Mujeres: ¿de seducidas a seductoras?

La mayoría de los hombres sigue dando prioridad a ese don tan mal repartido y efímero que es la belleza  Pregunte sin pena

Autor:

Mileyda Menéndez Dávila
«Quien siente su belleza, la belleza interior, no necesita belleza prestada: se sabe hermosa y la belleza echa luz...»

José Martí

El pavo real se acerca a la hembra y despliega su irisada cola con movimientos elegantes. Ella, discretamente emplumada en tonos sobrios, lo observa desde todos los ángulos. Simula indiferencia cuando en realidad espera la llegada de otro macho: debe calcular bien sus opciones antes de «dar el sí» definitivo.

Similar rutina sigue la hembra del cocodrilo: sus pretendientes han de probar fiereza para conseguir el alimento, pero a la vez deben ser tiernos, acariciadores e imaginativos. El terror de los humedales es capaz de cantar a la luz de la luna o hacer burbujas sobre la superficie de las aguas con tal de seducir a su compañera.

Entre pingüinos el cortejo es menos romántico, pero ella también se hace rogar, y les exige, además de un hermoso plumaje, innumerables prendas de amor: piedrecitas que los machos cargan desde lejos para formar un nido confortable.

Peces, mamíferos, crustáceos... ninguna especie escapa a las trampas reproductivas de la naturaleza. Para garantizar la perpetuidad de sus genes, los machos despliegan las más increíbles estrategias, ya sea en el aire, agua o tierra: la apariencia deslumbrante de los peces, el alarde de buen gusto para decorar el «hogar» de algunos pájaros, la danza exquisita de las anacondas, las grandes habilidades amatorias del tigre, que copula hasta cien veces al día durante tres jornadas...

Aun así, ellas se toman su tiempo para elegir. Y tan ocupadas se encuentran calculando el bienestar de la futura prole que apenas se interesan por su propia apariencia: acicalar pelambres, pulir pezuñas y cornamentas, dar brillo a las escamas o exhibir pectorales es cosa de machos en el reino animal...

¿Qué pasó entonces con la especie humana? ¿En que momento de nuestra evolución las mujeres asumimos la coquetería como necesidad vital, al punto de que «lucir bellas» sea obsesión inculcada a las niñas desde el nacimiento, trauma que lleva a muchas adolescentes a la anorexia, y a las féminas más extremistas a vivir entre gimnasios, salones de belleza y consultas de cirugía?

Dime, espejo mágico...

Entre muchos jóvenes se generaliza la percepción de que la belleza no es eterna, y que en lo espiritual está el verdadero cemento del amor. Foto: Mileyda Menéndez Contrario a la estabilidad que poseen «otras leyes físicas», las reglas de la hermosura han sido muy volubles a lo largo de los siglos y regiones geográficas, pero siempre existe un factor común: el patrón físico ideal es justamente el que no posea el 85 por ciento de las mujeres, de modo que «estar en la línea» implica gastar tiempo y dinero en la industria del maquillaje para competir con las pocas que nacieron lindas según los cánones de la época... como hacen los calamares machos, que acuden al mimetismo para sacar ventaja ante sus rivales mejor dotados por la naturaleza.

Quienes no pueden o no quieren entrar en ese juego de las apariencias, son cuestionadas en su feminidad: hoy no basta ser mujer de cuerpo y espíritu, hay que demostrarlo, o arriesgarse a ser calificadas como «malqueridas» por no esmerarse en lucir para un hombre... o para todos.

La psicoanalista Christiane Olivier, reflexionó sobre este tema a mediados de los años 80 del pasado siglo. En su libro Los hijos de Yocasta, la huella de la madre, ella comenta la angustia de miles de mujeres que tratan de vivir al margen de esas reglas y preferirían ser apreciadas por su interior y no por su exterior o, como diría José Martí, no ser valoradas por la fruta, sino por la estrella.

«Para mí no había ninguna lógica: sabía que atraía a los hombres por lo que tenía de menos importante en mi persona, y hubiera querido que alguien se me dirigiese con otro lenguaje que no fuera el del exterior», escribe Olivier.

Su enojo es el de muchas mujeres de todas las edades que usan la cabeza para algo más que gastar champú, pero no todas «se atreven a afrontar la calle, porque no se sienten en ella seres humanos, sino cosas expuestas en un escaparate», afirma Olivier, en consonancia con lo que cuentan también muchas lectoras de Sexo Sentido.

A pesar del desarrollo social, político y económico alcanzado por la mujer en los siglos XX y lo que va del XXI, la mayoría de los hombres —incluso muchos de buenos sentimientos y respetuosos de la inteligencia femenina—, siguen dando prioridad a ese don tan mal repartido de la belleza, que para colmo no es eterno, por lo que algunas, en la vejez, llegan al ridículo o al enclaustramiento, sin aceptar que el tiempo les quitó lozanía, pero les dio otros encantos.

