El Antiguo Kollasuyu

Con motivo del centenario del nacimiento del eminente pedagogo, escritor, historiador y crítico literario cubano José Antonio Portuondo, y también del decimoquinto aniversario de su muerte, El Tintero ofrece a sus lectores fragmentos de la crítica El Antiguo Kollasuyu, que este autor realizara al libro Tupac Katari, de Augusto Guzmán (Fondo de Cultura Económica de México, 1945). Los publicamos en vísperas de la Feria Internacional del Libro, que estará dedicada a los países del ALBA y como homenaje a esta figura de las letras cubanas, que mereció en 1986 el Premio Nacional de Literatura y que, al momento de su muerte, presidía del Instituto Cubano de Literatura y Lingüística que lleva actualmente su nombre

Autor:

Juventud Rebelde

Uno de los países latinoamericanos menos conocidos del resto del Continente, especialmente de los países más lejanos a sus fronteras, es, sin duda alguna, Bolivia, a quien, como a Paraguay, su condición de país interior, sin costas, ha mantenido en grave aislamiento (…). El libro del biógrafo boliviano Augusto Guzmán, que acaba de incorporar el Fondo de Cultura Económica a su colección Tierra Firme, nos revela un momento interesante en la historia del antiguo Kollasuyu, que ha de contribuir a llamar la atención de los hispanoamericanos hacia el país de Sucre y del precursor Tupac Katari.

Porque lo que el libro de Guzmán demuestra hasta la saciedad es el carácter de precursor de la independencia de nuestra América del aymara Julián Apasa, más conocido por el nombre de Tupac Katari. «Julián Apasa, Tupac Katari —dice Guzmán a la entrada de su excelente biografía novelada— no era un pobre diablo, como lo pintan, despintado, los cronistas españoles de la colonia. Campanero, sacristán, peón de minas y panadero, su gran oficio fue el de rebelde aymara». Y en páginas vivas que entrelazan la acción humana a su escenario, el altiplano andino, el biógrafo-novelista va mostrándonos la peripecia vital del indio que quiso restaurar el imperio de los incas (…).

Fiel a sus propósitos, Julián Apasa había mantenido estrecho contacto con las comunidades aymaras y esperaba solo el momento propicio para iniciar el levantamiento. La coyuntura se produjo a fines de 1780, con el levantamiento de los hermanos Tomás, Dámaso y Nicolás Katari que coincidía con la rebelión de Tupac Amaru en el Cuzco. Julián se lanzó a la lucha y poco después, muerto Tomás Katari, adoptó el nombre de Tupac Katari, síntesis del de los dos caudillos citados, sugerido por el que había de ser su secretario durante la campaña, el escribiente mestizo Chuquimamani. Al frente de sus tropas, con armas primitivas —hondas, flechas y palos— y después de algunos reveses, logró Tupac Katari sitiar La Paz, que resistió entre ruinas, durante largos meses, logrando los sitiados apresar a Bartolina Sisa, por cuya libertad ofreció Tupac Katari levantar el cerco, sin obtener respuesta alguna satisfactoria. En ese instante aparece en escena el Inca Mozo, hijo de Tupac Amaru, con el cual el movimiento adquiere su cabal aspecto de lucha independentista contra la tiranía de los gobernantes españoles. La retirada del Inca Mozo y el desconcierto de Tupac Katari por la sublevación de pueblos indígenas a sus espaldas, la muerte de Bartolina en la horca, la traición del indio Tomás Inga Lipe, que entregó al caudillo, y la muerte de este (11 de noviembre de 1792), descuartizado por cuatro caballos, como Tupac Amaru, cierra, en rápido capítulo, el libro de Augusto Guzmán (…).

Nada mejor que estas narraciones de grandes hechos americanos para estimular en esta hora difícil de la América nuestra a quienes desean ser fieles al esfuerzo libertador de los precursores. Y Julián Apasa, Tupac Katari, por encima de los inevitables errores a que lo impulsó su falta de cabeza, es uno de esos grandes y nobles precursores, que puso su vida en el tablero por hacer libres a sus hermanos aymaras. Hacernos esto presente es uno de los méritos, y no el más pequeño, del libro excelente de Augusto Guzmán.

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