Tacones ¿lejanos?

Transcurrida la primera década del siglo XXI, todavía resulta difícil pronunciar la palabra travesti y, más que aceptar, comprender a los seres humanos nominados bajo ese término

Autores:

Mileyda Menéndez Dávila
Iris L. Madera

Pinar del Río. Cuba. Terminal de ómnibus intermunicipales. —¿El último para San Juan?— pregunta aquel vozarrón escondido tras unos labios de carmín, mientras el tac tac de sus tacones de aguja trastoca el ir y venir de otras personas a la espera de un medio de transporte.

Llueven miradas y comentarios, pero nadie contesta a la interrogante. Solo se escucha la pregunta de un niño:

—Papá, ¿por qué esa señora habla así tan feo?

—Nene, no te asustes. Ella tiene catarrito.

La «inteligente» respuesta del padre en apuros estruja el corazón del portador de los vistosos zapatos, quien debe esperar a que llegue el ómnibus para adivinar detrás de quién debe colocarse.

Transcurrida la primera década del siglo XXI, aún abundan en nuestra sociedad situaciones como esta. Todavía resulta difícil pronunciar la palabra travesti y, más que aceptar, comprender a los seres humanos nominados bajo ese término.

Muchos viven en las sombras, ataviados al estilo hollywoodense, incomprendidos, sin ver cumplir sus sueños de convertirse en divas de la gran escena.

Otros dejan ocultas sus aspiraciones en el armario por temor al qué dirán, visten sus atuendos en la intimidad del hogar y se «disfrazan» de varones para salir, asediados cada día por los desafiantes ojos del supermacho, ese compañero de trabajo o estudios acostumbrado a imponer el  modelo de su hombría, como cachorro de Neanderthal.

Amén de las campañas sensibilizadoras del Centro Nacional de Educación Sexual (Cenesex) y algunos eventos culturales como Transarte, que se organiza en Vueltabajo, los esfuerzos por combatir manifestaciones homofóbicas y de violencia contra esas personas son aún insuficientes.

Los nuevos tiempos exigen ilustrar mejor las mentalidades para potenciar desde edades tempranas el respeto a la diversidad sexual y fomentar conductas inclusivas a partir de estrategias inteligentes de educación en materia de sexualidad y cultura jurídica.

Las actuales y futuras generaciones merecen vivir en una sociedad donde la palabra discriminación sea abolida de los diccionarios y predominen las relaciones basadas en el respeto a la singularidad como derecho de cada individuo, siempre que su conducta no dañe a otras personas.

Desterremos los prejuicios que impiden entender cómo la voz grave puede combinar con el rostro maquillado, y tal vez un día esos tacones de aguja ya no parezcan tan lejanos.

Modas y modos

El término travesti involucra sobre todo a hombres cuya apariencia se feminiza mediante la ropa, el calzado, el maquillaje y la gestualidad, elección que no implica forzosamente una orientación homoerótica.

A diferencia del transformista, que cambia su imagen solo para trabajar en escenarios culturales, el travesti asume que lucir como mujer es su naturaleza y se siente bien haciéndolo todo el tiempo, aun cuando esté consciente de que es un hombre, biológica y psicológicamente.

También hay mujeres travestis, pero es menos notable porque la moda femenina usurpa los estilos masculinos desde hace décadas con bastante éxito, sobre todo buscando comodidad y funcionalidad en prendas de uso cotidiano como pantalones, pulóveres y zapatos de corte deportivo.

El travestismo masculino parece hoy más acentuado que en siglos anteriores, porque se aferra a una imagen desfasada en el tiempo en cuanto a objetos y rituales femeninos. En su intento por distanciarse de lo masculino resaltan una feminidad que incluso las muchachas evitan, ya que la moda posmoderna tiene una fuerte tendencia a promover líneas de diseño unisex (lo mismo para hombres que para mujeres).

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