La amistad hay que defenderla

¿Pueden un hombre y una mujer ser amigos? ¿Y si ya vivieron un romance? ¿Si uno de los dos está enamorado secretamente? ¿Tienen derecho las parejas actuales a prohibir el contacto con esas personas? ¿Hay que elegir entre el grupo y el amor? JR le invita a reflexionar sobre estos temas

Autor:

Mileyda Menéndez Dávila

Probamos el oro en el fuego; distinguimos a nuestros amigos en la adversidad. Isócrates (436 AC-338 AC), orador ateniense


¿Pueden un hombre y una mujer ser amigos? ¿Y si ya vivieron un romance? ¿Si uno de los dos está enamorado secretamente? ¿Tienen derecho las parejas actuales a prohibir el contacto con esas personas? ¿Hay que elegir entre el grupo y el amor?

Preguntas de ese tipo resultan infinitas en los encuentros que organizamos a lo largo del país, especialmente con adolescentes. Se angustian porque no saben nombrar sus sentimientos o no aciertan a mantenerse cerca de alguien que sí les importa, pero no de la forma en que el resto de la gente se imagina.

Un santiaguero decía no saber si el cariño por su mejor amiga le alcanza para enamorarla, como exigen los amigos, convencidos de que «ella está “muerta” contigo cuando te busca tanto». Una espirituana extraña a los chicos de la escuela anterior, pero el novio le prohíbe visitarlos por miedo a una infidelidad.

En ambos casos hay falta de autoestima, pero también actúa el condicionamiento de género heredado desde hace siglos. Así como la inmadurez lleva a confusión, los estereotipos condicionan roles y llevan a pensar primero en la relación erótica que en el vínculo espiritual, como si no fuera sano y provechoso amar a personas del otro sexo sin que medien deseos carnales.

De hecho, la cultura occidental nos prepara más para el amor de pareja que para la amistad (y aún para aquel prepara poco). Todos nos hacemos cómplices cuando al ver afinidad entre una niña y un niño empezamos a decir: ¡Ya son novios! A veces la broma llega a un punto en que los mismos chiquillos se confunden y no aprenden a cultivar amistades. Luego, con la adolescencia, vienen las presiones grupales (¿cuántas novias?, ¿cuántos pretendientes?, ¿cuánto tiempo de relación...?) con la urgencia de probar la hombría de los chicos y la aptitud para el matrimonio de las muchachas.

Así, es difícil comprender cómo alguien puede admirarte sin morbo, o por qué determinadas personas no hacen latir tu corazón, pero te motivan a ser leal y dedicarles parte de tu tiempo. Esto vale también para quienes dan señales de una posible orientación homoerótica, condición que no está reñida con los sentimientos de amistad y los valores morales.

Un lector de 59 años asegura que la mejor amistad es la que puede darse entre dos adultos que ya fueron pareja, si ambos se conocen lo suficiente, se respetan y ya pasaron el «susto» de desearse, o al menos saben que por ese camino no llegarán a nada nuevo.

Al dejar a un lado las diferencias se puede preservar proyectos comunes, resolver asuntos familiares y apoyarse cuando cada quien rehaga su vida con otra persona. Pero esa amistad hay que defenderla de modo transparente, porque de lo contrario pueden desatarse celos, suspicacias o falsas esperanzas en otras personas.

Amistad es espejo

La profesora Caroline Grassmann, de la Universidad de Barcelona, opina que el ser humano necesita establecer contacto con los demás para multiplicar sus emociones. A través de ese reflejo mutuo se van formando las personalidades y crecemos como seres sociales.

En una escuela, el barrio, o una cola, los vínculos nacen de manera espontánea, pero no siempre tienen desenlaces óptimos. A veces son fuente de disgusto, pues ante las diferencias culturales o del estilo de vida, la tendencia natural es evitar lo desconocido y refugiarse en los valores y hábitos propios.

