Entre luces y sombras

Ser madre de adolescentes es un «oficio» que exige comunicación, respeto e intuición. Los nuevos tiempos necesitan de nuevos valores

Autor:

Mileyda Menéndez Dávila

Cuando mires hacia atrás, verás que tus días han pasado veloces. El tiempo no es eterno, y no hay nadie que viva para siempre. Richard Bach

Tres colegas coincidimos en un evento y casi sin darnos cuenta nuestra conversación giró hacia los conflictos maternos más comunes en este siglo: «¿Qué hago cuando me traiga otra pareja? Siento que tiene miedo a comprometerse, pero sufre cuando le hacen lo mismo». «¿Es normal que mi hijo de 17 años me “informe” lo que va a hacer y ya no me pida permiso para nada?». «Pues el mío no se deja ver desnudo, y no sé si está todo bien en su desarrollo».

Cuando se es madre de adolescentes, las dudas crecen al ritmo de sus hormonas. La forma de comunicarse entre generaciones difiere mucho de la que nos tocó vivir con nuestras progenitoras, y sin referentes formales o empíricos es difícil pautar un ideal de educación que excluya el castigo de sus normas, sin comprometer el futuro.

De cualquier modo, los viejos patrones de convivencia (cuya funcionalidad es muy discutible) resultan estrechos para la gran variedad de modelos familiares que coexisten en el panorama actual cubano.

La opción de imponer disciplina a lo Pilatos (¡Deja que llegue tu padre!) ya no funciona para muchas familias tradicionales, y menos para las monoparentales, en las que la mayoría de las madres capean el temporal sin más remo que su vocación de sacrificio.

Para colmo, la imagen del adolescente irreverente y desubicado se multiplica en los seriales «de afuera» programados en la televisión o multiplicados con la furia del DVD y las memorias flash. Su modo de hablar, vestir y comportarse seduce a una generación que nació en la estrechez de los años 90, y en muchos hogares se les consiente sin espíritu crítico que se desvivan por ese glamour, casi siempre reproducido a costa de penurias maternas (y paternas) que luego se olvidan de agradecer.

«A ser madre no se aprende hasta que los hijos están tan grandes que una tiene que empezar a aprender a ser abuela», me comentó una vecina a propósito del embarazo de su hija menor: «Por falta de consejos no ha sido, pero la eduqué para que pensara por su propia cabeza y si sus decisiones son o no correctas es algo que tendrá que evaluar por sí misma luego. Yo soy la primera en respetar esa libertad».

Es una actitud coherente con el proyecto de vida que esta adulta defiende para sí misma, pero toda madre sabe que esa filosofía se aplica con el corazón batiendo y «el credo en los labios», como decían las abuelas de otros tiempos.

APRENDER DE LA VIDA

Mariela Castro, directora del Centro Nacional de Educación Sexual, precisaba en un diálogo reciente con la prensa: «Los seres humanos nos sentimos atraídos y surgen universos inigualables. Antes de pensar en un proyecto de familia hay que tener un proyecto de pareja, y aun antes conocerse uno mismo, disfrutar del propio cuerpo… Eso implica educarnos para una sexualidad democrática, participativa, acorde a las aspiraciones del país que construimos. Pero no basta con decirlo: hay que plasmarlo en las leyes y llevarlo al ejercicio cotidiano».

Fomentar la responsabilidad es entonces un pilar básico en la estrategia cubana de educación en sexualidad, y parte de encontrar los argumentos adecuados para que cada quien elija sus caminos, pero también sus linderos, y los ejerza desde el respeto propio y hacia los demás. Y esto lo haría tanto en su función parental —si es el caso— como en su calidad de descendiente de otras personas cuyos sentimientos y preocupaciones merecen consideración y exigen tiempo para un diálogo enfocado desde el amor, sin aferrarse a la hegemonía de un género o una edad «superiores» a los otros.

Para cambiar pensamientos hay que cambiar valores, dice Frijof Kapra, destacado físico norteamericano que propone restablecer el equilibrio entre asertividad e integración como paradigmas que se deben asumir en la vida, eludiendo los extremos porque resultan lacerantes: más que espacios de jerarquía hay que propiciar redes de influencia en la familia y la sociedad, afirma en su libro La trama de la vida.

El camino para ser mejor madre y mujer estaría entonces en seguir nuestra intuición y escuchar más a la naturaleza, dicen las ecofeministas: promover la consideración por la vida en toda su expresión, dar lecciones de amor desde la infancia y procurar ser escuchadas del mejor modo posible, que es escuchando también a esas criaturas nuestras para captar lo que pueden enseñarnos en cada etapa de sus vidas.

Personalmente lo aprendí hace años en una tarde de intensa pelea con mi niño porque no quería cambiarse la ropa mojada tras haberme ayudado a fregar. En un momento de profundo miedo le dije: «¡Ay, hijo, qué difícil te pones a veces… ¿Cómo puedo saber si no estoy fallando con tu educación?». Y mi pequeño, muy zalamero y filosófico, me contestó: «Luz y sombras tienen todos. Quiéreme así: bueno y malo».

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