El amor, siempre

Hace cien años un joven buscó aliento en el escritor Rainier María Rilke quien contestó sus cartas con reflexiones sobre la vida, el amor Pregunte sin pena 

Autor:

Mileyda Menéndez Dávila

—¿Abuela, qué es el amor, el amor de la pareja?

—Mi respuesta solo a mí me sirve: la tuya la tendrás cuando lo encuentres.

(Excilia Saldaña)

El primer amor, las urgencias y delicias del sexo y la elección adecuada de una pareja estable, son algunas de las inquietudes que se agolpan en el corazón de cualquier joven de este tiempo y país, como estuvieron antes en quienes se forjaron en todas las eras y regiones del mundo y estarán aún en el futuro, cuando tal vez la especie humana llegue a colonizar otras galaxias.

Hace cien años, en Europa, un joven apasionado que pretendía abrirse paso en el mundo de las letras buscó aliento en un escritor austriaco, Rainer María Rilke, quien contestó a Franz Kappuz cada una de sus cartas con bellísimas reflexiones sobre la vida, la creación artística, el amor...

Quien los lee hoy, siente que esos mensajes fueron escritos para nuestro tiempo. Tal es su profundidad y su trascendencia que Sexo Sentido comparte con sus lectores fragmentos de este epistolario, publicado en Cuba por la editorial Gente Nueva en el año 2004. En él hallamos respuestas a no pocas de las cartas que ha recibido esta sección a lo largo del primer semestre de este año.

TRABAJAR EN UNO MISMO

«Amarse de persona a persona es quizá lo más difícil de todo lo que nos ha sido encomendado, lo más avanzado, la última prueba y examen, el trabajo por excelencia, para el que cualquier otro trabajo es solo preparación», escribía Rilke a su joven admirador el 14 de mayo de 1904.

Y continuaba: «Por eso los jóvenes, que son principiantes en todo, todavía no conocen el amor: tienen que aprenderlo. Con todas sus fuerzas, con todo su ser reunido en torno a un corazón solitario, inquieto, latiendo hacia arriba, tienen que aprender a amar. El tiempo de aprendizaje es siempre largo y hermético. De este modo, amar será durante mucho tiempo y a lo largo de la vida, soledad, recogimiento prolongado y profundo para aquel que ama».

Para Rilke, amar «no es nada que signifique evadirse de sí mismo, darse y unirse a otro, porque ¿qué sería la unión de unos seres aún turbios, incompletos, confusos?». Amar, dice él, «es una sublime oportunidad para que el individuo madure, para llegar a ser algo en sí mismo».

Pero «convertirse en un mundo, transformarse en un mundo para sí por amor a otro, es una pretensión grande y modesta a la vez, algo que elige y que da vocación y amplitud». Y solo para eso, para lo que él llama «tarea para trabajar en uno mismo» les está permitido usar a los jóvenes el amor que les ha sido dado.

La impaciencia, parte constitutiva de la naturaleza juvenil, les hace «que se arrojen en brazos de otro cuando viene la crecida del amor, que se prodiguen tal como son con toda su turbulencia, desorden y confusión». Y en esa entrega «cada uno se pierde a sí mismo por amor del otro y pierde al otro y a otros muchos que querrían venir», nos alerta su misiva.

«La opinión colectiva ha sabido crear refugios de todo tipo, porque, inclinada a tomar la vida amorosa como un placer, tenía que convertirla en algo fácil, barato, sin riesgos, seguro, como las diversiones públicas», se lamenta Rilke.

Las consecuencias de tal proceder, entonces y ahora, son las mismas: «Por eso muchos jóvenes que aman falsamente, es decir, faltos de soledad, entregándose sin discernimientos, hacia fuera (...), sienten algo semejante a la opresión de una falta y quieren transformar el estado en que han caído, convirtiéndolo, por sus propios medios, en algo fértil y vivo; pues su naturaleza les dice que las preguntas del amor (...) no pueden ser resueltas en la publicidad ni de acuerdo con ningún convencionalismo; que son preguntas, preguntas inmediatas de persona a persona, que requieren en cada caso respuestas nuevas, únicas, exclusivamente personales.

«Pero los que se han arrojado juntos, que ya no delimitan ni se diferencian, que ya no poseen nada propio, ¿cómo podrán encontrar una salida que les surja desde dentro, desde la hondura de su derruida soledad?».

SIN CONVENCIONALISMOS NI MODAS

De la carta escrita el 16 de julio de 1903 tomamos estos fragmentos, en los que aborda la sexualidad desde aristas que pocos se atrevían a aquilatar en su tiempo:

«Usted es tan joven, está tan lejos de toda iniciación, que quisiera pedirle, lo mejor que sé, querido señor, que tenga paciencia con lo que no está aún resuelto en su corazón y que intente amar las preguntas por sí mismas, como habitaciones cerradas o libros escritos en una lengua muy extraña»,

«No busque ahora las respuestas: no le pueden ser dadas, porque no podría vivirlas», dice al desesperado amigo. «El sexo es difícil, sí. Pero todo lo que nos ha sido encomendado es difícil (...). Si usted lo reconoce y desde sí mismo, desde su propia posición y forma de ser, desde su propia experiencia, infancia y fuerza, consigue encontrar una relación con lo sexual que le sea absolutamente propia, no influida por los convencionalismos ni por las modas, no ha de temer perderse ni hacerse indigno de su mayor bien».

Lejos de negar las pasiones, el poeta trata de darles un viso más natural: «La voluptuosidad corporal es una experiencia plena, no diferente del puro mirar o de la mera sensación con la que una hermosa fruta llena la lengua; es una experiencia grande e infinita que nos es dada, un conocimiento del mundo, la realización y el esplendor de todo saber.

«Y no es malo que la acojamos; lo malo es que casi todos hacen mal uso y despilfarran esta experiencia colocándola como estímulo en lo más fatigado de la vida y como dispersión en vez de ser concentración en el punto más alto.»

Así opina, de hombres y mujeres por igual, cuando se entregan al placer sin calcular las consecuencias: «No se deje engañar por la superficie. En lo profundo todo es ley. Y los que viven el secreto mal y falsamente (y son muchísimos), lo pierden solo para sí mismos, pues lo pasan a otros como una carta cerrada, sin leerla».

Este carácter misterioso de los sentimientos humanos constituía para Rilke una fascinante invitación a reflexionar sobre el sentido de la vida: «Quien observe con seriedad, encontrará que, como para la muerte, que es difícil, tampoco para el difícil amor se ha encontrado ninguna aclaración, ninguna solución, indicativo o camino. Y para estas dos tareas que de manera velada llevamos en nosotros y transmitimos sin descubrirlas, no se ha podido encontrar ninguna regla basada en un acuerdo colectivo».

Sin embargo, su fe en la naturaleza humana le hace hablar de un nuevo tipo de vida amorosa, transformada desde la raíz tras el reconocimiento social de la mujer, con el que no contaban muchas en su tiempo, gracias al cual la vida amorosa se reconstruirá en una «relación de persona a persona y ya no de hombre a mujer.

«Y en este amor humano (que se desarrollará con delicadeza infinita y discreta, que se hará bueno y claro tanto al ligarse como al desligarse) se parecerá a aquel que preparamos con trabajo y esfuerzo, a aquel amor que consiste en que dos soledades se protejan, delimiten y respeten mutuamente».

Tales fueron los deseos transmitidos a su discípulo cien años atrás. Toca a las nuevas generaciones de este siglo el privilegio de complacerlo.

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