¿La costumbre es más fuerte que el amor?

Algunas parejas jóvenes mantienen una relación estable solo por costumbre, debido a la inseguridad, dependencia económica, presencia de hijos comunes y otras causas

Autores:

Mileyda Menéndez Dávila
Eilyng Ruiz

No hay disfraz que pueda largo
tiempo ocultar el amor donde lo
hay, ni fingirlo donde no lo hay.
(La Rochefoucauld)

Suele pensarse que es cosa del siglo pasado o de nuestros abuelos, pero muchos jóvenes mantienen hoy una pareja «estable» solo por costumbre. ¿Sus razones? En algunos casos porque están juntos desde la secundaria y ya se conocen —al menos eso creen— y aunque el amor o la pasión entre ellos no tienen la misma intensidad, se acostumbraron a la vida juntos y piensan: «Total, para encontrar a alguien peor…».

Según el diccionario, costumbre es la forma habitual de comportarse u obrar. Sus sinónimos más frecuentes son rutina, conducta, hábito, vicio... eventualmente los mismos responsables del fin de una relación amorosa, pues cuando el amor deja de ser dinámico comienza a pagar el precio impuesto por esa rutina, casi siempre sustentada en la baja autoestima de uno de los miembros de la pareja, el rechazo familiar al divorcio, las condiciones económicas y hasta el interés de cuidar un «estatus social».

Cada etapa de la vida es diferente, pero a medida que la adolescencia va pasando la cotidianidad impone su propia rutina y la pareja se adapta a vivir juntos. Lo malo viene cuando esa costumbre paraliza la vida de ambos y por tanto limita sus posibilidades de descubrir nuevas experiencias y ejercer su derecho a ser felices.

«No podemos ser absolutos: Es preciso ver las cosas objetivas que ofrece la estabilidad de la pareja y ver la costumbre como positiva cuando consolida la relación», dice la especialista en primer grado de Psiquiatría Amlis Arias Ponce de León. «Se sabe que lo importante es el amor mutuo, pero con el paso del tiempo, con el día a día, suele conformarse una familia, y eso pesa también».

Toda relación tuvo momentos de amor. Para algunas estos van muriendo poco a poco por disímiles motivos, a veces inexplicables, pero construir una relación exige seguridad, estabilidad, confianza, y sobre todo amor.

El erotismo es de los factores que más sufre y más rápido se rebela, dice la doctora Arias: si la rutina se impone puede llevarles a la búsqueda del placer fuera de casa y así se van perdiendo los valores, el deseo.

Romper amarras

Mantener una relación por mera costumbre, sin pasión, hace mucho daño. En opinión de Miriadis López Álvarez, Máster en Ciencias de la Educación, «la costumbre mata al cariño, y el amor es el candado del resto de los sentimientos».

En un sondeo entre jóvenes de ambos sexos pudimos conocer que algunos están de acuerdo en catalogar la costumbre como la más fuerte en esta lid: «Llevo años con un hombre y sé que no lo quiero, pero cuando se va lo extraño en la casa, en la cama... Me he divorciado varias veces pero siempre vuelvo», contó una de las muchachas abordadas.

Otra nos confesó en un mensaje electrónico haber estado enamorada de alguien más, pero los años y el hábito de estar al lado de su novio la hacen volver a él, aferrada al recuerdo del tiempo en que las cosas marchaban a su gusto.

Un joven cree tener la solución para romper tales amarras: recordar sobre todo lo negativo. Dice que con el tiempo y la distancia todo se olvida, así que decepcionarse es su clave para notar defectos que antes no veía y eso le facilita la amarga decisión.

Durante la juventud, este tipo de disposiciones está influenciado en gran medida por el grupo y por el medio familiar. La falta de madurez para enfrentar la ruptura de pareja con una visión constructiva o el hecho de que uno de los miembros esté aún enamorado propician largos períodos de relación que pueden dañar más a sus integrantes.

Las cubanas nos hemos independizado mucho en estos 50 años de Revolución, pero aún el machismo predomina en algunos hogares donde el hombre «lucha» para la casa y exige a la muchacha romper con la sociedad. Para esa joven, sin vínculo laboral y a veces con bajo nivel de escolaridad, la decisión de acabar una relación porque solo se basa en la rutina es bastante complicada, y para algunas, remota.

Según la doctora Arias, prolongar la convivencia también depende del lugar donde se vive: En las ciudades grandes las relaciones interpersonales son más abiertas, pero en los pueblos las parejas tienden a acomodarse, predomina lo económico, y si hay hijos de por medio, mucho más.

«Mientras no se llegue a la falta de respeto o la violencia física, otras cosas se pueden permitir» es la visión del fenómeno que manifestaron varias personas entre 30 y 50 años de edad, interrogadas a propósito del tema.

Por lo general los adultos abogan por la estabilidad familiar y la necesidad de un análisis profundo antes de llegar a la separación definitiva en una pareja joven que ya tiene una historia en común.

Entre sus preocupaciones resaltan la economía familiar: la situación actual condiciona que muchos matrimonios piensen más de dos veces la separación, e incluso se habla del tema como factor determinante para que personas con casi toda la vida por delante se mantengan firmes —aunque sea solo en apariencias—, al lado de quien ya no aman, subordinando su bienestar espiritual a la aparente comodidad.

Otras veces no se deja todo atrás para no perjudicar a la prole arrastrándola a condiciones menos favorables, un «sacrificio» condicionado por el estereotipo de que los menores deben estar con la madre aunque el padre pueda ofrecerles un mejor escenario de vida.

La ley propone pensar primero en el bienestar de los pequeños, pero nuestra sociedad no hace concesiones en ese sentido y casi siempre predomina la presión cultural antes que el sentido común... Otra razón para tomarse en serio la idea de retardar los embarazos en la adolescencia y la primera juventud, por muy sólida que parezca, en un principio, cualquier unión.

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