Internet, el escritor y la escritura de ficciones

Es muy probable que con la red de redes, la figura del escritor, tal como la conocemos ahora, mute o se extinga y que los cambios en los hábitos de conducta que se han producido a partir de la evolución de los medios tecnológicos, tengan una influencia en la forma en que se escriba en el futuro

Autor:

Carlos L. Zamora

Para una buena parte del universo, Internet es un espacio común. Para los más jóvenes de esa parte del mundo, resulta un escenario tan propio y natural que dudarían apasionadamente de su corta historia. Comparado con el descubrimiento de la rueda, su data es poco menos que irrisoria. Su trascendencia, sin embargo, parece ser igual de relevante. A pesar de que ha tenido sus ilustres detractores, la inmensa mayoría de los ciudadanos y una significativa representatividad del movimiento intelectual contemporáneo ponderan la red de redes.

Un mundo paralelo, que cada vez cuesta más llamar virtual, por su exponencial desarrollo y alcance, compite con otro que cuesta llamar real, sin ser sospechosamente excluyente. Apelando a la tropología más simple, Internet pudiera ser autopista, gran bazar, parque de diversiones, palestra, trasatlántico, burdel, cátedra, iglesia… en resumen, todo aquello que la Cultura ha constituido a lo largo de estos milenios. Para esta pequeña cofradía que somos los escritores también puede ser la gran biblioteca.

El acceso a la información de valor —quizá debería decir avalada documentariamente— ha estado entre sus más audaces y humanistas propósitos. Entre el proyecto Gutenberg, las Bibliotecas digitales nacionales y la gran Biblioteca Digital Mundial, se han gestado acaso los antídotos más saludables para el caos que puede significar un terreno virgen para ávidos colonizadores y especuladores, interesados más en ganancias materiales que espirituales.

Las asimetrías socioeconómicas que ha heredado esta época han determinado también que el uso de internet sea desigual e injusto. Las políticas nacionales, sobre la base de sus propios entornos y estrategias, han establecido sus prioridades. Sin embargo, parece, cada vez más, una variable ineludible del desarrollo.

Escenario de otros tantos enfrentamientos de índole cultural e ideológica, su pertinencia ha pasado y pasa también como frente de combate, con sus consecuentes enmascaramientos, repliegues y tácticas de inteligencia, a veces invisibles para el usuario común.

En medio de esas condicionantes, el escritor ha validado sus armas. En primerísimo lugar, al margen de sus capacidades reales de acceso, sabe que un importante caudal de informaciones que puede necesitar, está en las redes, a la distancia de un clic; segundo: que puede confrontar esa información con fuentes diversas, incluso de distintos soportes, y con el criterio de otros colegas, de forma casi simultánea e increíblemente rápido; y tercero: que el producto terminado puede encontrar en las redes su divulgación y retroalimentación posteriores de manera comparativamente superior que los métodos tradicionales. La variable tiempo es aquí determinante y por supuesto soslayamos la evaluación de la calidad per se del producto, que es, a todas luces, independiente del soporte.

Sobre la práctica de esa nueva relación entre el escritor e Internet se han sucedido experiencias que pudiéramos llamar de nuevo tipo. Dos ejemplos, bien distantes geográficamente, pudieran ilustrarlo:

En 1989, el autor Lee Seong-Soo comenzó a escribir la novela de ciencia ficción Atlantis Rhapsody en el espacio Cholian de Internet. En 1991 el libro se publica con éxito de manera impresa, inaugurando así una relación entre el espacio cibernético y la literatura en Corea del Sur, país puntero en tecnología de Internet, que hoy cuenta con alrededor de dos mil páginas web dedicadas a la creación literaria. Curiosamente, es muy común que los autores de ciberliteratura de esa nación no revelen sus nombres, ni su edad ni su sexo y por tanto las casi mil novelas diarias que se registran en el espacio de Internet de este país, a pesar de una muy dinámica relación con sus lectores, no cuenten con esos datos tan elementales y significativos para otras culturas. El éxito de estas obras generalmente las conduce al cine o la televisión.

