La alternativa del divorcio (II y final)

Lo que de verdad buscan la mayoría de quienes se divorcian no es independencia egoísta ni placer narcisista, sino el retorno a una vida de calidad y a un estado saludable de unión amorosa

Autores:

Mileyda Menéndez Dávila
Salvador Salazar*

El matrimonio debe combatir sin tregua un monstruo que todo lo devora: la costumbre. Honoré de Balzac

No existe el divorcio amistoso, sin dolor, aunque algunas parejas en trance de separación abrigan la ilusión sincera de mantener viva la cordialidad, deseo alentado muchas veces por amistades y familiares que les aconsejan con la mejor intención una ruptura pacífica y amigable.

Tampoco existen los divorcios sorpresa: Las estadísticas demuestran que es más probable sufrir una muerte repentina que un divorcio inesperado, pues toda ruptura suele ir precedida de un largo batallar, donde la aprensión, el sentimiento de fracaso y el rencor se vuelven cotidianos.

Con pocas excepciones, ese final deja a ambos cónyuges heridos, con la moral consumida y la autoestima dañada; por eso se sienten decepcionados y estafados, no solo por la pareja, sino por el mundo entero y por la vida.

El aislamiento y la separación es la principal fuente de angustia para las personas recién divorciadas, quienes al verse apartadas se sienten incomunicadas, indefensas e incapaces de entender el mundo que les rodea.

Ese es, durante un tiempo, el sentimiento que más les abruma. Estudios recientes demuestran que el divorcio ocupa el segundo lugar entre las causas de sufrimiento en las parejas, solo superado por la muerte del cónyuge, si el matrimonio era feliz.

Recuperarse de esa experiencia presupone un proceso de adaptación y reintegración que puede durar varios años. En primer lugar, porque tanto quien se va como quien se queda sufren una profunda desilusión y se sienten vulnerables, fracasados, desorientados y resentidos.

A esta reacción le sigue una segunda fase caracterizada por la tristeza, el aislamiento y la soledad. La gente recién divorciada suele verse como alienada y marginada de su mundo anterior de casados y de las antiguas amistades.

Por último, tras un período de ajuste que puede durar hasta cinco años, muchos recuperan sus esperanzas y deciden enfrentar las vicisitudes y riesgos de volver a empezar, enrolándose en la búsqueda de una nueva vida social.

Daños colaterales

A pesar de los mitos, los pilares que sustentan el ideal de matrimonio —amor, felicidad y seguridad— son muy frágiles, y en un mundo en constante cambio los sentimientos de dicha invulnerable son muy relativos y transitorios.

El matrimonio, como relación compleja y sometida a enormes fuerzas y expectativas socioculturales, también sufre cambios, así que cuando un hombre y una mujer deciden formalizar públicamente su unión, tarde o temprano acabarán por plantearse de forma más o menos consciente esta cuestión: ¿permanecen unidos porque quieren o porque deben?

Aunque los verdaderos protagonistas del divorcio y quienes más lo sufren son los adultos, sus descendientes sienten su impacto con mucha intensidad y reaccionan según su edad, temperamento y la idea que tenían de la relación.

Si ocurre en la infancia y se dan cuenta del cambio, pero no entienden la situación, experimentarán sentimientos de miedo, abandono y confusión. Durante la adolescencia suelen reaccionar con angustia, y también con rabia e indignación porque sus padres no pudieron resolver sus diferencias.

En cualquier caso, el daño mayor no proviene de la ruptura en sí misma, sino de las circunstancias que le precedieron, las vicisitudes que la acompañaron y los problemas y conflictos que se sucederán.

La mayoría de los hijos acaba superando con éxito esa dolorosa experiencia, pero para lograrlo necesitan elaborar mentalmente su explicación, su propia historia de lo sucedido: una historia que para resultar beneficiosa deberá tener como protagonistas a los padres y no a sí mismos, aunque a la postre hayan sido sus testigos más cercanos.

Aún hay mucha polémica social en cuanto a si un matrimonio con conflictos y tensiones constantes hace más daño a la familia permaneciendo juntos o separándose. La antigua creencia de que las parejas desgraciadas deben continuar casadas en bien de la prole ha ido cediendo a otro criterio: si la separación hace más felices a los miembros de la pareja, a la larga beneficiará también a los demás.

Si aceptáramos como irremediables la inseguridad y la condición pasajera de la felicidad, haríamos más llevadera y realista la vida, y al mismo tiempo seríamos más libres y capaces de disfrutar intensamente los buenos momentos.

La decisión de divorciarse es una prerrogativa exclusiva de los casados, quienes deberían estar libres de toda coacción en ese terreno. Es verdad que esa opción implica un gran desgaste de recursos personales y afectivos, pero el no elegir es también una manera de elegir.

Lo que de verdad buscan la mayoría de quienes se divorcian no es independencia egoísta ni placer narcisista, sino el retorno a una vida de calidad y a un estado saludable de unión amorosa, por tanto el divorcio es ruptura, pero es también un ingrediente esencial para la continuidad de las relaciones humanas… Y ya se sabe que no hay conocimiento más difícil de adquirir que el de saber cómo vivir felizmente en esta vida.

*Especialista en Psicología de la Salud. Centro Comunitario de Salud Mental Arroyo Naranjo.

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