Igual pasa en las parejas: si uno de los dos es muy sociable y el otro no, surge cierta tirantez que provoca sensación de abandono por un lado, y por el otro, miedo a un exceso de control por una injusta desconfianza hacia las amistades.

«Cuando limitamos nuestras relaciones nos limitamos a nosotros mismos», afirma Grassmann, partidaria de aprender a comunicarnos desde el crecimiento que genera educar nuestra inteligencia emocional, un tema del que ya hemos hablado en Sexo Sentido.

Según uno de los precursores de esta ciencia, Daniel Goleman, para relacionarnos bien es preciso cultivar características de orden personal (autoconocimiento, autoconciencia, autorregulación, automotivación), y desarrollar cierta competencia social que nos lleve a entendernos con los demás de modo claro y respetuoso.

Esto es lo que el sicólogo estadounidense Howard Gardner llama inteligencia interpersonal o habilidad para comprender las necesidades del prójimo y crear una adecuada interacción bajo dos principios básicos: la empatía y el autocontrol, o lo que es lo mismo, ponerse en el lugar de las otras personas y controlar los impulsos propios para no dañarlas.

También ayudan, para hacer amigos sin pasar los límites, una actitud asertiva y cuidar la comunicación extracorporal, pues la forma en que se habla revela más que las mismas palabras.

Las amistades auténticas soportan la prueba de los años, la distancia y hasta el escarceo amoroso sin perder su lugar en nuestros corazones. Cuanto más aptos estamos para socializar, más felices somos y más capacidad desarrollamos para hacer felices a los demás.

Por eso, quienes logran mantener buenas relaciones se sienten bien consigo y con el entorno, mientras que las personas con problemas para definir y cuidar sus vínculos se sienten incomprendidas, son consideradas «raras», y a la larga, desarrollan baja autoestima y pobre personalidad.

Afortunadamente, las emociones se educan: tanto el amor como la amistad pueden ser enseñados a las generaciones más jóvenes, y lo ideal es hacerlo a partir de conceptos que incluyan la equidad, la ética, el respeto a lo diverso y, sobre todo, el buen ejemplo.

 

El Milésimo Hombre

Para Rudyard Kipling (1865-1936), poeta británico nacido en la India, la amistad real es la que supera todas las pruebas y no debe perderse por nada.

«Un hombre entre mil —dijo Salomón—

nos defenderá mejor que un hermano».

Buscarlo veinte años no es esfuerzo vano

si al fin conseguimos tener su adhesión.

Novecientos noventa y nueve testigos

verán en nosotros lo que el mundo ve,

pero el Hombre Mil ama a sus amigos

aunque todo un pueblo les niegue su fe.

No son tus presentes ni son tus proezas

los que han de moverle a ir a tu hogar.

Novecientos noventa y nueve nos han de juzgar

según nuestra gloria o nuestras riquezas.

Por él —¡oh hijo mío!— si le has encontrado,

puedes entregarte tranquilo a la mar

porque el Hombre Mil habrá de saltar

y hundirse contigo si no te ha salvado.

Si tomares su bolsa, no le molestará;

si le ofreces la tuya no la querrá admitir,

y al apuntar el día le verás acudir

y con frases de afecto contigo charlará.

Novecientos noventa y nueve amigos en los goces

por el oro y la plata venderte han decidido,

pero tu Hombre Mil a los que ha escogido

no los ofrendará a estos dioses feroces.

Sus derechos son tuyos y tus faltas las suyas,

tu voz será su voz y su techo tu casa,

que su juicio sea cierto o su razón escasa,

sosténle —¡oh hijo mío!— y nunca le rehúyas.

Novecientos noventa y nueve que a tu lado hoy ves

te rinden servidumbre que a la desgracia cede,

pero tu Hombre Mil contigo retrocede

hasta el pie de la horca y acaso hasta después.

(Traducción de Guillermo Valencia, poeta colombiano, 1873-1943)

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