Enemigo sofocante (I)

Las altas temperaturas del verano afectan no solo a los humanos, sino especialmente a los equipos de computación, sensibles en extremo al excesivo calor, humedad y polvo

Autor:

Amaury E. del Valle

Datos del Centro del Clima, del Instituto Nacional de Meteorología, divulgados recientemente atestiguan que la temperatura media anual de Cuba aumentó en alrededor de 0,9 grados Celsius en los últimos 60 años.

Las causas han sido una combinación de factores, como los incrementos en la radiación solar y las sequías, que se hicieron más prolongadas en las últimas seis décadas. Y este aumento no solo se ha registrado en el verano, sino también en el invierno, con alrededor de 1,4 grados Celsius por encima de los registros anteriores.

Si la sensación de calor es tan sofocante para las personas que a veces llega a ser insoportable, los equipos electrónicos, entre estos las computadoras, no escapan tampoco a esta molestia.

En vez de sudar como los humanos, comienzan a recalentarse sin remedio, a acumular humedad y polvo, y por ende son frecuentes los fallos y roturas en esta época del año, muchas veces prevenibles con un adecuado mantenimiento, climatizando siempre que sea posible los locales donde se trabaja y observando algunas medidas mínimas de protección.

Procesador sofocado

Como mismo sucede con el hombre, que siente una sensación térmica hasta cuatro veces superior a la temperatura reinante en el entorno, en las computadoras este calor se multiplica varias veces en muchos de sus componentes, rebasando los límites permitidos para los cuales han sido diseñados.

La Unidad Central de Proceso (CPU, por sus siglas en inglés) es la que más calor genera en todo el equipo, y sus altas temperaturas son las que más influyen en el rendimiento, llegando a causar daños irreparables en muchos otros componentes.

Los primeros procesadores en refrigerarse mediante disipador sin ventilador fueron los 80 486, pero desde entonces su rendimiento y por consiguiente el calor que producen ha ido aumentando, si bien este se ha visto atenuado con las continuas mejoras en cuanto a diseño y sistemas de disipación y enfriamiento.

Lo ideal es que la parte externa de un procesador funcione en condiciones normales  entre 40º y 80º Celsius de temperatura, aunque si no está ventilado de forma correcta, se rompe el ventilador o si el disipador está demasiado sucio, rápidamente aumentará el calor generado y se apagará o reiniciará el equipo.

Ante esa situación no conviene forzar su funcionamiento, pues podemos causar daños irreparables tanto en el procesador mismo, como en otros componentes de la placa madre, como el chipset.

Además, las marcas de exceso de calor, que se vuelven visibles en forma de un oscurecimiento de los componentes y de la misma placa madre o motherboard, son buscadas por los fabricantes como muestra de una mala manipulación del equipo, y les sirven para invalidar la garantía.

Algunas personas, para mejorar el rendimiento de su máquina, ejecutan un proceso conocido como overclocking, que consiste en aumentar ligeramente el voltaje del procesador y ventilarlo más para que no genere excesivo calor, logrando así subir su velocidad por encima de la que estaba diseñada de modo original.

Si bien es verdad que eso mejora el rendimiento del equipo, hay que tener en cuenta que también puede acortar de manera considerable la vida útil del procesador, además de que se requieren conocimientos avanzados en computación antes de emprender este proceso.

Las tarjetas gráficas son otras de las que más sufren por efecto de las temperaturas altas, especialmente en aquellos equipos que son utilizados para visualizar imágenes y gráficos en Tercera Dimensión o 3D, lo cual requiere una enorme cantidad de procesamiento de datos y por supuesto genera gran calor.

Muchas de estas vienen acompañadas de un disipador e incluso un ventilador, pero aún así conviene, cuando se estén ejecutando imágenes en 3D, como las de los videojuegos, darle un descanso cada cierto tiempo a la PC para que pueda «refrescar».

También los discos duros, sobre todo los de mayor tamaño, sufren lo suyo, al punto de que frecuentemente son vendidos ya con sus propios ventiladores, signo inequívoco del calentamiento que padecen al trabajar.

Tanto el motor que hace girar los discos como la fricción desencadenada por sus cabezales provocan altas temperaturas, y a mayor número de revoluciones por minuto (rpm) más se generan.

Si bien su carcasa está diseñada de modo que transmita el calor del interior del disco para que se refrigere en contacto con el aire, y es muy raro que bien colocado falle por este motivo, sí sucede que tanta «sofocación», en una fórmula donde no se pueden olvidar la humedad y el polvo, haga que se acorte considerablemente su vida útil.

Otros componentes de una computadora, como las memorias, placa base y demás tarjetas del equipo también provocan un aumento en los termómetros, de forma especial el chipset, el cual tiende a fallar por haberse «fundido» las minúsculas soldaduras que lo unen a la placa madre, así como muchos transistores, que después de los 60º o 70º Celsius comienzan a producir «ruido» eléctrico, y vuelven a las máquinas lentas, se ven «pantallazos» azules o se reinician solas, antes de terminar «explotando».

Si bien por sí solos no generan temperaturas tan altas como las del CPU, tarjeta de video o disco duro, estos otros elementos contribuyen a aumentar la existente dentro de la torre o «chasis» de la máquina, y por ende influyen en su sobrecalentamiento.

Desubicados y equivocados

Junto con el verano y sus calores, la humedad y el polvo, es también frecuente que tengan lugar cambios en la tensión eléctrica y cortes de energía debido al aumento en el consumo, lo que no solo puede afectar a las computadoras, sino también a otros equipos eléctricos como faxes, módems, teléfonos, refrigeradores y acondicionadores de aire.

Muchos de estos, a su vez, ubicados de forma incorrecta en una habitación, muy cerca de la computadora, contribuyen a incrementar en varios grados la temperatura ambiente, por tanto influyen de manera indirecta.

Quizá el caso más crítico sea el de los monitores, en especial los de tubos de rayos catódicos (CRT), o de cajón, como se les dice, que además de consumir más electricidad que uno de cristal líquido (LCD) o pantalla plana, generan un calor similar al que despide el cuerpo humano.

En una oficina, por ejemplo, donde estén trabajando 20 personas a la vez con computadoras que tengan este tipo de monitor, la sensación térmica ambiental será similar a si hubiera 40 personas dentro.

Otro tanto ocurre con los equipos de refrigeración, entre ellos neveras y refrigeradores, cuyo principio de funcionamiento implica un desprendimiento de altas temperaturas exteriores, que aumentan la que existe en el ambiente, sobre todo si se trata de habitaciones pequeñas.

A ello debemos sumarle la costumbre de situar las computadoras cerca de ventanas y puertas por donde entra el sol, que incluso en locales climatizados provoca un efecto dañino al quedar expuestas a vaivenes constantes de temperatura y humedad con el abrir y cerrar de los accesos.

Aunque placas madres y otros componentes de las máquinas desde la fábrica vienen con una sustancia aislante que los protege de la humedad, de manera particular la que se forma por condensación, cuando se acumula el polvo dentro de la máquina y se combina con el relente, este va «oxidando» los contactos de transistores y tarjetas haciéndolos fallar.

Mantener la computadora limpia, ventilada y evitar los excesos injustificados en su uso, cuando no tenemos las condiciones adecuadas para ello, son algunas medidas básicas que se deben tener en cuenta para alargar su vida útil.

Otras medidas son más específicas, e incluyen asegurarles una mejor ventilación y climatización, cuando sea posible, o tener programas que nos puedan ayudar a vigilar su funcionamiento. Pero esos serán temas de próximos trabajos.

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