasillamientos tanto por su hibridez genérica como por la voluntad contenidista de transgresión.

No piensen los lectores, sin embargo, que estas autoras centran sus objetivos estéticos en una mera y gratuita provocación. Por el contrario: sus textos fluyen naturales, invitando al receptor a asumirlos desde otra perspectiva, pero también convocándolo al regocijo.

No falta amenidad. Estas ficciones interesan no solo por sus propuestas desacralizadoras, sino también por el placer que nos provocan. En el caso de Anna Lidia a partir de los objetos que conforman su «imperio doméstico» y en el de María Liliana por su sagaz retrato de la vida provinciana, a la que logra infundir un aliento que supera los localismos y convierte a la cervecera en una especie de metáfora universal.

Algunos timoratos pudieran espantarse con estas propuestas. Olvidan que la mujer actual abandona pudores hipócritas para autorreconocerse, pero siempre comprendiendo que «las cosas nada son hasta tanto alguien no las mire de reojo».

Anna Lidia y María Liliana, cada una desde sus experiencias y estilos, han sabido mirar no solo de reojo sino también con la penetración que las confirma como dos de las autoras más significativas dentro del panorama de la actual narrativa cubana, masculina o femenina.

Búsqueda y encuentro constituyen en sus libros un binomio inseparable. Las inquietudes pueden ser diferentes pero convergen en sus esencias.

La limpieza del lenguaje, el poder de comunicación y la economía de recursos son características que las hermanan. Se agradecen estos ingredientes por lo que significan para la intensidad de la prosa.

Buen ejemplo de gestión editorial la de Unión, que ha tenido el privilegio de dar a conocer estos títulos. A ningún tipo de lector dejarán impasible por lo que tienen de estremecedores e inquietantes.

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