Lo lógico, dice Isabel de Amado Blanco en el libro Más belleza para ti —publicado en Cuba hace cuatro décadas y reeditado en 1981—, es que cada mujer saque partido de su propia personalidad y se preocupe sobre todo de que su metabolismo sea el correcto, con lo cual ganaría la mitad de la belleza posible en cualquier etapa de la vida.

«No hay nada malo en querer que la compañera de uno luzca hermosa a los ojos de los demás», insisten algunos hombres entrevistados. «Es bueno para ella, para su autoestima», aducen, y hasta cierto punto tienen razón.

Pero el espejo es un tirano que compite por la exclusividad con otros placeres, y la salud mental se resiente cuando una mujer exitosa en su vida profesional o como madre, es cuestionada permanentemente por sus amigos y pareja si no prioriza la pulcritud de sus uñas o del peinado porque su mente anda volando en otros espacios creativos.

Paradojas de la evolución

Entre los animales irracionales, mientras más grande y vistoso es el macho más poligámica es la sociedad. De ahí que los gorilas tengan un harén numeroso, y también el guanaco —pariente de la llama andina— y los leones.

Sin embargo, los hombres no han evolucionado tanto como para aceptar que una mujer bella le dé entrada a varios pretendientes sin calificarla, cuando menos, de «ligera», y a ellos, de cornudos o muñecones. ¿Y qué hay de aquello de tomarse su tiempo para elegir al mejor padre?

Pero los humanos vemos el sexo de una manera más divertida —solo los delfines nos secundan en ese gusto—, y además de competencia económica y pasarela, muchos hombres modernos exigen menos preámbulos para servirse de esa belleza femenina, ya sea natural o adquirida. Si hay titubeos, tampoco faltan epítetos despreciativos para la dama, el menor de ellos: «rompecorazones».

¿Y el canto de la rana toro? ¿Y las caricias de los cangrejos? ¿Y la danza de los flamencos? ¿Y la abnegación del Romeo araña? Cada vez más, las nuevas generaciones pasan por alto esos rituales, sin comprender que nuestra especie también necesita estar a tono con la naturaleza.

Por ese camino nos acercamos peligrosamente al estilo de los tiburones, una de las pocas especies en las que el macho opta por morder a cualquier hembra para someterla rápido, montarla sin miramientos y luego alejarse, desentendiéndose de la futura cría... y después, si te he visto, no me acuerdo.

Pregunte sin pena

X. A.: Me atraen los varones más que las hembras por los juegos y fantasías que se practican en lo que yo llamaría sexo seguro. Pero ya tengo 32 años. No me preocupa tanto no tener hijos. En cambio, me gustaría tener una novia. El problema es que no encuentro la forma porque las veo solo como amigas, y aunque no se nota afeminamiento en mí, temo al rechazo. Ya tuve sexo con ellas dos veces. ¿Ser gay se escoge o deseo tener novia porque veo a otros que la tienen y siento su presión sobre mí para tenerlas?

En tu pregunta hablas de «ser» gay y «tener» novia. En nuestro idioma «ser» alude a algo más estable y arraigado que «tener». Podrías tener novia, pero clasificas tu ser como gay. Ahí radica tu cuestionamiento: ¿cómo tener novia sintiéndome gay?

El temor al rechazo, aunque no se note afeminamiento, podría traducirse en miedo a que descubran tu deseo homosexual y la impostura al cortejarlas.

Según nos cuentas, te atraen más los varones; las mujeres te inspiran solo amistad. Quisieras tener novias, aunque te preguntas para qué. Supones que quieres parecerte a los otros, actuar como heterosexual aunque sintiéndote presionado, callado y dejándolas ir como si se te escapasen de las manos. Tu discurso indica que no tienes novias porque ninguna ha despertado tu deseo.

Aceptar la homosexualidad es un primer paso. Luego se tiene ante sí la pregunta referente a la elección de un estilo de vida: homosexualidad oculta o expresada socialmente. Tendrás que escoger los costos y beneficios con los que quieres vivir.

Expresarse como gay implica superar conflictos en tanto se actúa al margen de lo normado, y la sociedad tiene mecanismos (muchas veces tácitos) para marginar a los diferentes. Pero sobran ejemplos de quienes son respetados, amados y elegidos con sus diferencias.

Elegir es un acto de invención. Elegimos nuestra inclinación sexual aunque no conscientemente. Otros nudos de motivos conscientes e inconscientes condicionan nuestras elecciones. Te toca ahora dar curso a tu vida creando, probando, descubriendo, comprendiendo y volviendo a innovar a partir de tus condiciones, posibilidades y recursos.

Mariela Rodríguez Méndez, Máster en Psicología Clínica y Consejera en ITS y VIH/sida.

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