Esos «lunares» prestados

Estos objetos mal colocados pueden afectar la vascularización de la zona e interferir en el funcionamiento del órgano «embellecido», y si el material no es estéril puede darse una infección bacteriana y hasta el contagio con hepatitis B o con VIH

Autores:

Mileyda Menéndez Dávila
Samer J. Mahmoud
Con el placer como hilo conductor, el hombre deja de ser un artista siendo él mismo la obra de arte.
                                                                                                                                             Nietzsche

Muchas culturas han empleado artefactos sujetos al cuerpo para distinguir el estatus sociocultural de las personas, su género o historia de vida: desde los aretes con que se adorna a las niñas de pocos meses en el mundo occidental al lastre colocado en el escroto o el pene de los varones de ciertas tribus africanas para producir un alargamiento artificial de los genitales externos.

A esa perforación en la piel con intenciones estéticas permanentes se le conoce hoy como piercing. Por lo general se acompaña de joyas o adornos. Casi nunca provoca nuevas sensaciones, pero como suele tener impacto en la autoestima de quien lo porta, de modo indirecto mejora su desempeño sexual, dicen sus defensores.

En este siglo lo emplean personas de cualquier edad sin otra connotación que estar a la moda, en parte porque hay materiales y técnicas más sofisticadas y seguras, pero también por la gran publicidad comercial y la brindada —a veces sin intención explícita— por figuras significativas, como artistas o deportistas de renombre.

Entre las partes del cuerpo tradicionalmente perforadas están las orejas, labios, nariz, pezones, nuca, ombligo, cejas y mejillas. Más curiosa resulta la colección de adornos para lengua, ano y genitales. En muchos países se comercializan decenas de objetos con este propósito, pero esa es una decisión que se debe tomar por convicción propia, no por embullo de las amistades y menos por exigencia del compañero sexual de momento.

De muy osadas pueden calificarse las parejas que comparten estas prácticas, pues en su entusiasmo pueden quedar literalmente engarzados durante la penetración, el sexo oral o los besos, situación que resultaría grotesca si no fuera tan peligrosa: a veces, en el afán de soltarse, se provocan desgarros de las mucosas y otras complicaciones, incluida la mutilación permanente del órgano en cuestión.

Claro que la seguridad de este proceder no depende solo del metal o plástico empleado, sino también de la experiencia de quien realiza la incisión y sobre todo de las medidas higiénicas tomadas antes, durante y después.

La realeza del antiguo Egipto lucía adornos de oro en el ombligo, pero solo un médico adiestrado podía colocarlos y luego curar la zona, a sabiendas de que cualquier error le costaba el prestigio profesional y hasta la vida. Hoy mucha gente se atreve a colocar un piercing (y a cobrar por ello) sin conocimientos básicos de salud.

La vida pende... ¿De un aro?

Para colocarse un piercing hay que tener madurez, tiempo y condiciones. Aunque no se note, la cicatrización demora varias semanas (ni pensar en practicar sexo o hacer ejercicios fuertes), durante las que pueden esperarse reacciones alérgicas o sumarse complicaciones de quienes tienen problemas para cicatrizar, tienden a hacer queloides o padecen enfermedades crónicas como la diabetes y la hemofilia.

También ocurre que estos objetos mal colocados pueden afectar la vascularización de la zona e interferir en el funcionamiento del órgano «embellecido», y si el material no es estéril puede darse una infección bacteriana y hasta el contagio con hepatitis B o con VIH.

Incluso cuando baja la temperatura, como en estos días, ese metal se enfría y se pega a la piel, perjudicándola, y los adornos colocados en la boca han llevado hasta la fractura de dientes y trastornos nerviosos, de la masticación o del habla, según reportan el doctor Rafael Alberto Clavería y colaboradores, en un estudio realizado en Santiago de Cuba en 2008.

Síntomas inmediatos de que algo anda mal serían fiebre, ardor, enrojecimiento, inflamación, pus, hemorragia, dificultad para orinar o eyacular (cuando están en los genitales).

A largo plazo hay que vigilar endurecimientos del área perforada o sus alrededores, desviaciones del pene o el clítoris, fallas en la erección, molestias con el roce y hasta una estética indeseada, como pliegues, cicatrices, desequilibrio visual, cambio de coloración o que el cuerpo absorba el objeto.

¿Por qué, entonces, acudir a estas modificaciones corporales? En el libro Sex Toys (Juguetes sexuales), de la editorial Vertigo Publishers, de Barcelona, Paloma Aznar habla del papel erotizante adjudicado a estos objetos al resaltar cualidades de sus portadores: belleza, tamaño, delicadeza…

Otros autores refieren el deseo de «romper la monotonía del cuerpo» (¡¿y los lunares?!), de marcar un estilo y hasta de probar la resistencia personal ante el dolor (tan subjetivo que varía mucho de una persona a otra).

Otra justificación es sentir más o hacer sentir a la pareja algo diferente, pero eso es más mito que certeza: el erotismo se alimenta del tacto y la visualidad, sí, pero es la imaginación lo que más fuego le provoca, y a nadie se le ocurriría colocarse uno de esos artefactos en el cerebro… ¿O sí?

Encuentros

Un amigo pregunta por qué no aclaramos edad, provincia y orientación sexual de las personas que nos escriben. Hay dos razones: espacio y sorpresa. La amistad no entiende esos límites y el buen amor mucho menos. Acá damos la pauta. Ustedes, ¡conózcanse! Por cierto, cuando nació esta sección llamó un entusiasta camagüeyano interesado en encontrar pareja por vía telefónica, porque no tiene correo electrónico. Tal vez tenga buenas noticias para él…

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