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El perdurable valor del yodo

El espíritu instintivo y brillante de Bernard Courtois lo llevó a descubrir el yodo, una sustancia convertida en medicina y que José Martí describió como milagrosa

Autor:

Julio César Hernández Perera

En la noche del 28 de abril de 1895, después de que el corneta del campamento tocara «a silencio», José Martí escribió una carta a Carmen Miyares de Mantilla. En una de sus partes contaba sobre su ocupación de sanitario dentro del Ejército Libertador: «Y han de saber que me han salido habilidades nuevas, y que a cada momento alzo la pluma, o dejo el taburete, y el corte de palma en que escribo, para adivinarle a un doliente la maluquera, porque de piedad o casualidad se me han juntado en el bagaje más remedios que ropa, y no para mí, que no estuve más sano nunca. Y ello es que tengo acierto, y ya me he ganado mi poco de reputación, sin más que saber cómo está hecho el cuerpo humano, y haber traído conmigo el milagro del yodo».

Ciertamente esta sustancia —de la que el Apóstol exaltó maravillosas propiedades curativas— ya era parte ineludible de todo arsenal médico consignado a la cura de heridas y otros males— desde hacía poco más de tres décadas, cuando durante la Guerra Civil norteamericana se había generalizado el empleo del yodo como desinfectante.

Para llegar a comprender cómo se llegó a emplear ese elemento químico en la Medicina y su vigencia en la contemporaneidad, tendríamos que rememorar los instantes de su hallazgo: un hecho accidental que asombrosamente tuvo que ver con la pólvora.

La perspicacia de Courtois

A comienzos del siglo XIX Francia estaba en guerra, y para llevar a cabo los ambiciosos propósitos napoleónicos se requerían grandes cantidades de pólvora, pero los enemigos de la nación gala la bloqueaban por mar y tierra. De ese modo, empezaron a escasear las materias primas necesarias para la fabricación del explosivo, entre estas, el nitrato de potasio (también conocido como salitre).

Así nacieron factorías para la producción nacional de salitre. En una de estas instalaciones trabajó Bernard Courtois (1777-1838), un francés natural de Dijon, quien a pesar de no haber recibido educación formal en Química, poseía un asombroso entrenamiento práctico en esa ciencia, gracias a la instrucción proporcionada por su padre.

La producción de nitrato de potasio era relativamente simple: se quemaban algas marinas y en sus cenizas quedaba atrapado el nitrato, el que se recuperaba cuando se añadía ácido sulfúrico, cuya función era eliminar otros residuos.

Cierto día —a finales del año 1811— Courtois añadió más ácido de lo normal y, al calentarlo, observó cómo se desprendía un vapor muy llamativo, de coloración violeta, que al condensarse dejaba pequeños cristales negros y brillantes.

Como Bernard no poseía tiempo ni dinero, renunció a concluir la investigación que podía llevarle a saber qué era aquel raro compuesto fortuitamente encontrado por él. Y cedió desinteresadamente algunas muestras químicas a dos amigos, Nicholas Clement y Charles Bernard Desromes, para que continuaran las indagaciones.

Estos últimos, a la vez, transfirieron las muestras a otros estudiosos, entre ellos Louis Joseph Gay Lussac, considerado en aquel entonces uno de los químicos franceses más importante.

Dos años más tarde, en octubre de 1813, Humphry Davy, otro destacado químico, pero de nacionalidad inglesa, se hizo de una de aquellas muestras.

A partir de ese momento los estudios de aquellos «vapores violetas», se emprendieron de manera acelerada, debido a la competencia entre los investigadores. Las conclusiones asumieron que se trataba de un nuevo elemento, al que Gay Lussac denominó yodo, término derivado de la palabra griega ioeidés, que significa violeta. En definitiva, Courtois fue reconocido como el descubridor.

Aplicaciones médicas

Relativamente rápido el yodo pasó a utilizarse en la Medicina como un agente terapéutico. El creciente interés que despertaba el componente químico, hizo que en Francia surgiera una industria para producirlo a gran escala.

Para 1815, en los puertos galos se cerraron las factorías de salitre, cuando ese producto se comenzó a importar desde la India. El hecho llevó a la ruina a Courtois, quien murió casi olvidado, el 27 de septiembre de 1838, a la edad de 62 años.

La medicina francesa entró en una etapa de avances vertiginosos. El yodo se empezó a aplicar para el tratamiento de diversas afecciones: parálisis, escrófula (enfermedad que se acompaña de inflamación en los ganglios linfáticos, especialmente los del cuello), artritis, sífilis, gota, gangrena, quemaduras, úlceras, asma, bronquitis…

Actualmente las aplicaciones médicas más extendidas son tres: como agente de contraste para la realización de determinadas investigaciones radiográficas, en el tratamiento de enfermedades tiroideas específicas —incluido el cáncer del tiroides— y como antiséptico (sustancia capaz de destruir gérmenes o evitar su desarrollo).

Sobre esta última aplicación, vale señalar que en el mundo moderno ha sido el yodo uno de los pocos compuestos que ha logrado mantener su efectividad contra todo tipo de bacterias, hongos y virus. De ahí que constituya uno de los medicamentos más empleados —de uso externo— en el control y prevención de las infecciones de la piel, sobre todo de las heridas y las úlceras.

Con el tiempo se supo que el yodo es fundamental para el cuerpo humano. Normalmente las personas tienen entre diez y 20 miligramos de yodo; más del 90 por ciento de esta cantidad se almacena en la glándula tiroides, donde es empleado para la síntesis de hormonas tiroideas.

Estas hormonas son imprescindibles para mantener de manera adecuada muchas de las funciones metabólicas de nuestro organismo: su déficit puede causar bocio; y en los recién nacidos, retraso mental, enfermedad conocida como cretinismo.

Tal ha sido la repercusión y vigencia de las investigaciones sobre el yodo en las ciencias médicas, que en los últimos 60 años se contabilizan por la Biblioteca Médica Nacional de los Estados Unidos más de 80 000 publicaciones científicas alusivas a la sustancia química y a sus actividades biológicas.

No nos sorprendería entonces ver a personas empleando el yodo como panacea, como algo imprescindible en cada botiquín. Podríamos concluir recordando que Martí, aun sin conocer en detalles todo cuanto se sabe en el presente, acertó rotundamente cuando escribió sobre los beneficios de la sustancia química en los siguientes términos: «el milagro del yodo».

*Doctor en Ciencias Médicas y especialista de Segundo grado en Medicina Interna

Algunas referencias consultadas:

Kelly FC. Iodine in Medicine and Pharmacy since its discovery. Proc Royal Soc Med. 1961; 54: 831-6.

Metrangolo P et al. Tracing iodine. Nat Chem. 2011; 3: 260.

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