En el continente americano, el autor argentino Hernán Casciari inicia y culmina, entre 2003 y 2004, la redacción de la blogonovela que lo consagrará como escritor de la web 2.0, inicialmente titulada Diario de una mujer gorda, luego conocida como Más respeto, que soy tu madre. A través del recurso de la bitácora, Casciari, cuenta una historia costumbrista  desde la subjetividad de un ama de casa argentina de clase media. En su blog personal Orsai, todavía en activo, reconoce el escritor que buena parte del éxito del experimento lo debió a los comentaristas y seguidores del relato, que mantuvieron una muy estrecha comunicación con la supuesta ama de casa y su diario personal, que se auxiliaba de un hijo informático para mantener atentos a sus lectores.

Desde otra perspectiva, la propia literatura de ficción ofrece su mirada de cómo la informática transforma la experiencia vital. Dan cuenta de ello, por ejemplo, reseñas de varias novelas de autores argentinos jóvenes, aparecidas recientemente.

En esa misma cuerda puede situarse la novela Gordo (Milena Caserola, 2011), de Sagrado Sebakis (Buenos Aires, 1985), que va más allá de la superficie expresiva de la web para preguntarse cómo es la formación cultural de alguien educado en el ámbito casi exclusivo de la red de redes.

La novela de Nicolás Mavrakis (Buenos Aires, 1982), El recurso humano (Milena Caserola, 2014), lleva al extremo la oposición entre apreciación y cuantificación, y considera la posibilidad de que el deseo, el impulso básico de la experiencia humana, pueda ser transformado en una variable administrada por un algoritmo.

Y en Las constelaciones oscuras (Random House, 2015), de Pola Oloixarac (Buenos Aires, 1977), se llega a proponer incluso que el rol evolutivo de la humanidad es el de una especie dedicada a «incubar» tecnología.

Así que, como han determinado ya numerosos autores, si décadas atrás narraciones como Matrix o Terminator concebían el apocalipsis como una lucha entre máquinas y humanos, El recurso humano y Las constelaciones oscuras ofrecen otra lectura: el sometimiento del hombre al control informático surge de sus propias convulsiones internas, de sus deseos y de su evolución biológica y social.

Una reciente película norteamericana: Her (2013), de Spike Jonze (Oscar al mejor guión original), historia de amor entre un hombre y un sistema operativo informático, pudiera ser un ejemplo equivalente en el celuloide de lo que comienza a emerger en la literatura como tema.

Quizá la influencia del entorno digital en el lenguaje no se limite, como señalen algunos, a la sobreabundancia de anglicismos y la presencia pintoresca de los emoticones. La profusión de textos cada vez más «ligeros», cortos y donde el calado psicológico de los personajes se echa en falta, es muy posible que constituyan características que distingan, sospechosamente, una literatura destinada a lectores agotados, en prisa permanente, incapaces de digerir algo más sustancioso. ¿Un preludio acaso?

Otro elemento observado es que como el escritor publica sin limitaciones ni evaluaciones previas, el rol del usuario, como lector, determina la relevancia del contenido, y el papel del editor queda relegado o minimizado.

Una novela como El silencio de Galileo (Abril, 2012), del puertorriqueño Luis López Nieves, pudiera adelantar a los lectores cubanos estas nuevas proyecciones.

Como señalan numerosos autores, es muy probable que la figura del escritor, tal como la conocemos ahora, mute o se extinga y que los cambios en los hábitos de conducta que se han producido a partir de la evolución de los medios tecnológicos, tengan una influencia en la forma en que se escriba en el futuro, sobre todo teniendo en cuenta lo vertiginoso de estos procesos. Igualmente, es posible que surjan nuevos géneros, híbridos curiosos, nuevas formas de leer o de conectarse a la web, lo cual significaría una evolución en el oficio y en la creación literaria.

También parece cierto, según como van nuestros progresos en este sentido, que los escritores cubanos no estaremos a la vanguardia de estos procesos e imagino que también eso tenga consecuencias para la literatura nacional. Tampoco toda la novedad es necesariamente benigna y eso puede ahorrarnos la lectura de algunas páginas, impresas o digitales. Lo que sí parece demostrado es que ni las tecnologías ni los nuevos soportes garantizan el talento ni el oficio, y a ello nos atenemos mientras avanza el siglo.

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